miércoles, 20 de julio de 2016

Libertad para qué.

Yo antes pensaba que la política era una cosa bien distinta a lo que ahora veo que es. Yo antes pensaba que los políticos estaban en sus puestos para representar a la gente, que el parlamento, en últimas, era una especie de emanación de la soberanía popular. Pensaba, así, en el político como en una figura  ni siquiera trágica, sino ridícula más bien, ya que su conducta (declaraciones, filias, fobias) obedecía al cuerpo social como una marioneta, encarnándolo.
Es decir yo estaba poseído de una fe ciega en la libertad sustancial del ser humano, que quiere o desea por encima (nunca pensé seriamente en esto, me doy cuenta ahora) de las circunstancias en que le tocó vivir. Que quiere y desea tan ligeramente como el pajarito ahora se come un insecto cualquiera, ahora cambia de rama.
Mi empresa , la empresa donde trabajo quiero decir, fue comprada por un grupo inversor hace tres años. Antes de la compra era una mediana empresa familiar que funcionaba bien, proporcionaba un buen dinero a sus dueños y a sus empleados les permitía ocuparse tranquilos en su trabajo. En el momento de la compra el personal, aunque joven, era ya bastante antiguo. Llevábamos una media de 10-15 años allí. Nos conocíamos todos y, aunque sería exagerar afirmar que éramos amigos, nos llevábamos bastante bien. Había rencillas (había y hay muchas mujeres), pero eran más o menos lúdicas, poca cosa. En general, quiero decir, había buen ambiente.
Tres años después de la compra he tenido una grave lesión. Estoy de baja trabajando desde casa. Por mi trato con ellos, en estas circunstancias tan especiales para mí, advierto que gente a la que conozco desde hace casi quince años apenas me ha preguntado por mi lesión, que quien lo ha hecho ha despachado el asunto como un trámite que nada le importa en medio de sus propios agobios. Unos y otros, a quienes tantos años había supuesto “una forma de ser” concreta resulta que son otros, abrumados bajo el peso del trabajo, del miedo, sin darse cuenta.  Yo mismo estando allí no me doy tanta cuenta como aquí, retirado en esta paz. ¿Habré cambiado también yo?
Un nuevo poder (más opresor, más intimidatorio e impersonal) que solo busca sacar más tajada a corto plazo los ha modelado desde arriba. Es cierto que el lugar en el que yo trabajaba era un pozo de estupidez sin fondo, pero era un lugar humano al fin y al cabo, una sociedad viva de gente libre que se ha convertido, sin que ninguno nos demos cuenta, en un enjambre eficaz.  Me hago pues a la idea ahora de que la política y las sociedades son algo similar, que la materia humana es demasiado feble para entenderla. ¿Cuál es la naturaleza del hombre? ¿La de la colmena que persigue una laboriosa eficiencia? ¿La nómada? ¿Aventurera? ¿Religiosa? ¿Es la vida de un insecto, de un esclavo, una vida que quepa calificar de humana?

La clave está en este concepto de libertad humana, claro, porque ¿podemos decir que una abeja no es libre? Cuando digo que perdemos libertad lo que hacemos en realidad es cambiar de contenido semántico la palabra “libertad”, una palabra para mi indescifrable. 

sábado, 14 de noviembre de 2015

Europa blanda

El fin de semana pasado un grupo de amigos salimos por Madrid y a todos nos sorprendió, molestándonos naturalmente, encontrarnos el centro repleto de policías. En todas las calles, desde Atocha a Tribunal, había una o varias patrullas haciendo guardia. Constantemente, para asombro de todos, pasaban coches que bañaban el interior de los bares de esa molesta luz azul, tensando el ambiente de la otrora dulce noche madrileña. Ante un espectáculo tan conspicuo y de tan mal agüero quienes salimos en busca de un poco de esparcimiento tomamos generalmente dos actitudes. Cada una de estas dos actitudes representa uno de los dos tipos de españoles posibles hoy en día. Por un lado tenemos al español que acusa en la presencia policial una amenaza, un peligro que no ve ni conoce, que ni siquiera sospechaba antes de salir, pero que, considera, debe estar ahí. Y de otro lado tenemos al español al que le molesta constatar la represión gratuita con que el estado pretende someternos (hablando de la mucha policía que pasaba, un camarero me expuso su rocambolesca teoría, consistente en un oscuro complot del Poder frente a los abnegados ciudadanos).
En cualquiera de los dos casos, el siniestro despliegue de los cuerpos y fuerzas de seguridad es un símbolo que apuntala, para unos y otros, dos sensaciones compartidas: por un lado nos agua un poco la fiesta a todos (ya se sabe que: “mucha policía, poca diversión”), desbaratando la ilusión de que nos envuelve un ambiente amable, necesario para disfrutar; y por otro lado, sea quien sea el supuesto enemigo (fuerzas  hostiles y ocultas en el interior de la sociedad, o bien un estado policial que nos subyuga), refuerza nuestra convicción de inocencia frente a un mundo perverso.

Después de conocer la detención hace unas semanas de algunos yihadistas en Madrid, dispuestos para una acción inminente en la capital, y más aún después de lo sucedido ayer, en París, es difícil seguir defendiendo la postura (llamémosla de izquierdas) de una teoría conspirativa y opresora del estado contra la ciudadanía. Solo un acto de extremismo ideológico, ajeno a la más elemental razón, puede enturbiar el entendimiento de que nuestro modo de vida occidental vive amenazado por fuerzas igualmente irracionales, igualmente ideológicas, e igualmente reales, si bien opuestas a las nuestras. Este extremismo ideológico propio de una rama de nuestra sociedad se arruga avergonzado ante el martirio de su propia gente, ya que considera (aunque de una forma bastante vaga) que algo así nos amenaza o nos sucede porque en el fondo nos hemos hecho merecedores de correctivo por nuestro imperialismo económico y nuestra nula tolerancia, por la guerra de Irak y otras porfías consistentes, a grandes rasgos, en que nuestro modo de vida capitalista es inmundo.
Llamo extremista a esta gente porque su exceso de ideología les impide percibir la realidad del mundo en el que viven, así como el lugar que ocupan en él. Parecen negarse a entender que su modo de vida bohemio y liberal solo es posible en el seno de ese régimen capitalista que ellos consideran tan atroz, y que es precisamente ese modo de vida suyo el castigado por los extremistas de signo contrario. Unos pacen en la extrema ideología de la culpa y la penitencia, a los otros la suya les entrega al éxtasis del castigo y el juicio final. Se trata de la apoteosis dialéctica de la víctima y el verdugo.

La fiesta termina y el mundo real vuelve. Entre la idiotez telecinquera y la tapita de bar se nos cuela el uniforme policial, poco después el tiempo de la resonante historia. Entonces, algunos de nuestros conciudadanos parecen aliviarse en una idea casi bíblica de su inocencia elemental, ensuciada por el pecado de  en un mundo corrompido, que bien puede merecer, después de todo, el ser pasado a fuego. Otros tenemos más bien un concepto distinto, casi jurídico, de la nuestra, asumiendo la contingencia, que siempre es violenta, de nuestro modo de vida y no considerando justo que unos hijos de la gran puta vengan a castigarnos por ser como somos.

Si Occidente pretende sobrevivir necesita que sus corderos se aparten de ese campo de batalla en el cual, a veces, se arbitra la historia.

sábado, 31 de octubre de 2015

Soledad

Por más que nos congreguemos en cenas, bautizos, oficinas.
Por más papá y mamá y hola qué tal cómo te va.
Por más que nos enternezcamos viendo ñoñas películas,
de las que algo (poco) se comenta luego.
Por más que nos hagamos ilusiones de librarnos de las conversaciones enlatadas con esa persona tan superespecial que hemos encontrado, al, fin, después de todo.
Por más que tan a menudo nos ofrezcan mendaces consuelos.
Por más que percibamos en el brillo momentáneo de unos ojos un fondo, por fin un fondo en el que descansar y mecer nuestro ego.
Por más que creamos haber encontrado por fin esos ojos y esos oídos que nos escuchan, y que estarán ahí siempre disponibles para nosotros.
Por más que estén la política y el fútbol y demás asuntos para darnos pretextos.
Por más que compartamos necesidades y anhelos, anécdotas, frustraciones, y un casi infinito etcétera.
Por más que todo esto nos pase…

…acertaste, hermano, sí, estamos solos cada uno sin más que breves.

sábado, 25 de enero de 2014

Mítico amor

Llega un momento en el amor en el que uno se da cuenta de la estafa de que ha sido víctima. No me creo que yo sea de los pocos a quienes siempre les ocurra igual: conocer a alguien, percibir ciertas cualidades maravillosas, casi redentoras en ella, encontrarle ciertos encantos únicos que elevan a la categoría de milagro el hecho mismo de haberla conocido, planificar, ahondar más en ese ser que crees que será el ser de tu vida, y poco a poco después ir descubriendo que no, que te aburren sus batallas del trabajo, que no le interesa en realidad lo que durante vuestro periodo de entusiasmo tanto parecía interesarle, que ese ser que uno soñaba tan único abriga la misma mundanidad y tanta flojera y egoísmo como el resto de nosotros; que uno, en definitiva, no es ningún privilegiado.

Esos rostros que uno se encuentra tan demacrados a mi edad vienen de eso, creo yo: no tanto del desgaste físico como del otro, llamémosle como gustemos. De tanto desengaño que nos va nublando los ojos y tanto mito derrumbado.

Es necesario como yo voy a hacer ahora buscar algo nuevo con ese ser, oponerse al desengaño no venciéndolo, sino corriendo a la búsqueda de uno nuevo. Ahora bien, no teniendo hijos, ¿cuál es el motor que mueve esta ilusión por seguir adelante? Uno sabe que es necesario hacerlo, que por alguna contradictoria disposición interior, aunque los años y la experiencia lo vayan convirtiendo en un sosegado misógino, necesita a esa coquette que toda mujer lleva dentro para seguir viviendo.

viernes, 3 de enero de 2014

Policía


Generalmente la progresía odia a la policía. Y hay un recelo general (yo mismo lo padezco) a los agentes, los uniformes y demás. No es extraño porque la policía, su mera existencia, encarna una autoridad represiva, nos muestra el fracaso de la fe nacida en la Revolución. Nos resulta penoso constatar que existe policía, que aún no nos hayamos emancipado de la violencia, que una moral basada en la Razón no lo domine ya todo.

jueves, 12 de diciembre de 2013

Tomarse en serio


Ahora me dedico a trabajar. Nada menos que a mis 39 años (los últimos 15 cotizando a la Seguridad Social) puedo decir al fin que sí, papá y mamá, que no vivo ya como vivía despreocupado e irresponsable, sin dar un palo al agua, siendo un tiro al aire, una constante preocupación para mis seres queridos, un paria. Lo más importante ya no son Iago ni Otelo, ni este o aquel verso de Juan Ramón ni Schubert ni Dreyer, ni encontrar la risa y los labios de Manolita, ni la Verdad, eso son ahora entretenimientos de lujo, adiós, donaires, lo importante ahora es “hacer las cosas bien”, “luchar por una posición”, etc... Además me he mudado y ya no vivo en esa cueva casi medieval, llena de libros, donde vivía, ahora resido en un moderno piso con todas las comodidades, calentito con mi novia. En definitiva me he convertido en uno de tantos de esos tipos atareados, monógamos y ojerosos.

Llevo el cambio con estoicismo, satisfecho de cómo va mi proceso general de aburguesamiento, hasta el punto de creer, no sin cierta presunción, estar convirtiéndome en un excelente burgués (el buen burgués es ese tipo que se arregla y se atocina, estrictamente idiota, que nos envuelve). Más que cualquier otro aspecto de mi transformación, me obsesiona mi talante en la oficina, quién te ha visto y quién te ve, parecen reprocharme sonrientes mis antiguos camaradas cuando paso. Porque esto de que ahora me tome el trabajo tan en serio me confunde aun a mi mismo, sobre todo por mantener esta especie de apariencia de identidad que mantengo, de tener un mismo nombre y dni, y cierta memoria que colea. El yo que yo era no hace tanto tiempo tranquilamente se hubiera suicidado, sin lástima ni aspavientos, como muerto de muerte natural, de haberse visto en este yo que es ahora. No es tristeza, ni siquiera nostalgia. No hay más drama en esto que asomarse al siguiente abismo: ¿Quién es uno? ¿Quienes somos?

Quiero desmenuzar en qué consiste mi regeneración en el trabajo. Los elementos que componen la transformación:

  1. Ropa: Ya no voy zarrapastroso como iba antes. No me pongo esas camisetas rotas de renegado sino mi camisa limpia y bien planchada, respetable, mis pantalones de pinzas, mis zapatos, mi jerseycito si refresca...
  2. Comportamiento: Finjo continuamente, hago que escucho a todos y a todas por igual, aparento ser respetuoso con las opiniones y conciliador entre quienes se pelean. Dejo hablar a los jefes sin que se note que soy más listo que ellos. Todo de lo que hablo redunda en mi preocupación e implicación en la empresa. Hago un uso estratégico de mi sentido del humor, que no dejo salir libremente como antes hacía. No me creo enemigos, aunque a muchos y a muchas quisiera agredirlas, físicamente. No voy por ahí apelando a un ideal de justicia que defender, me cansé de eso (acatar a mis padres me ha supuesto abjurar del ideal quijotesco de mi abuelo). Así que tomo las cosas como vienen, injustas y a menudo horribles, me adapto a ellas tal cual son y hasta intento sacarles jugo, sin combatir el mal que yo considere que pueda haber en ellas o en las personas que las trajinan. Cada noche me avergüenzo de haber abandonado, por salvarme en la manada, el temple heroico, pero bueno, lo de ojeroso que decía antes no es casual. No duermo bien, mucha gente en mi posición no duerme bien y no me extraña: incluso en tiempos tan ligeros como los que vivimos se le llena a uno la conciencia de mierda con esta vida. A veces me consuelo pensando que si fuera más poderoso podría, estaría en posición de luchar contra tanta inmundicia, fantaseo con que más tarde habrá tiempo de intervenir... pero en seguida caigo en que hasta hace un año era un paria mucho mayor que ahora y sin embargo había sido siempre el azote de tanto tiranuelo y tiranuela y malvado que me encontraba, que había desafiado y me había pitorreado abiertamente de mis jefes y de sus tonterías. Me divertía ese juego suicida. Ya no.
  3. Intereses: Ya no hablo en la oficina de prácticamente nada que no tenga que ver con el trabajo. No comento películas, no cito poesías para reforzar los argumentos, no relato mis fines de semana ni me invento batallitas del pasado, ni viajes imaginarios, ni halago ni hago gracias... quizá haya dejado estas prácticas porque no intento seducir a ninguna compañera. Me he convertido en un profesional diligente y serio, en un coñazo de tio.
  4. No ayudo como antes a mis compañeros. Ayudar a los compañeros es síntoma, para la comunidad laboral, de ociosidad. Si se echa una mano es porque se tiene tiempo porque se está ocioso. Así que finjo estar siempre muy ocupado y con mucho estrés. A menudo en determinadas situaciones finjo un agobio que no siento.
  5. He dejado de intentar llamar la atención. Antes incluso, con tal de que se hablara de mi, estaba dispuesto a ensalzar mis errores, mis fallas, públicamente. Conseguí así que todos se centraran en mi para celebrar mis despistes, mi inocuo carácter. Sigo siendo igual de vanidoso, pero más inteligente, o eso creo. Así que desvío mis errores hacia otros, o hacia incidencias informáticas. Poco a poco voy despojando la memoria de mis antiguos compañeros del recuerdo de aquel gilipollas que fui. La vida no es una feria, y es mejor si uno pasa desapercibido la mayor parte del tiempo.
  6. No me dejo llevar
  7. He roto mis últimos vínculos sentimentales con compañeros o compañeras.

No sé cuánto duraré así, en este nuevo juego. Puede ser hasta que me harte un día o hasta la jubilación, o el cáncer. Nadie sabe lo que lleva en las venas hasta que todo está consumado, dicen. El caso es que me divierten más mis nuevas tareas, mis responsabilidades. Me mantienen entretenido.

El caso es que pongo la calefacción en casa y estoy calentito, y que me gusta hacer la cena a mi chica cuando viene tarde. El caso es que leo otras cosas ahora, escribo menos, salgo a correr igual y sigo fumando y mantengo el mismo nombre y apellidos que hace un año.

jueves, 12 de abril de 2012

La gracia, hombre...

La dicha propia, o su espejo, la envidia ajena, no depende de la felicidad que uno exprese; la felicidad después de todo no es más que una declaración social, una palabra sobrevalorada, creo yo. Así, mucha gente puede considerarse y declararse feliz, normalmente quienes tachan como inválidas otras vías a esa felicidad que ellos declaran, todos esos dogmáticos de "en qué consiste de la felicidad" no lo son realmente, simplemente se encuentran a gusto en su papel, aunque aburridos, y son sólo cómicos cómodos cuya vida normalmente resulta abominable a los demás.
La dicha, la suerte en el lote de esos dones que otorga la naturaleza no está, pues, en la felicidad, sino en la gracia, creo yo. La gracia en el más puro sentido religioso de la palabra. La gracia que vuela, que ilumina y sonríe para sí misma. Quien no posee esa gracia natural inevitablemente la envidiará en aquel a quien ve que sí la tiene, aunque este sea campesino y aquél banquero, aunque este sea analfabeto funcional y aquél tenga en la cabeza todas las enciclopedias, sinfonías y poemas, aunque el desgraciado diga que es feliz y el otro no se pronuncie, o ni siquiera lo sepa.

...cuánto tiempo sin escribir aquí...

Lola, me lees?

miércoles, 28 de diciembre de 2011

Recapitulando...

Todos los finales de año nos pasa igual, aparte de engullir como bestias y de tensar hasta el límite nuestra vida social creo que es el único vicio que todos compartimos estas fechas: recapitular, hacer balance. Los resultados de esta actividad tan navideña, por lo general, son demoledores. Es por eso que nos pasa que en estas señaladas fechas nos vemos todos tan, tan pensativos, tan profundos y tristes.

Mi balance de 2011 puedo resumirlo en unos poco puntos:
- Intelectualmente desastroso, no he apenas leído con provecho, no he encontrado nuevas vías, las que conocía se han oscurecido en mi interior, la música no suena gloriosa como antes... dios o lo que eso sea está cada vez más lejos y en general me veo abocado a la senda marcada: la de un autómata materialista y simplón.
- Mi familia en general se mantiene igual
- En el trabajo peor que hace un año: Igual de harto pero ahora con mis enemigos reforzados por la directiva.
- Eso sí: conocí a Paula, que me ayudó a llevar con más dulzura el año.
- De mis amigos cada vez más alejado, sin remedio. Cierta apatía respecto a esto.
- La salud bien.

Y ya está. Sé que no es mucho, y es que nuestros actos rara vez están a la altura de nuestra intensa vida interior, de nuestras fantasías más atroces. Es nuestra abulia, esta pobreza para lo bueno y lo malo, esta prueba de nuestra cobardía (un certificado anual de mediocridad que nos llega puntual, envuelto para regalo), lo que yo creo que a final de año nos horroriza.
Pagamos con nuestra vida nuestra vida.


Feliz 2012
(aquí en España será peor, dicen)

jueves, 13 de octubre de 2011

Días libres y laborales

Algunos días los paso
leyendo una conferencia que habla
por ejemplo
de Swedenborg, de Chesterton,
de Poe. Luego entro aquí
y me gano la vida rodeado
de esta gente estúpida y vil,
pobre de mente y de espíritu,
que se mira los zapatos mutuamente
y bebe té a sorbitos
ruidosos y mezquinos
y hablan de la tele,
y se envidian y temen.
Inevitablemente me pregunto
sobre qué es realmente
la realidad.
Ellos, su sola existencia
(y eso es lo que no les perdono)
me revuelca en desprecio,
también hacia mi mismo.

miércoles, 5 de octubre de 2011

Público / Privado

No hace mucho un profesor nos contó la historia de cómo se creó la biblioteca pública de Nueva York, o una de estas monumentales bibliotecas norteamericanas de estilo neoclásico. A lo mejor nos habló de la Biblioteca del Congreso de Washington, es igual, no recuerdo. Se trata en cualquier caso de la Biblioteca más grande del mundo. El caso es que fue construida y financiada con capital privado, por un empresario que se hizo millonario durante la Segunda Guerra Mundial, con la fabricación de armas.
Mi profesor nos intentaba hacer comprender cómo este hombre empleó parte del dinero ganado a costa de la Guerra Mundial en una fundación que levantara el edificio para el uso público, para el pueblo, de forma desinteresada, sin duda con vistas a limpiar así de algún modo su conciencia. El hombre había hecho de su dinero privado un capital público, y tanto mi profesor como mis compañeros encontraban en la grandiosa obra de la biblioteca pública la manifestación de un enorme y oscuro complejo de culpa. Yo también lo creía así.
Pero entonces un poco por continuar el juego yo le pregunté a mi profesor si no cree que el caso de una biblioteca pública sea igual, porque al fin y al cabo son los Estados quienes compran esas armas y matan en las guerras. Si no cree que lo público es tan culpable o más que lo privado. Se produjo un silencio incómodo y yo percibí mi impertinencia, que no tuvo ninguna gracia.

Han pasado unos días, y creo que rompí la beatería de lo público, no estoy seguro.

El caso es que mis relaciones con el medio son así de imposibles.

Saludos.

martes, 30 de agosto de 2011

Hastío, aburrimiento, trabajo, etc...

Hoy es el día más aburrido de mi vida, creo. En el trabajo nadike tiene ganas de hacer bromas, de hacer nada, yo creo que flota por aquí como un miedo...

He escrito un soneto para entretenerme y, como me ha gustado, lo cuelgo:

Es un asunto este tan trillado
(cansancio, hastío, asco, tristeza)
que ser tan previsible me avergüenza
más por humano que de agusanado.
Es mal asunto que, por todos lados
donde me vuelva por la calle vea
con qué ventoso esfuerzo compadrea
la gente, por un cacho de mercado.
Con la familia sopa de guisantes;
en la mujer combaten frío y fiebre;
de los amigos queda menos que antes.
Aquél que más recoja que más siembre
que no régimen más empalagante
que comprender que así debe ser siempre.


Saludos.

viernes, 26 de agosto de 2011

La evasión, Becker

En los diez minutos inmediatamente posteriores a su final, La evasión de Jacques Becker se ha convertido en una de mis películas favoritas. La vi anoche. Va de cuatro presos que comparten celda a quienes llevan a un nuevo recluso, algo distinto de ellos, un joven más educado, más tímido, puede que menos hombre que los otros cuatro, en el mal y en el buen sentido de la expresión. Los cuatro estaban perpetrando una fuga y dudan si fiarse del nuevo y contarle el plan o no. Llegado el momento de ponerse manos a la obra se ponen, y de qué manera. La película transmite una fisicidad difícil de explicar. Creo que nunca he visto una película igual, en la que uno note y sienta como una barrera interior el mundo físico en el que la película se desenvuelve. Cuando empiezan a romper el suelo a golpetazos por ejemplo, en una escena larguísima, dan ganas de tomarles el relevo y ponerse a picar también con ellos, ayudarles a salir de una vez. De alguna manera se nota la dureza del cemento al golpear, el metal del barrote que hay que cortar, el sudor pegado al cuerpo, los polvorientos escombros, la oscuridad de los túneles, la tensión continua en ese mundo mazmórreo. No es un por un capricho ni por una vana apreciación intelectual que esto me interese, es que este mundo físico tan palpable en el que se mueve la película hace como en ninguna otra que yo haya visto que entres en ella, meterte en esa celda con esos hombres y desear con ellos salir de una vez.
El mensaje ético que transmite (compañerismo, lealtad, esfuerzo, lucha por la libertad, por la vida) es tan evidente, tan cristalino, que no encuentro mucho que agregar. Me ha gustado la economía empleada para describir a cada uno, y es que con muy poco texo, apenas unas miradas, ya sabemos de qué pie cojea cada cual, cuál es su carácter. Los vínculos que crean quizá estén condicionados porque se necesitan mutuamente para salir, aunque claro puede que no.
Me interesa más que nada que nuestra adhesión y cariño a los personajes venga sobre todo de las condiciones en las que nos encontramos una vez entramos en la película, que nuestros sentimientos vayan a remolque, creo, de esa necesidad claustrofóbica de salir que experimentamos viéndola. Nos da igual lo que hayan hecho los tipos, uno puede ser asesino en serie y el otro pederasta o un maltratador, lo peor, que ni lo sabemos ni nos importa. Queremos que se fuguen para lograr con ellos la enorme proeza de salir de allí.
En fuga de Alcatraz, en la Gran evasión, todo aparece ya limpio en pantalla, sin esfuerzo apenas. Algo nos dice que en esas películas mienten, que la albañilería de un túnel es algo digno de tener en cuenta si la película va de cavar el túnel. Becker rueda el proceso con una minuciosidad y una belleza que hacen de la experiencia de la película algo verdadero, al fin.
Es una película prodigiosa. Maravillosa. Titánica.

Saludos.

(también es hacer tiempo en la última media hora de trabajo de hoy)

jueves, 18 de agosto de 2011

Un tipo formal

Tengo otro compañero aquí con el que siempre me he llevado bien. Este no es realmente compañero compañero como el de ayer sino jefe, jefecillo, responsable de departamento. Siempre he tenido con él un buen trato. Alguna vez en estos siete años incluso hemos llegado a sostener alguna que otra conversación privada.
Pues bien, esta mañana al llegar aquí he ido a por mi botella de agua a la cocina y me la he encontrado en el congelador, hecha un compacto bloque de hielo. No sé quién la dejaría ahí metida ayer, probablemente fuera yo y no me acuerde. El caso es que como tenía sed he ido con cincuenta céntimos en la mano donde está la máquina de las Coca colas y de los Aquarius, que también tiene botellas de agua mineral. Junto a esta máquina se encuentra la inevitable máquina de café de todas las oficinas, ahí de pie estaba este compañero o jefecillo mio con otro jefecillo recién incorporado a la empresa; hablaban del trabajo, a mi me parece que fingiendo preocupación, mientras removían el palito de plástico dentro del vasito de plástico. Cuando he echado los 50 céntimos la máquina no me los cogía. Lo he intentado varias veces recurriendo al viejo truco juvenil de frotar la moneda contra algo rugoso, en este caso la pared, pero nada. Entonces le he pedido a mi compañero, al veterano, que me cambiara esa moneda por otra, un favor que ha ejecutado con una portentosa economía de lenguaje. Cuando he echado la nueva moneda la máquina seguía sin aceptarla. La indigesta moneda caía repetidamente, íntegra, y yo estaba a punto de pasar e irme y beber del grifo. Los dos me miraban quietos con el café de máquina en la mano, atónitos, como si nunca hubieran asistido a un espectáculo así.
En uno de esos intentos infructuosos mi compañero ha reaccionado impaciente y recogido la moneda sin mediar palabra, con admirable resolución y mudo el gesto, severo, y la ha frotado bien frotada contra el borde de la máquina. La ha metido en la ranura y voilá: la máquina, rendida, ha aceptado los 50 céntimos. Entonces él (momento grave) se ha dado la vuelta, magnífico, en absoluto silencio, y sin mirarme siquiera ha vuelto a quedarse quieto. Yo he cogido la botellita de agua del fondo de la máquina y se la he mostrado con gratitud, como un trofeo. El parecía un indio apache.

Es difícil dilucidar dónde acaban los hechos y empiezan las interpretaciones... quiero decir en qué medida este comportamiento sea resultado más de mis horas de sueño que de las suyas...

Saludos.

miércoles, 17 de agosto de 2011

Recato

Resulta que voy a la cocina a ponerme un café y me encuentro allí con un compañero recién vuelto de las vacaciones. Mantengo con él una relación más estrecha de lo habitual aquí dentro (digamos por ilustrar que fui a su boda, que conozco a su hija de un año, que me cuenta algunas cosas más o menos domésticas y que compartimos lucha, es decir que tenemos enemigos comunes), así que nos saludamos, le doy una floja palmada en un hombro y, cumpliendo con el protocolo, le pregunto por las vacaciones. El, incómodo pero fiel al estilo, me responde que bien, que muy bien. Charlamos de la playa y el poco calor sin mirarnos a los ojos, evitando aproximarnos demasiado, mientras nos ajetreamos en torno a la cafetera y la leche en la nevera y el microondas, torpes y con un poco de prisa ya porque se caliente el café y poder volver cada cual a la paz de su sitio. Acabada la cuenta atrás suena la campana del microondas, que da por concluido el asalto. Entonces cada cual coge su taza y nos despedimos en la puerta intentando hacer algo así como un chiste.
Así de enrarecidas están mis relaciones en las últimas semanas.

Saludos,
(antes, mientras escribía, una compañera desplazaba en silencio el marcador del calendario de la pared, del 16 al 17 de agosto; no siento pena, ni siquiera angustia, por lo del paso del tiempo)

martes, 16 de agosto de 2011

Peleón


Una demencial potencia nos obliga a luchar por ascensos en el trabajo, por ganar millones, nos seduce para putear al prójimo o por ejemplo para dedicarle tiempo a esto, a escribir en un blog y hacerse un grupo de lectores/amigos/admiradores; aunque en cada una de sus manifestaciones aparece como distinta, la potencia que nos hace aspirar a méritos como éstos es siempre una y la misma; y es primaria, pura. Dicho llanamente se trata de esa manía tan nuestra de "ser alguien" en el mundo o para el mundo, de alimentar la ilusión de nuestra propia importancia sobre la tierra, crearse un ego propio digno de estimación. Parece una tontería, un innecesario capricho de la especie, pero esta aspiración para nada es tonta: Mira por algo tan inexcusable como la supervivencia.

La alegre y sabia y oscura naturaleza prosigue, como sabemos, premiando lo fuerte en nosotros; no existiendo clan o tribu resta el individuo, así que ese espejismo tan denostado del "yo" debe afirmarse para sobrevivir. Nada más favorable en estos tiempos para que el hombre se aferre a la dura tierra que un ego descomunal sobre el cual afianzar la vida. Para contribuir a ella, a la vida, si se piensa sin prejuicios no existe una diferencia mas que de grado entre el déspota sanguinario y el poeta popular o el santo. Veo a esos católicos felices por Madrid y pienso en la arrogancia de quien se arrodilla y reza, por ejemplo, dirigiéndose personalmente al Creador de todo este universo como teniendo hilo directo con El, un acto devoto cuya vanidad hace palidecer la megalomanía de los más atroces emperadores y conquistadores que se nos puedan ocurrir. La construcción de catedrales y las peores masacres tienen una misma raíz: el terror de la razón que nos impone la vida.

En realidad la vida biológica no precisa argumentos en favor suyo. Una mosca por ejemplo, un gato, un chimpancé viven sin más, sin saber por qué ni para qué ni qué es eso que acontece, porque no les sucede a ellos. Pero como dice mi madre nosotros estamos condenados a vivir en sociedad, en cuyo seno debemos desarrollar una personalidad válida para el grupo. Esa trampa mental que permite al hombre seguir agitándose nos hace despiadados e ilustres, y desgraciados también. Nuestra más sofisticada herramienta de supervivencia constituye también nuestro mayor peligro, padecemos los achaques del ego; y del mismo modo que la conciencia nos presta nuestro sustento, se erige además en nuestra más orgullosa enemiga.

La naturaleza, siempre tan equilibrada, parece compensarnos de nuestra piruetas metafísicas con los atroces tormentos del civilizado.


Bueno, ya está.

Un saludo a todos.

sábado, 6 de agosto de 2011

María 1989

Siempre recordamos con arrobo a nuestra primera novia. Yo no es algo que tenga muy claro pero, si tuviera que nombrar una, la mía sería probablemente María, hija de la mejor amiga de mi madre. Teníamos 15 años y fue, cómo no, un verano, tuvo que ser el verano de 1989. Recuerdo que ese mismo verano descubría en la vieja casa familiar del pueblo las obras completas de Sherlock Holmes, una lectura que me impresionó tanto que creí haber dado con la “literatura seria”, ese hombre que por medio de un riguroso procedimiento puramente lógico lo deducía todo. Su impacto en mi fue tal que cuando salía escrutaba a los del pueblo por la calle, intentando deducir de los minúsculos detalles que encontraba en la ropa o en las manos de los paisanos ciertas pistas para una explicación de sus costumbres y sus pecados, de sus vidas, que aun mis abuelos y mis padres desconocieran, luego algunas noches les exponía en la cena mis conclusiones sobre los del pueblo; o sea que fue el verano de Sherlock Holmes, y yo quería ser como Sherlock Holmes, recuerdo siempre bobadas así. María era ya una mujercita por entonces, una muchacha preciosa. Recuerdo perfectamente su cara redonda y sus grandes ojos negros, profundos e infantiles, y esa enorme seriedad suya, o serenidad. Yo tanteaba por entonces en el agua fresca de la piscina de Eladio mis potencialidades en esta irregular carrera de amante enamoradizo y torpe en la que sigo; y fue en el cuerpo de María, en su cuerpo delicado de quinceañera donde comencé a percibir mis propios límites a través de los suyos. Si bien de una manera tan tímida y chapucera que no podría asegurar, si lo pienso, que María fuese mi primera novia. No había para mi otra cosa que María (su cuerpo, porque apenas recuerdo una palabra suya) y Sherlock Holmes aquel verano (conste que fue en el verano del 89, detalle escabroso porque, reparando en ello, ¿es posible que hayan pasado ya más de 20 años? ¿ser ya tan viejo? No lo creo porque no me parece que aquello fuera hace tanto sino más bien que sucedió en una vida distinta que no es esta, que no es esta mía, a otro que no soy yo, un usurpador parecido a mi que de vez en cuando se cuela en las fotografías antiguas, aunque es indudable que sí se trata de mi, claro). Ya no recuerdo cómo ni cuándo empezamos a dejar de vernos, pero debió ser bastante rápido.
Bien pues he hablado hoy con mi madre, que me ha contado que María tuvo anoche su primer hijo, como madre soltera, “por una clínica”. Me lo ha contado por la nueva abuela, su amiga, porque mi madre no me ha hablado de María en 20 años. Supongo que esos segundos de estupor después de la noticia me han delatado frente a mamá. Y es que la noticia me ha sacudido. Me resulta odiosa la tarea de conciliar mis divinos recuerdos con los extraños y groseros sucesos de este mundo real nuestro.
María inseminada...¿cómo ha podido?. Resulta tan grotesco imaginarla inseminándose como perdiendo la virginidad, es como representarse el sexo de nuestros padres, o como constatar que una antigua amante reposa entregada en los brazos de otro, que la va bien, que está mucho más guapa.
Aquellos ojos infantiles pero ya tan profundos de la María niña anticipaban a la mujer triste que ahora es, un poco mística y ojerosa, delgada, bonita. Y es así tal como yo lo escribo aquí porque no pienso verla nunca ni tratar con ella por el facebook o algo así. Me niego a empobrecer mi conciencia del mundo. Y así permanecerá en el recuerdo como en realidad era y sigue siendo: virgen y pura, áurea y pretecnológica como aquella maravillosa muchacha, y no vulgar, no corrupta como inevitablemente es la tozuda realidad.

Y ahora por seguir con algunas de las cosas del blog... He vuelto de unos días de perdición. Ha muerto mi tio N. (en el mismo pueblo). Y la función del Sueño de una noche de verano que vi fue un desastre. Es un crimen que una obra tan rica y emocionante como esa se reduzca para el público a una chusca comedia de enredo, bastante necia además. Es como para poner una denuncia a la compañía Morboria y multarlos, censurarlos y hasta desterrarlos. La gente eso sí salió encantada, la crítica la ha puesto bien, pero a mi me pareció muy pobre. Qué más. Tengo un mail pendiente. Y bueno ya está... acabo de releerlo todo y hoy estoy bastante facha, sí. Ah, no tengo caries.

Mucho yo yo y yo pero no escribo nunca de mi vida real... estoy tan disgustado por María

Bueno,
un saludo.

(tampoco he vuelto a leer a Sherlock Homes)

jueves, 28 de julio de 2011

Dientes

Voy al dentista ahora. Al final he llamado para pedir cita, mareado de darle tantas vueltas.
Llevo años sin ir.
Preocupación. Preveo el dolor, el gasto, y ese feo momento en que uno abre la boca sumiso y el carnicero se inclina y se asoma y revisa. Preocupación por esas más que seguras malas noticias.
Un poco cansado.

Saludos.

martes, 26 de julio de 2011

Loco por Shakespeare

Yo tenía un enfoque perfecto y definitivo sobre El sueño de una noche de verano, de William Shakespeare (1595). Contaba a todo el que me quisiera escuchar mi visión de la obra en cuanto se me presentaba la ocasión, porque me fascinó cuando la leí.
El otro día le di la chapa a una amiga precisamente porque vamos a ir a verla al teatro Fígaro esta semana.
Yo le contaba emocionado que la obra trata de la naturaleza del amor cortés, que tiende a establecer un vínculo puramente social, que se da dentro de los muros de la ciudad (no recordaba que era Atenas), y de cómo en general, nos decía Shakespeare, este mundo ordenado y prescrito de la vida humana se viene abajo en cuanto la naturaleza bruta (Amor) irrumpe. Así, los muchachos y las muchachas de la corte, los protagonistas, establecían vínculos en la ciudad, acordaban casamientos entre sí, profesándose tiernas y fieles palabras de amor. Pero cuando los chicos salen de merienda al bosque (todo esto, insisto, era mi versión) un duendecillo cabroncete llamado Puck les echa un jugo de una flor en el oido mientras duermen la siesta allí en el campo y, cuando despiertan, se vuelven todos locos, no pueden controlarse y aquello se convierte poco menos que en una bacanal. Pueden leerse en esas escenas de la obra maravillosas declaraciones de amor, un amor arrebatado y salvaje, tal como a ellos realmente les pide el cuerpo, olvidados de aquello a lo que se habían comprometido dentro.
Claro la gracia de la obra según mi teoría estaba en cómo el amor en bruto perturba la paz social, y en cómo hay una siniestra y atractiva verdad en el bosque, en la noche, de la que es preciso huir, y cómo por tanto todos aquellos que nos hemos establecido nos hayamos convertido previamente, necesariamente, más o menos en unos hipócritas para poder seguir tirando. Esto es lo que yo por encima pensaba de la obra.
A esto se añadían coros de hadas y duendes, la reina de las hadas, el espíritu del bosque, y así la obra se llenaba para mi de un encanto especial.

Al final se cierra el telón y Puck, el duendecillo travieso (hay que leerlo para entender al altura y la profundidad de la que este auténtico inmoral hace gala) sale a escena ya solo y se dirige al público, pidiéndo así perdón Shakespeare por haberles llamado hipócritas en su misma cara:

PUCK: Si nosotros, vanas sombras, os hemos ofendido,
pensad sólo esto y todo está arreglado:
que os habéis quedado aquí dormidos
mientras han aparecido esas visiones.
Y esta débil y humilde ficción
no tendrá sino la inconsistencia de un sueño;
amables espectadores, no nos reprendáis;
si nos perdonais, nos enmendaremos.(...)


Y ahora, parecía despedirse Puck de los espectadores, ya pueden irse ustedes con sus señoras a los salones de su casa, y a la cama luego, y soñar con la tierna y jugosa criada. Este era el punto final, ya digo, la guinda de mi teoría.

Pues bien, todo esto que a mi tanto me apasionaba es mentira, es una ficción mia. La volví a leer y a las primeras de cambio mi teoría se resquebrajaba. Es verdad que no toda es falsa, se puede salvar algo de mi desquiciada versión. Pero la cuestión no es esa: yo estaba convencido de que la obra era exactamente esto. No habría tanta variación entre la historia leída y la interpretada en una mente sana. Y tengo algunos lapsus parecidos.

Saludos,

(la he leído y, eso sí, sigue siendo igual de maravillosa o más que como la recordaba)

sábado, 23 de julio de 2011

Pajarico

Hoy estaba tirado en casa después de comer, viendo Chantaje en Broadway. A mitad de película mi gata ha entrado del patio con un bicho en la boca. Cuando la he visto entrar recuerdo que solamente he podido pensar "Dios, espero que no sea un ratón". He corrido detrás de ella y se ha metido al baño con el bicho en la boca. Ahí dentro lo ha soltado y he visto que era un pajarito, que se ha quedado en una esquina mirándonos asustado.
He cogido a mi gata. La he echado al patio, he encerrado al pajarito en el baño y he seguido viendo la película, esperando a que se fuera un poco el calor para llevarlo al campo.

Bueno, al terminar la película he cogido al pajarito del baño. Casi ya podía volar porque casi se sube al lavabo. Estaba muy asustado y temblaba.
Aprovechando que tenía que salir (contraviniendo la normativa municipal) he tirado la basura. Con el cigarro en la boca, una bolsa de basura en una mano y el pajarito en la otra lo he llevado a una finca vallada que hay cerca de mi casa. El pajarito tenía energía, un buen rato después de salir todavía tenía fuerzas para revolverse en mi puño. Le miraba, le hablaba y él me miraba a mi así como miran los animales ¿cómo verá el mundo un pájaro?
Lo he arrojado prácticamente por encima de la valla, bien fuerte para que no quedara cerca y corriera el peligro de salir y que lo pillara un coche u otro bicho. Ha hecho un vuelo en elipse, de modo que al descender ha vuelto casi al pie de la valla. Ha intentado volar nada más caer. Volaba un metro y caía con torpeza, pero seguía intentándolo y prometía maneras de gran volador en pocos días.
Me he dado la vuelta y por la acera venía una vecina con un perro de estos pequeños y blancos, de raza. El perro corría por la acera en dirección contraria a la mia. Me ha pasado de largo y cuando me he dado la vuelta he visto que el pajarito salía de la finca por la valla y el perrito lo capturaba al vuelo, y salía corriendo con él en la boca.
¿Y qué he hecho? Nada. Me he quedado pensativo aunque no sé en qué he pensado esos segundos. He venido a casa y me he puesto a escribir esto.

Oigo en la radio que justo en este mismo instante está volviendo a torear José Tomás.


Saludos.

(mientras escribía he ido a por un flash al congelador y la gata estaba en la ventana pidiéndome entrar, según la he abierto ha ido disparada al baño a por el pajarito)

(ahora acaban de decir que ha muerto Amy Winehouse... ¿qué pasa hoy?)

viernes, 22 de julio de 2011

No sin mis gafas

Con el invento del láser mucha gente se opera de la vista ahora, pero yo prefiero seguir con mis gafas puestas. Me gustan mis gafas más que nada por la cara de imbécil que se me queda al quitármelas.
No hace falta estar recién levantado, ni enfermo, no me hace falta tener mala cara un día: Mirarme al espejo sin las gafas puestas supone siempre una indiscreción, una mirada impúdica sobre la desnudez del rostro, ahí va el rastro apagado de los años, aquí cierto cansancio, en los ojos, acá estas marcas que se acumulan, pequeñas amarguras que van haciendo del rostro una muestra viva de vulgaridad... en cambio ataviado con las gafas soy un ente unitario, redondo y sin vergüenzas aparentes. Es decir que mi ego se desmonta cuando me quito las gafas, dándome cuenta entonces de hasta qué punto me concibo a mi mismo como una caricatura.
Es obvio que la vergüenza del propio rostro está ahí de todos modos, como la calavera de uno, pero no resulta tan evidente tras el escudo de unas buenas gafas, igual que la calavera se disimula bien con unas carnosas narices por delante.
Una vez vi la cómica fotografía de un chimpancé con unas gafas y la verdad, el chimpancé parecía otra cosa, mucho más delicada y menos sucia.

No me veo tan desorbitado cuando llevo mucho rato sin ellas, entonces pasadas unas horas mi cara se asienta y vuelvo a reconocerme, pero recién quitadas aparece el cachorrito humanoide de mirada perdida, imbécil ya digo, y resulta tan evidente y autodestructivo el espectáculo que evito mirarme a los ojos por ejemplo recién duchado. Rápidamente vuelvo a ponerme las gafas, mi escudo entre yo y el mundo.

Así que hoy le he dicho a mi madre por enésima vez que no, que no me opero.

Saludos,

(claro que la cara de imbécil puede ser solo por la perplejidad de un mundo desenfocado)