Yo tenía un enfoque perfecto y definitivo sobre El sueño de una noche de verano, de William Shakespeare (1595). Contaba a todo el que me quisiera escuchar mi visión de la obra en cuanto se me presentaba la ocasión, porque me fascinó cuando la leí.
El otro día le di la chapa a una amiga precisamente porque vamos a ir a verla al teatro Fígaro esta semana.
Yo le contaba emocionado que la obra trata de la naturaleza del amor cortés, que tiende a establecer un vínculo puramente social, que se da dentro de los muros de la ciudad (no recordaba que era Atenas), y de cómo en general, nos decía Shakespeare, este mundo ordenado y prescrito de la vida humana se viene abajo en cuanto la naturaleza bruta (Amor) irrumpe. Así, los muchachos y las muchachas de la corte, los protagonistas, establecían vínculos en la ciudad, acordaban casamientos entre sí, profesándose tiernas y fieles palabras de amor. Pero cuando los chicos salen de merienda al bosque (todo esto, insisto, era mi versión) un duendecillo cabroncete llamado Puck les echa un jugo de una flor en el oido mientras duermen la siesta allí en el campo y, cuando despiertan, se vuelven todos locos, no pueden controlarse y aquello se convierte poco menos que en una bacanal. Pueden leerse en esas escenas de la obra maravillosas declaraciones de amor, un amor arrebatado y salvaje, tal como a ellos realmente les pide el cuerpo, olvidados de aquello a lo que se habían comprometido dentro.
Claro la gracia de la obra según mi teoría estaba en cómo el amor en bruto perturba la paz social, y en cómo hay una siniestra y atractiva verdad en el bosque, en la noche, de la que es preciso huir, y cómo por tanto todos aquellos que nos hemos establecido nos hayamos convertido previamente, necesariamente, más o menos en unos hipócritas para poder seguir tirando. Esto es lo que yo por encima pensaba de la obra.
A esto se añadían coros de hadas y duendes, la reina de las hadas, el espíritu del bosque, y así la obra se llenaba para mi de un encanto especial.
Al final se cierra el telón y Puck, el duendecillo travieso (hay que leerlo para entender al altura y la profundidad de la que este auténtico inmoral hace gala) sale a escena ya solo y se dirige al público, pidiéndo así perdón Shakespeare por haberles llamado hipócritas en su misma cara:
PUCK: Si nosotros, vanas sombras, os hemos ofendido,
pensad sólo esto y todo está arreglado:
que os habéis quedado aquí dormidos
mientras han aparecido esas visiones.
Y esta débil y humilde ficción
no tendrá sino la inconsistencia de un sueño;
amables espectadores, no nos reprendáis;
si nos perdonais, nos enmendaremos.(...)
Y ahora, parecía despedirse Puck de los espectadores, ya pueden irse ustedes con sus señoras a los salones de su casa, y a la cama luego, y soñar con la tierna y jugosa criada. Este era el punto final, ya digo, la guinda de mi teoría.
Pues bien, todo esto que a mi tanto me apasionaba es mentira, es una ficción mia. La volví a leer y a las primeras de cambio mi teoría se resquebrajaba. Es verdad que no toda es falsa, se puede salvar algo de mi desquiciada versión. Pero la cuestión no es esa: yo estaba convencido de que la obra era exactamente esto. No habría tanta variación entre la historia leída y la interpretada en una mente sana. Y tengo algunos lapsus parecidos.
Saludos,
(la he leído y, eso sí, sigue siendo igual de maravillosa o más que como la recordaba)
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martes, 26 de julio de 2011
viernes, 24 de junio de 2011
El mono desnudo
Desde un punto de vista zoológico no somos nada de otro mundo. Desmond Morris escribió a mediados de los años 60 un libro demoledor, definitivo para limpiar los restos de lo que pudiera quedar del viejo mito del hombre como especie elegida. Acabo de terminarlo.
Se empieza hablando del mono que baja del árbol y se enfrenta a la estepa, de cómo ese mono va erguiéndose y perdiendo (por motivos aun no explicados del todo), pelo corporal; de cómo, a falta de armas naturales (garras, colmillos) comienza a utilizar armas artificiales para defenderse y atacar, lo que conlleva un mayor cerebro, consumo de carne, más caza más proteínas, más cerebro... Esto está en cualquier manual de antropología.
Lo más interesante llega en seguida con los comportamientos que adopta el mono desnudo para sostener una forma de vida basada en la caza cooperativa, ya que un humano por ahí suelto en la estepa con un palo en la mano no suponía una amenaza, y era además una presa fácil. Es decir, que los machos debían llevarse bien entre sí para ayudarse en sus cacerías. Debía no haber entre ellos rencillas si la especie quería sobrevivir.
La cosa es larga pero igual que sucede con otras especies de primates con una organización social similar, la naturaleza creó el enamoramiento entre otras cosas para evitar la competencia sexual entre los machos de la manada. Los monos también se enamoran y se establecen vínculos entre machos y hembras.
Otro mecanismo biológico para este fin es el sexo. Las hembras humanas son las únicas en la naturaleza con el ángulo del conducto vaginal hacia delante. Esto hace que la postura básica de cópula entre humanos sea de frente, la que nosotros llamamos "del misionero". En más de 200 sociedades humanas repartidas por todo el mundo, desde tribus africanas a esquimales, se ha estudiado que un 80% del sexo que se practica se hace así, de frente. En el resto de especies sin excepción el macho monta a la hembra desde atrás. Nosotros nos miramos en cambio a la carita mientras, lo cual qué duda cabe crea un vínculo entre macho y hembra, relacionando así inmediatamente el sexo con la identidad del compañero. Viene a ser sexo personalizado frente al sexo más impersonal que se practica por atrás. Hay quien cree que también la pérdida del vello corporal se produjo precisamente en virtud del placer de las caricias, de un más estrecho vínculo entre macho y hembra, pero esto no está claro.
ESte poderoso vínculo natural, el amor, fue creado sobre todo para la protección de las crías, que durante un tiempo excepcionalmente largo en nuestra especie comparado con el resto del reino animal, necesitan protección, cariño, y mucho aprendizaje para enfrentarse al complejo mundo exterior que les espera. Nuestra capacidad de aprendizaje es sin duda la clave de nuestro éxito evolutivo. Nuestra inmadurez de adultos se prolonga durante toda la vida (esto se llama neotenia, no confundir con complejo de Peter Pan); así que esa inmadurez de la que tantas veces nos vemos acusados por amargosas marujas resulta ser un mecanismo adaptativo único, nos permite seguir aprendiendo durante toda nuestra vida hasta la vejez.
Habla después de nuestro comportamiento social como una herencia recibida del arte que nuestra madre despliegue con nosotros durante nuestra niñez. Este raro arte consiste en el equilibrio entre la protección y el cariño que recibimos de ella durante la primera infancia y de su buena mano después para ir soltándonos a la sociedad con otros niños con los que jugar. El carácter del adulto estará condicionado para toda la vida por esta sutil conjugación que la madre realiza. Pone realmente incómodo al leer el libro constatar que somos idénticos a los monos estudiados, que los chimpancés mimados y queridos por sus madres y luego juguetones con sus amigos eran así, que a los que les faltaba una de las dos cosas se comportaban de esta o de aquella manera, y que los pobres monos a quienes les faltaron los dos elementos son socialmente de adultos unos pobres diablos. Al fin y al cabo incomoda que buena parte de eso que llamamos con cierto vano orgullo "nuestra forma de ser" no sea más que el resultado evidente de una combinación en la que ni siquiera intervenimos, ni es mérito ni culpa nuestra ser así o asá.
En fin no quiero ponerme pesado. Habla también de nuestros patrones de lucha, de nuestros gestos y forma de defendernos o mostrar intenciones de ataque al sentimos amenazados (Dios sabe a cuántos orangutanes con corbata he reconocido en el libro). Habla de la risa y del llanto. Habla de la religión, la defecación, la guerra, el trabajo, el clítoris y los orgasmos femeninos, del pandillismo masculino, del pintalabios, del lenguaje (desde la charlatanería a Garcilaso de la Vega) como sucedáneo del aseo social, de por qué a las niñas les gustan los caballos y a ninguno nos gustan las serpientes o las arañas.
El libro no deja ni un pájaro suelto en la cabeza. Y he entendido lo que dice Koestler en la contraportada: “cuando uno se mira en el espejo después de haber leido este libro ya no se ve de la misma manera”
PD: Como parte simpática recuerdo la parte en que se explaya con evidente gusto en los los rituales preparación y posterior coito humanos. Lo describe con tanto detalle que deja de ser por unas páginas el frío científico y alcanza por momentos la intensidad de un relato erótico. A lo mejor se trata de un nuevo género literario, inexplorado: el erotismo científico. El caso es que funciona.
Saludos.
Se empieza hablando del mono que baja del árbol y se enfrenta a la estepa, de cómo ese mono va erguiéndose y perdiendo (por motivos aun no explicados del todo), pelo corporal; de cómo, a falta de armas naturales (garras, colmillos) comienza a utilizar armas artificiales para defenderse y atacar, lo que conlleva un mayor cerebro, consumo de carne, más caza más proteínas, más cerebro... Esto está en cualquier manual de antropología.
Lo más interesante llega en seguida con los comportamientos que adopta el mono desnudo para sostener una forma de vida basada en la caza cooperativa, ya que un humano por ahí suelto en la estepa con un palo en la mano no suponía una amenaza, y era además una presa fácil. Es decir, que los machos debían llevarse bien entre sí para ayudarse en sus cacerías. Debía no haber entre ellos rencillas si la especie quería sobrevivir.
La cosa es larga pero igual que sucede con otras especies de primates con una organización social similar, la naturaleza creó el enamoramiento entre otras cosas para evitar la competencia sexual entre los machos de la manada. Los monos también se enamoran y se establecen vínculos entre machos y hembras.
Otro mecanismo biológico para este fin es el sexo. Las hembras humanas son las únicas en la naturaleza con el ángulo del conducto vaginal hacia delante. Esto hace que la postura básica de cópula entre humanos sea de frente, la que nosotros llamamos "del misionero". En más de 200 sociedades humanas repartidas por todo el mundo, desde tribus africanas a esquimales, se ha estudiado que un 80% del sexo que se practica se hace así, de frente. En el resto de especies sin excepción el macho monta a la hembra desde atrás. Nosotros nos miramos en cambio a la carita mientras, lo cual qué duda cabe crea un vínculo entre macho y hembra, relacionando así inmediatamente el sexo con la identidad del compañero. Viene a ser sexo personalizado frente al sexo más impersonal que se practica por atrás. Hay quien cree que también la pérdida del vello corporal se produjo precisamente en virtud del placer de las caricias, de un más estrecho vínculo entre macho y hembra, pero esto no está claro.
ESte poderoso vínculo natural, el amor, fue creado sobre todo para la protección de las crías, que durante un tiempo excepcionalmente largo en nuestra especie comparado con el resto del reino animal, necesitan protección, cariño, y mucho aprendizaje para enfrentarse al complejo mundo exterior que les espera. Nuestra capacidad de aprendizaje es sin duda la clave de nuestro éxito evolutivo. Nuestra inmadurez de adultos se prolonga durante toda la vida (esto se llama neotenia, no confundir con complejo de Peter Pan); así que esa inmadurez de la que tantas veces nos vemos acusados por amargosas marujas resulta ser un mecanismo adaptativo único, nos permite seguir aprendiendo durante toda nuestra vida hasta la vejez.
Habla después de nuestro comportamiento social como una herencia recibida del arte que nuestra madre despliegue con nosotros durante nuestra niñez. Este raro arte consiste en el equilibrio entre la protección y el cariño que recibimos de ella durante la primera infancia y de su buena mano después para ir soltándonos a la sociedad con otros niños con los que jugar. El carácter del adulto estará condicionado para toda la vida por esta sutil conjugación que la madre realiza. Pone realmente incómodo al leer el libro constatar que somos idénticos a los monos estudiados, que los chimpancés mimados y queridos por sus madres y luego juguetones con sus amigos eran así, que a los que les faltaba una de las dos cosas se comportaban de esta o de aquella manera, y que los pobres monos a quienes les faltaron los dos elementos son socialmente de adultos unos pobres diablos. Al fin y al cabo incomoda que buena parte de eso que llamamos con cierto vano orgullo "nuestra forma de ser" no sea más que el resultado evidente de una combinación en la que ni siquiera intervenimos, ni es mérito ni culpa nuestra ser así o asá.
En fin no quiero ponerme pesado. Habla también de nuestros patrones de lucha, de nuestros gestos y forma de defendernos o mostrar intenciones de ataque al sentimos amenazados (Dios sabe a cuántos orangutanes con corbata he reconocido en el libro). Habla de la risa y del llanto. Habla de la religión, la defecación, la guerra, el trabajo, el clítoris y los orgasmos femeninos, del pandillismo masculino, del pintalabios, del lenguaje (desde la charlatanería a Garcilaso de la Vega) como sucedáneo del aseo social, de por qué a las niñas les gustan los caballos y a ninguno nos gustan las serpientes o las arañas.
El libro no deja ni un pájaro suelto en la cabeza. Y he entendido lo que dice Koestler en la contraportada: “cuando uno se mira en el espejo después de haber leido este libro ya no se ve de la misma manera”
PD: Como parte simpática recuerdo la parte en que se explaya con evidente gusto en los los rituales preparación y posterior coito humanos. Lo describe con tanto detalle que deja de ser por unas páginas el frío científico y alcanza por momentos la intensidad de un relato erótico. A lo mejor se trata de un nuevo género literario, inexplorado: el erotismo científico. El caso es que funciona.
Saludos.
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