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sábado, 12 de agosto de 2017

Deseo

Uno sigue viéndose reo de deseo. Ayer, después incluso de haberme masturbado solo en casa, la escribí para reconocerle que la echaba de menos, que mi vida sin ella no me gusta nada. Me doy cuenta de que haber hecho esto es una imperdonable flaqueza, por ser el deseo quien dice estas cosas por boca de uno, si bien la boca de uno es también, por otra parte, deseo. La otra instancia interior, la que razona, o que cree que razona algo, piensa que ella no le haría feliz fuera de la cama, que ella no es una mujer para él, que le aburriría a partir de la segunda embestida, que no es muy inteligente, que tiene unas amistades penosas, una cultura muy por debajo de la más elemental mediocridad, que ni siquiera, una vez conocida, le cae demasiado bien su estruendo y frivolidad. Sabe todo esto y sin embargo añora desesperadamente su cuerpo, su calidez, su entrega y su olor. Esto es saberse uno en el peligro, tan poco romántico, del preso en las redes del deseo.
Me acuerdo de hace un año, ya loco por ella de algo que yo creía amor, por entonces, cuando a propósito iba a jugar al tenis en las inmediaciones de su casa. Había mirado la dirección en el sobre de la nómina, no solo a hurtadillas sino incurriendo en delito, o falta, no sé, porque la Ley no permite hacer eso. Así que averigüé ilegalmente dónde vivía y durante semanas rondé por su barrio, sin que ella supiera siquiera por aquel entonces de mis esperanzas por conocerla mejor. Yo la veía entonces como la ve el resto de la gente de la oficina ahora, una mujer alegre, vital, básicamente buena. La veía guapísima. Esa mujer que yo veía, que yo tanto deseaba, y a la que yo tanto había soñado, ay, como un posible amor, ya no existe, una vez conocida, desvelada, despatarrada y expuesta. Diría pues que la mujer real nos gusta menos que la imaginada, que el conocimiento de la persona real mata el amor, que es siempre, solo, misterio. Esa brumosa ilusión de hace unos meses por, digamos, la totalidad de su ser se ha esfumado en este tiempo, no teniendo yo ninguna gana de iniciar una relación seria con ella. La sola idea de formar parte de su vida o ella de la mia, de pasar juntos horas y horas en íntima compañía me produce no tanto horror como pereza. Qué forma de virar los anhelos, las imaginaciones, en fin, así es la vida.

La he pedido hablar la semana próxima, comer juntos, para explicarle todo esto: básicamente que vivo en lucha con mi deseo e intentar acostarme con ella toda la tarde, a modo de despedida.

sábado, 6 de agosto de 2011

María 1989

Siempre recordamos con arrobo a nuestra primera novia. Yo no es algo que tenga muy claro pero, si tuviera que nombrar una, la mía sería probablemente María, hija de la mejor amiga de mi madre. Teníamos 15 años y fue, cómo no, un verano, tuvo que ser el verano de 1989. Recuerdo que ese mismo verano descubría en la vieja casa familiar del pueblo las obras completas de Sherlock Holmes, una lectura que me impresionó tanto que creí haber dado con la “literatura seria”, ese hombre que por medio de un riguroso procedimiento puramente lógico lo deducía todo. Su impacto en mi fue tal que cuando salía escrutaba a los del pueblo por la calle, intentando deducir de los minúsculos detalles que encontraba en la ropa o en las manos de los paisanos ciertas pistas para una explicación de sus costumbres y sus pecados, de sus vidas, que aun mis abuelos y mis padres desconocieran, luego algunas noches les exponía en la cena mis conclusiones sobre los del pueblo; o sea que fue el verano de Sherlock Holmes, y yo quería ser como Sherlock Holmes, recuerdo siempre bobadas así. María era ya una mujercita por entonces, una muchacha preciosa. Recuerdo perfectamente su cara redonda y sus grandes ojos negros, profundos e infantiles, y esa enorme seriedad suya, o serenidad. Yo tanteaba por entonces en el agua fresca de la piscina de Eladio mis potencialidades en esta irregular carrera de amante enamoradizo y torpe en la que sigo; y fue en el cuerpo de María, en su cuerpo delicado de quinceañera donde comencé a percibir mis propios límites a través de los suyos. Si bien de una manera tan tímida y chapucera que no podría asegurar, si lo pienso, que María fuese mi primera novia. No había para mi otra cosa que María (su cuerpo, porque apenas recuerdo una palabra suya) y Sherlock Holmes aquel verano (conste que fue en el verano del 89, detalle escabroso porque, reparando en ello, ¿es posible que hayan pasado ya más de 20 años? ¿ser ya tan viejo? No lo creo porque no me parece que aquello fuera hace tanto sino más bien que sucedió en una vida distinta que no es esta, que no es esta mía, a otro que no soy yo, un usurpador parecido a mi que de vez en cuando se cuela en las fotografías antiguas, aunque es indudable que sí se trata de mi, claro). Ya no recuerdo cómo ni cuándo empezamos a dejar de vernos, pero debió ser bastante rápido.
Bien pues he hablado hoy con mi madre, que me ha contado que María tuvo anoche su primer hijo, como madre soltera, “por una clínica”. Me lo ha contado por la nueva abuela, su amiga, porque mi madre no me ha hablado de María en 20 años. Supongo que esos segundos de estupor después de la noticia me han delatado frente a mamá. Y es que la noticia me ha sacudido. Me resulta odiosa la tarea de conciliar mis divinos recuerdos con los extraños y groseros sucesos de este mundo real nuestro.
María inseminada...¿cómo ha podido?. Resulta tan grotesco imaginarla inseminándose como perdiendo la virginidad, es como representarse el sexo de nuestros padres, o como constatar que una antigua amante reposa entregada en los brazos de otro, que la va bien, que está mucho más guapa.
Aquellos ojos infantiles pero ya tan profundos de la María niña anticipaban a la mujer triste que ahora es, un poco mística y ojerosa, delgada, bonita. Y es así tal como yo lo escribo aquí porque no pienso verla nunca ni tratar con ella por el facebook o algo así. Me niego a empobrecer mi conciencia del mundo. Y así permanecerá en el recuerdo como en realidad era y sigue siendo: virgen y pura, áurea y pretecnológica como aquella maravillosa muchacha, y no vulgar, no corrupta como inevitablemente es la tozuda realidad.

Y ahora por seguir con algunas de las cosas del blog... He vuelto de unos días de perdición. Ha muerto mi tio N. (en el mismo pueblo). Y la función del Sueño de una noche de verano que vi fue un desastre. Es un crimen que una obra tan rica y emocionante como esa se reduzca para el público a una chusca comedia de enredo, bastante necia además. Es como para poner una denuncia a la compañía Morboria y multarlos, censurarlos y hasta desterrarlos. La gente eso sí salió encantada, la crítica la ha puesto bien, pero a mi me pareció muy pobre. Qué más. Tengo un mail pendiente. Y bueno ya está... acabo de releerlo todo y hoy estoy bastante facha, sí. Ah, no tengo caries.

Mucho yo yo y yo pero no escribo nunca de mi vida real... estoy tan disgustado por María

Bueno,
un saludo.

(tampoco he vuelto a leer a Sherlock Homes)

lunes, 18 de julio de 2011

Lola en el monte

Lola y yo nos fuimos a Rascafría a pasar el finde, en plan serrano. Mucha gente va a la montaña, y no creo que sea tanto por huir del calor del verano como se dice. Ocurre que encontramos en la naturaleza una especie de psicoterapia, que miramos por ejemplo las estrellas o las montañas, o el mar, cualquier fenómeno así grandioso y milenario y entonces nos sentimos tan pequeños y fugaces que nuestras miserias se minimizan, nuestro ego se encoge y no asfixia, el pecho se dilata y en definitiva nos sentimos mejor. Es decir que a la mayor parte de nosotros nos consuela recrearnos en nuestra insignificancia. Pero esta clase de curas de humildad de clase media no van con Lola, para quien no existe espectáculo, ficción ni constelación lo bastante importante como para sentirse ninguneada, ni por un rato. Es la reina, y no se da descanso.

Así puede verse a Lola en la cama, Lola en el coche, Lola en una terraza pasando frío con un café y un cigarro, Lola un poco borracha rodeada de paletos, o Lola paseando entre pinos y monumentos monolíticos o de visita por un monasterio centenario y santo que ella no agachará nunca su cabeza triunfante ni dejará de tener en cuenta, no sin cierta sabiduría, que lo realmente importante son ella y sus asuntos. Vive bajo el imperio de una soberanía autoimpuesta y fatal, irrenunciable.

Un monje del Monasterio del Paular que lleva 48 años allí encerrado nos preparaba el sábado para la visita al lugar, ofreciéndonos una charla previa. Entre otras cosas habló del pecado y la falta de fe que campan por el mundo exterior, un mundo exterior que consideró frívolo, un poco idiota y terriblemente mediocre, es decir que a pesar de que él lo desconoce casi totalmente juzgó nuestra sociedad con un sorprendente acierto. Habló del matrimonio por la iglesia, del arte que había en el monasterio... viendo a los turistas un poco alelados alrededor suyo era fácil comprender que ni aun el mismísimo Jesucristo resucitado hubiera conseguido hacer llegar a nuestras chatas narices el aroma de ese denso mundo que latía ahí dentro, pero bueno, este post no va de las supuestas virtudes de la religiosidad, sino de Lola.

Comento aquí, porque me resulta inseparable de nuestra excursión, una parte importante del discurso de este monje, que consistió en lo que para él era una diferencia esencial entre el amor (con minúscula) y el Amor (con mayúscula). Una cuestión esta a la que yo (oh casualidad) llevaba unos días dando vueltas. El amor con minúscula es el amor corriente, interesado decía el monje, muy nuestro, que no busca sino satisfacer el propio ego. La amistad y aun gran parte de los familiares que nos rodean, en su mayoría, consisten en último término y muy a menudo en una disimulada siembra de los propios intereses. Todos cedemos al necesario engaño al pensar que no, que nuestras amistades y nuestros más sagrados vínculos personales son desinteresados, de raíz divina, metafísica y demás, pero como cualquier otra convicción apenas resiste a un examen atento de la cuestión.

El otro es el Amor con mayúsculas del dios de la Biblia, el Amor que produce la naturaleza, el Amor que mana de la música, el Amor de los poetas antiguos, que mueve el sol y las demás estrellas y, en últimas, el Amor de los primeros filósofos griegos. Este amor es desinteresado, y no espera recibir nada a cambio. Los monjes a las seis de la mañana se levantan a rezar, hasta las ocho y media, todos los días del año, por todos nosotros. Seré un idiota, o un romántico empedernido, pero considero imprescindible que actos así de ridículos y poco prácticos aun existan.
Llevado al terreno de las relaciones de pareja fallidas a Lola y a mi nos dio para reflexionar bastante esta profunda cuestión de los tipos de amor expuesta por el monje. Aun refiriéndonos a ella siempre de pasada y medio en broma dejó flotando en el aire una pregunta pendiente bastante grave, la misma para ella que para mi, imagino ¿es que no sé querer? ¿Soy un egoísta?

Bueno yo no puedo hablar por ella pero hablando por mi, puesto a examen mi amor, quiero decir tal como Lola hace que la quiera, sobre todo la quiero desinteresadamente desde que no estoy con ella, y me gusta más así.
Me era más difícil quererla simplemente cuando después de todo esperaba algo de su parte.

En un plano puramente teórico creo además que no hay tal diferencia, que la doctrina se equivoca respecto a eso, y que los dos tipos son en realidad el mismo amor. Cuando Lola ruge y habla como una leona herida, melancólica pero valiente del dolor, de la pérdida, de la vida, y habla de ello brutal y sin filtros, a mi se me aparece tan santa y pura como el monje, o como un niño. Encuentro en ella ese bendito egoísmo y esa generosidad sin pulir que derrocha la vida, que es el amor por la vida y por la propia voluntad de uno en el mundo. Lola no es ningún ángel, es verdad, ni en el monte, ni en el bar ni en el supermercado, ni le hace falta para que yo la quiera. El caso es que tendrá siempre mi mano de ogro para agarrarse si se siente caer, o mi soplido racional y frío cuando se sienta abrasada por su propio ardor, porque sí.

Saludos,

(consciente de mi Amor desinteresado, por cierto, me siento ahora tan buena persona que me doy por pagado con ello, e inmediatamente me percato de que entonces, sintiéndome así de bueno como ahora, este bienestar en la conciencia ya no hace desinteresado el Amor, sino vulgar, aunque siga siendo mayúsculo)

miércoles, 6 de julio de 2011

Los jardines invisibles

Abandonar un jardín en el que se ha sido tan tan tan dichoso unas horas o unos años siempre es penoso. Uno nunca sale de él con la cabeza bien alta a menos que haya cometido la improbable proeza de dejar dentro a la alimaña muerta o malherida, impotente para volver a dañar a un próximo visitante.

Pero esto no es lo normal. Lo normal es cierto malestar por haber asistido impávido al lento marchitarse de las flores; normal es el eructo amargo después de haberse dado uno un atracón de frutos, haber dejado esqueléticos los antes frondosos árboles; lo normal, en últimas, es marcharse cabizbajo de allí y que la vista atrás nos muestre la existencia de rincones inexplorados, o un inagotable laberinto ante cuya perspectiva, sencillamente, nos faltaron los pies o el valor. Lo normal es salir del jardín y volver al asfalto como se sale de la primavera y se nos viene el otoño encima.

Lo normal, no nos engañemos, es que abandonemos el jardín porque nos molesten ya un poco hasta el cantar de sus pajaritos, pajarracos, las flores sin aroma, algunas repentinamente de plástico, doloridos los tobillos por el piso irregular, a ratos intransitable, surcado de profundas huellas que no son nuestras y por tantas y tantas horribles grietas llenas de hojas secas, muertas.

La tristeza más triste consiste en una especie de remordimiento de exiliado, consistente en ser eternamente un visitante; no encontrar nunca en uno vocación de jardinero.

A veces te dejan entreabierta la puerta de atrás invitándote a volver cuando quieras, para solazarte y hacer inocentes cabriolas en su interior, son los jardines-isla. Otros en cambio cierran empedernidamente, como si las suyas fueran las puertas del Tribunal del Juicio Final, y no te permiten ni asomarte siquiera ni te dejan reclamar alguna cosita que de noche hayas podido dejarte olvidada dentro.

Otros cuantos permiten el acceso, sí, pero engañan: y es que solamente te dejan transitar por un estrecho tramo habilitado, un vereda recta y perfectamente pavimentada, bien preparada, reluciente y sin nada que ver, ruidosa pero muda, una tramo marcado por unas incorruptibles flores de papel couché, que huelen a ambientador; el resto del jardín fuera de la vereda permanece oculto, oscuro y vedado, a veces se escuchan ahogadas voces provenientes de las penumbras que atraen a los idiotas como yo. Salgo de allí normalmente con espinas en las pantorrillas y en las narices, por indiscreto, y nunca encuentro nada en la maleza oscura. Siempre descubre uno como de nuevas que no todo lo oscuro es de la materia del misterio.

Algunos están llenos de hadas y de duendes, esos son encantadores. Otros están llenos de chispeantes demonios, unos demonios que hacen invivible el lugar, y esos jardines también son encantadores.

Ultimamente, con preocupante normalidad, sucede que una funcionaria con gorra nos da antes de entrar una completa guía con un mapa para facilitarnos la visita y recorrer sus zonas más interesantes. A esos entro obediente, a la carrera, como quien hace gimnasia. Y los abandono igual, marcial.

Algunos jardines parecen llamar con tristes y lejanas voces. Aúllan porque les escuece una sequedad o una herida antigua, y precisan cuidado, atención. A esos jardines acudo presuroso, como si no existiera otro motivo por el cual vivir.

Si me encuentro por azar las ruinas de un edificio abandonado por un habitante anterior lloro, lloro de rabia e intento no volver a pasar por allí como si de un lugar sagrado y maldito se tratase. Pero si me encuentro dentro esparcida basura que haya dejado otro visitante, entonces esa basura no la recojo sino que la emprendo a patadas con ella y la esparzo más, y luego no sé dónde meterme. No valgo para jardinero.

Si me encuentro el tronco de un árbol seco, como en la película, me acerco al hueco y siembro susurrando dentro una palabra secreta. Algo mio queda en ese jardín ya para siempre, algo que no es un edificio, ni un columpio, pero que es algo. Esa palabra secreta vertida en el hueco nunca decepciona.

Me gustan los lejanos, y me desalientan los imposibles. Me gustó especialmente un jardín hace años que tenía en su centro un palacio de cristal, tal como era.

El caso es que no pierdo la oportunidad de un jardín, que entro a todos si me gustan, de mil amores, si soy admitido, aun con la firme certeza del abandono. Ninguno es demasiado ni demasiado poco para mi sed insaciable de belleza.
La visita a un jardín es como una vida, quiero decir como lo más puro y bello de una vida.


un saludo.

lunes, 20 de junio de 2011

Inconstancia

Comprendo que soy poco sentimental.
Años después me doy cuenta de que tenía razón Jimena en eso, aunque yo por entonces me esforzara, empachado de sonetos, en representar el papel de ardoroso enamorado. Yo, tomándome por un alma de poeta, me indignaba con ella (y conste que hablo de la mujer de mi vida) cuando se quejaba de esta frialdad natural mía. Una acusación que fue objeto de graves desencuentros conmigo mismo en aquellos tiempos.

Hoy es algo que admito sin más.

¿Explica esta pobre afectividad mi inconstancia en el amor?. ¿No se contradice con que inmediatamente a continuación de alcanzar el objeto de deseo, una vez convertido en objeto amoroso, vaya perdiendo paulatinamente interés en él?
No es que precisamente me guste esta brecha (realidad-deseo) en la que vivo, pero así es.

El caso es que aun en esa etapa inicial, más apasionada de mis relaciones, soy un incapaz para los arrumacos, caricias y demás ternezas más allá del erotismo. Si por ejemplo estoy leyendo, o fumando mirando al techo o haciendo unos huevos fritos, no me salen y hasta pueden llegar a molestarme las ternuras.
En fin, que sí, que seré poco sentimental.

(Atendiendo a mi inconstante biografía entiendo además que esta deriva en la que ando es moralmente degenerativa. Es decir: con mis dos primeras novias pasé largos años, con las siguientes solamente algunos, pocos. Las últimas no me duran más que unos meses.
¿Acabaré siendo carne de prostíbulo?)

Saludos.

martes, 14 de junio de 2011

Ya Merche, que descansa tu ventana...

He olvidado mencionar aquí un suceso trascendental en mi vida, importantísimo, sucedido el pasado mes de mayo.
Murió la abuela de mis primos, una señora ya muy anciana, centenaria casi. Esta señora es (¿debo decir "era"?) cubana, vivió la revolución, estudió filosofía y letras en la Habana, según contaba conoció bien al Che Guevara (de quien yo creo que se enamoró un poco), se casó con un popular actor de Miami, donde vivió hasta hace pocos años, vino a España con ochenta y muchos, vivió aquí unos años y murió.

Fui a su velatorio como suele hacerse en estos casos a acompañar a la familia y a hacer un poco el paripé todos juntos. Mi prima hablaba con una señora bastante gorda, rubia, que me resultaba vagamente familiar, y a la que llamaré Mercedes, por ejemplo. Cuando me acerqué lentamente al grupo (uno se mueve con cierta precaución entre los grupos de gente conocida) mi prima me preguntó si no me acordaba de Merche. Mercedes me miró con cierta incomodidad. Instantáneamente exclamé que cómo no iba a acordarme de ella. Me acerqué y le di dos besos. Intenté establecer una conversación por otro lado perfectamente vulgar, pero ella rehusó no sin cierta elegancia, y siguió hablando delicadamente con mi prima de la fallecida, a la que apenas conocía, sin volver a mirarme.

Mercedes fue mi primer amor, o uno de los primeros. Era amiga de mi prima, fueron muy amigas durante la adolescencia, bastante amigas en la primera juventud y simplemente conocidas después. Durante un tiempo yo frecuenté el grupo de mis primos (un grupo que no me resultaba simpático) solamente por poder estar cerca de ella. Estaba absolutamente loco por su cuerpo y por su pelo rubio y su cara con esos enormes e inteligentes ojos azules. Me quedaba embobado mirándola en bañador cuando íbamos al Aquopolis. Me fascinaban a los 16 o 17 años más que nada en el mundo esos colosales pechos que tenía, tan exagerados que tuvieron que reducírselos años después por problemas de espalda, y que eran como el punto más sensible al que aferrar mi deseo por ella. Pero ese deseo sé desde hace tiempo que la abarcaba entera, su manera de moverse, de hablar, de recogerse el pelo y hasta sus pies.
Viendo fotos después corroboro que lo mio de entonces no consistía en esa ceguera juvenil tan típica de no poder mirar más allá de dos descomunales tetas, con perdón. Mercedes tenía una cara preciosa, y un cuerpo de Venus un poco a lo Samantha Fox que exaltaba a cualquiera, más a un adolescente, para quien algo asi constituía algo más que un hermoso cuerpo: Mercedes era un milagro, prácticamente una divinidad para mi.

Por supuesto no saqué nada de ella. Ni siquiera creo que llegara a sospechar de mis titubeantes intenciones más que de las de otros muchos que tampoco consiguieron nada. Era tan elevada la sola pretensión de tenerla que no me atreví ni a insinuarme.
Pardillo.
Luego se casó muy joven, con el chulito, guaperas y gracioso del barrio, de quien según supe acabó divorciándose. Pasé más de diez años sin verla. Y francamente no la recordé mucho.

Bien, el caso es que el tiempo ha hecho estragos en ella y que ahora, mediados los 30 años, sin pecho apenas, lo primero que llamaba la atención de ella era un impactante bozo y unas patillas de pelos, rubios pero bien poblado, tenía la piel apergaminada y un poco hirsuta, como si fumara mucho. Siendo crueles pero honestos digamos a las claras que Mercedes es una señora gorda cualquier otra, particularmente fea. Cierto que mantiene esa mirada altiva y esos exquisitos modales pero que, esta vez, más que darle elegancia y vuelo la hacen parecer más antipática.

Así que ya tengo otro mito de juventud derrumbado más.

Ah descubrí además que no es rubia. Era teñida.

Es un pobre consuelo pensar que la Belleza en sí es imperecedera, y esas cosas, teniendo en cuenta que ese maravilloso cuerpo de Mercedes se ha perdido para siempre, como lágrimas en la lluvia, que en fin todo se va sin dejar rastro.

Y sin embargo sí, cierto consuelo en el velatorio al verla, un bienestar como postcoital, un cosquilleo de satisfacción contemplando su bigote, quizá justicia, no sé...

lunes, 17 de enero de 2011

Intimidades las justas

En general creo que a todos nos pasa que nos interesan más bien poco los asuntos de los demás. Pero cuando estos asuntos que los demás nos cuentan con el ardor propio del protagonista, y que a nosotros nos resultan tan perfectamente vulgares, se vuelven demasiado íntimos o demiasado personales este desinterés hacia las revelaciones del otro se convierten a menudo en repugnantes. Repugnancia tanto mayor cuanto más cercana nos sea la persona en cuestión, y tanto mayor aun cuanto más ajeno nos sea el asunto íntimo que nos relata.

Las sombras de la persona amada que saltan a la vista nos resultan encantadoras, divertidas, motivos para conversaciones y bromas. Pero nada hay más repulsivo que entresacar lo inconfesable de las inocentes e intrascendentes confesiones del otro, adivinar a través de sus motivaciones al parecer más banales el mundo oculto que todos llevamos dentro: amores irrealizables, eternos, miedos que hacen enmudecer, frustraciones de todo tipo. Toparnos en la presunta claridad celestial del amor puro que queremos imaginar en el otro esas penumbras vergonzosas es lo primero que hace que el amor se desmorone, sobre todo cuando entendemos que esos territorios oscuros son inaccesibles para uno (y son inaccesibles en cuanto no puede hablarse de ellos).

Hay pocas cosas más desagradables, por ejemplo, para mi al menos, que el relato que un amor actual hace de sus amores anteriores. Yo lo evito adrede siempre que me lo permiten. Pocas veces o ninguna se siente uno, o una, tan intrascendente como entonces, cuando tu amada, involuntariamente, te sitúa indirectamente en una sucesión. Las palabras, las caricias dedicadas ya no nos parecen tan exclusivas. Uno pasa de ser el único amor posible e imposible a miembro de una lista que va renovándose, y se palpa así el tiempo, que pasa, claro. El amor pierde entonces su carácter eterno, cae en el tiempo y claro, queda condenado a pudrirse, ya sin remedio.
Esta verdad tan clara, tan evidente, pero que debido a su irracionalidad y a su escasa inteligencia normalmente resulta inaccesible a las mujeres (sí, hoy me siento misógino, qué pasa), destroza parejas a mansalva.

A lo que iba: que las intimidades son letales para las relaciones íntimas. Qué cosas.

domingo, 15 de agosto de 2010

Función sin hijos

Puesto a sincerarme, asumo que mis continuos fracasos en el terreno amoroso no me preocupan en absoluto. Quiero decir con esto que por mi que el juego continúe, que yo estoy más que listo a seguir jugando, probando, derrochando amores. Ya ni siquiera tengo muy claro que busque encontrar a esa mujer de mi vida (¿habrá pasado ya? ¿habrá sido Jimena?) que conozco una vez al mes. Pienso algunos días como hoy que esa búsqueda, romántica sin duda, de la princesa de mis sueños, puede no ser sino un efectivo método utilizado por este picaflor impenitente como arma de conquista. Yo, o sea mi desvalido personaje, atribuido de tiernos caracteres, dolido del amor pero no vencido, buscando incesantemente en los brazos de la mujer la salvación, el perdón, la redención en definitiva, Madonna mía, insistiendo en un papel que se siente bendecido así, por las mujeres.
No obstante, algunas veces me enamoro de veras, o eso creo. Luego todo pasa y queda en nada. En todo caso sigue siéndome imposible determinar si yo soy yo o mi personaje, si cuando creo que empiezo a enamorarme lo hago de veras o me autoengaño para seguir jugando a amar. Las minúsculas decepciones con que finalmente todo se resuelve me las tomo cada vez más, decía, estoicamente, como una perfecta y realizada necesidad. No me preocupa, ya digo, y quizá sea de tanto realizar la acrobacia mental que va del amor posible al imposible que, como quería decir, mi papel pueda tratarse de un truco para poder seguir amando un poco, mientras tanto, mientras la vida pasa.

Sí me duele, y me preocupa, quería decir con todo esto, no haber tenido hijos. Quise desde chaval. Yo ya era una aberración a los 18 años: quería tener hijos, muchos hijos; y mis amigos, que por entonces eran más fiesteros y menos enamoradizos que yo, se burlaban de mí. En los últimos años ellos se han entregado sin embargo a tristes matrimonios, llenos de hijos.

Me tomo mi azarosa vida con las mujeres con la ligereza de un fullero impenitente. En mi no descendencia, sin embargo, sí percibo cierto castigo a mi frivolidad, siento sobre mi el peso de una justicia que no me perdona no haber incurrido en ciertas mentiras necesarias para, llamémosle, el matrimonio.

¿Es posible que, en contra de lo que comúnmente se piensa, la actitud del frívolo, como la del bufón, consista en no estar dispuesto a persistir en ninguna mentira? ¿Que la tan honrada y cacareada dignidad no se asiente sino en un corpus admitido de frivolidades?

Y hablando de las mujeres, ¿No es la visión (cínica) que este domingo tengo del amor por sí misma una derrota en el terreno amoroso? ¿No me convierte el tufillo de esta conciencia en un simulador, no siendo ya un sujeto que ama plena, tontamente?
¿Es mi vida amorosa en definitiva, bajo estas condiciones, una parodia?

Ay!

(algún día escribiré algo más de los hijos, de la descendencia y su último significado para mi, y menos de las mujeres)

jueves, 12 de agosto de 2010

Lola me aprecia

El descubrimiento de los asuntos relativos a la vida íntima tiene una dinámica propia.
De entrada, es necesario estar dispuesto a afrontar estos asuntos con valentía, con cierta transparencia. Es de locos este estar dispuesto a enfrentarse al dolor y a las zozobras que a menudo produce la lucidez, el sujeto corrientemente prefiere reservar sus fuerzas para su propia supervivencia, o su codicia, ocultarse detrás de un telón tejido de mentiras y símbolos, convertido en muñeco. Actúan sabiamente los frívolos, en mi opinión. Sería muy largo entrar en este asunto, y no creo sinceramente que fuera aportar nada mejor, ni nuevo... es un tema bastante trillado este.
A partir de esta disposición interior hacia la claridad, todo lo que sucede después escapa a nuestro dominio. El estar dispuesto a la verdad es la única condición necesaria para sumergirse en los abismos de la intimidad humana.
Lola es una mujer preciosa, adorable, inteligente, perfecta en una palabra. Pero no puedo orbitar a su alrededor. Después de que todo hubiera acabado, el domingo pasado, seguimos manteniendo el contacto por sms durante la semana. Ella se mostró esos días, lunes, martes, miércoles, jueves, graciosamente dolida por mi abandono, coqueta, dispuesta y aun encantada de seguir jugando a que nos gustamos mucho, aunque no nos lleváramos bien. Yo he ido cada vez más entrando en mi papel, el que ella me tendía, de amante eventual, un poco lejano pero presente para ella, levemente cínico aunque dispuesto, cada vez más, para su socorro en cualquier momento.
Y anoche hablé con ella por teléfono. Seguramente aburrida por su triunfo sobre mi voluntad doblegada, cansada del muñeco creado, me dio calabazas, me recordó mi carácter imposible, me dijo que sí, que me apreciaba y tal, pero que no quería quedar conmigo. Rompió mi alegría, la ligereza con que estaba tomandome el asunto, y le bastó un toque sutilísimo (un "yo te aprecio") para hacerme trizas.

Jugó conmigo, quiero decir, y ganó.

Se echa de menos aquel viejo mundo de joven, de cuando no se jugaba a ganar o a perder sino por el placer mismo del juego, de la vida como juego. Se echa de menos cuando se siente que se ha perdido, quiero decir.

sábado, 31 de julio de 2010

Fealdad - Belleza

Leí hace años, no recuerdo dónde, que nunca puede decirse de una mujer que es fea hasta que no se la ha visto en el gozo del amor, que la menos bella puede parecernos en esas circunstancias hermosísima. Suscribo totalmente la frase, a mi me ha ocurrido irme a la cama con mujeres que no me atraían mucho, acostarme con ellas con reticencias pero encontrar después en su mirada, en sus rostros y en sus cuerpos, mientras, una belleza inmensa.
Claro que también me ha ocurrido al contrario: Una hermosa mujer transformada en el momento de la verdad en un monstruo inquietante.

viernes, 30 de julio de 2010

Lola II

Resulta que ahora Lola no me contesta, como si no existiéramos uno ni otro. Anoche por fin me puso un mensaje diciéndome que estaba tomando algo con un compañero de trabajo y hoy no me contesta, la muy... Hay que joderse.
He vuelto atrás después de escribir una frase para prevenir al posible lector, porque suena a farol, lo que me ha hecho volver atrás y escribir este breve prólogo, la frase en cuestión, es la siguiente: "pocas mujeres, cuando realmente me gustan, se me resisten". Eso es lo que tenía escrito. Es algo raro, pero es cierto. No es menos raro que yo sea incapaz de resistirme a los encantos de una mujer fatal como Lola.
Ayer enamoriscado de una criatura encantadora, hoy harto de eso llamado el "universo femenino". Mi amigo Camacho dice que el amor es como una montaña rusa, y tiene razón. Las relaciones con las mujeres, las mias al menos, son así, intensas, neuróticas, invivibles.
Ayer durante el día me comporté igual con ella, con frialdad, no respondiéndola a propósito a sus mensajes. Experimento capítulos de absoluta arrogancia cuando alguien me gusta mucho. Creo que me está haciendo pagar mi estúpida indifrencia de ayer con la suya de ahora. Otra de mis elucubraciones más optimistas consiste en pensar que me dice lo de su compañero de trabajo por darme celos, celillos, darse interés. Sea una u otra cosa la situación no me preocupa mucho, si fuese una réplica a mi comportamiento lo vería hasta bien. Y por otro lado nunca he sido celoso. Ya digo que estas son básicamente las dos explicaciones amables que encuentro a la situación.

Todas las demás explicaciones pasan más o menos porque Lola, por algún motivo, haya decidido pasar de mi. Y eso sí me preocupa.

Miércoles luminoso, jueves gris, viernes negro.

jueves, 29 de julio de 2010

Lola

Se pone uno contento cuando le surge una cita inesperada. Ocurrió anoche que, asistiendo a un concierto de jazz en Lavapiés, conocí a una chica, una mujer morena, de ojos negrísimos que, aunque nada tenga que ver con su verdadero nombre, llamaré Lola.
Como de costumbre los mejores deseos para mi: ojalá hable mucho de ella en adelante.
Lola es morena, morenaza, españolaza de ojos negros. Cuando la vi anoche yo, que ni de chaval entraba a las muchachas en los bares, que nunca en mi vida lo he hecho (alguna vez, quizá, muy borracho, con lamentables resultados), me fui para su mesa y le confesé un poco nervioso que me tenía fascinado, literalmente. Era verdad. Me dijo al rato que le caí en gracia por mi audacia, presentarme ahí ante ella y soltarle eso así de sopetón, estando sentada con un tío. Pero yo contaba ya con que ese tio no era nada suyo, incluso deduje por algún signo invisible que se trataba de un homosexual amigo de ella. Acerté a medias: era homosexual, pero era su hermano.
Hablé con Lola casi a solas porque su hermano, muy discretamente se retiró un poco de la mesa y de la conversación. Lola no tiene una gran cultura ni elevados ideales, pero tiene esa inteligencia práctica, vivaz, que distingue a las mujeres. Me fastidia un poco no poder hablar con ella de Lipovetsky
Me gustó Lola nada más empezar a hablar con ella. Teniendo que trabajar hoy no tuvimos tiempo para mucho. Cogí el último tren para Getafe y ella cogió el coche para Alcalá de Henares. Hoy estoy destrozado de cansancio, pero más feliz que unas castañuelas. Me comprometí con ella a hacerla un recorrido turístico por Getafe este fin de semana.
Esta mañana me ha puesto un sms diciéndome que tiene ganas de quedar conmigo (¡toma ya!), y que caí bien a su hermano, que le parecí un buen tipo. Esa aprobación de su hermano, no sé por qué, me la he tomado como una aceptación de Lola en su vida.
Este fin de semana, pues, me afeitaré para la cita, me pondré la camisa oscura, dormiré todo lo que pueda e intentaré ligármela, literalmente, porque me encanta.

viernes, 23 de julio de 2010

Ajedrez

Llevo semanas sin jugar al ajedrez. Desde que lo dejé con Artemis.
Artemis y yo jugábamos algunas veces al ajedrez. Yo llevaba años sin jugar, pero ya desde el principio yo siempre la ganaba. Me decía que jugaba muy bien, y a mi me gustaba oirlo. Así que durante el periodo en que estuve con ella dediqué algún tiempo diario a practicar por internet, de ese modo me mantenía en forma. Me gustaba pensar que podría ser un excelente jugador de ajedrez, por ella.
En realidad lo importante no es tanto que sea por Artemis o por cualquier otra. Lo que me preocupa es que con cada mujer con la que estoy represento un papel, un papel muy ligeramente distinto, pero distinto cada vez. Al final creo que acaba no gustándome ninguno de los personaje que interpreto. Incómodo, necesito finalmente cambiar de papel muy a menudo, mucho más a menudo de lo que veo alrededor.
En cierto modo envidio esa forma de hacerse una personalidad, entregarse a un papel. Estoy convencido de que una actuación perpetua, la misma comedia sin fin, facilitaría mucho las cosas.
El caso es que ya no juego al ajedrez.

lunes, 19 de julio de 2010

hoy

Artemis sigue sin contestarme al sms que le envié hace unos días, creo que no quiere saber más de mi. Estos días voy siendo consciente de haberla perdido y no puedo creerlo, que hace solamente dos o tres semanas estuviéramos planeando el viaje, y ahora esto. En fin.
Lo dicho: mis relaciones con las mujeres están malditas.
Por otro lado a veces me acomete un odio atroz, inconfesable, a ciertas cosas que ordinariamente amo.
Una sensación de pesadez, de continua impertinencia. El cinismo a flor, mojándolo todo.
Y sin embargo plenamente consciente de no ser esta etapa, estos días, sino un paso de más de baile, necesario para una vida que se precie de verdadera.

viernes, 9 de julio de 2010

Maldición

Tengo colgada alguna especie de maldición en mis relaciones con las mujeres. A falta de explicaciones concluyentes no me queda otra creencia que la maldición de Jimena (ella siempre tuvo algo así como de bruja, y me vaticinó en nuestra última ruptura que nunca me iría bien con ninguna otra mujer, de eso han pasado ya unos años y, casualmente o no, acertó).
Las maldiciones son algo así, creo yo: penden recatadas de la conciencia, y solamente se presenta su verdadero peso cuando se produce el movimiento de quien inadvertidamente la lleva colgando. A menudo la felicidad, o la dicha, o el más modesto impulso sirve para que se manifieste ese fastidioso, maldito y misterioso fardo pendular.

Ahora que lo releo pienso más bien que esto de las maldiciones consiste más bien en un intento (bastante tosco por cierto) de explicar lo inexplicable, de encadenar este caos aun con metafísica, o magia, pero bueno. El caso es que mi viaje a Francia con Ártemis ha resultado un desastre, que ayer en la playa rodeados de sol, bañistas, un poco fastidiado, le dije que quería volver a casa, unos días antes de lo que teníamos previsto.

El caos del que hablaba es más o menos este: ¿Por qué no puedo enamorarme? ¿Cómo es que todo (desde Carcassone a las conversaciones íntimas que me rodean) me resultan tan postizo, tan artificial? ¿Cómo puede ser que me parezcan más auténticas algunas ficciones que lo que entre todos convenimos que es “la realidad”?
Artemis es una mujer maravillosa desde todos los puntos de vista. Si la juzgase imparcialmente no me quedaría más remedio que decir de ella que es elegante, culta, divertida, inteligente, y guapa. No exagero. Y sin embargo su compañía me resulta la mayor parte del tiempo insufrible. Me fastidian sus excitados esfuerzos por agradar, sus anécdotas del pasado, esa sensualidad huidiza suya y ese contagioso estado de congoja en el que parece vivir. El jueves por la mañana, en Arlés, la confluencia de esos estados acumulados durante días fue declarándose hacia el mal humor. Solamente cuando le dije que todo había acabado, que me volvía a mi casa, durante nuestro viaje de vuelta entre explicaciones, canciones en el cd y algunas lágrimas, volví a verla y a escucharla plena como al principio, valiente, sin más intención que la verdad por dolorosa que esta fuera. Recuperé a la chica que me gustaba una vez que la había perdido. Caí así, de repente, en lo que estaba escapándoseme, otra maravillosa mujer más. Sí, Artemis, otro gran amor perdido, tan lunar, que resplandece solamente en la desdicha, y que nunca volverá a ser mia.

Pido solamente a los dioses que se ocupan de estas cosas del amor que no me castiguen por despreciar así sus dones, que sean indulgentes conmigo. Se lo imploro.

Les agradezco todo lo que me han dado.

No obstante creo estar listo para cuando me llegue el frío, para cuando todas estas piruetas y trompicones amorosos acumulados empiecen a dolerme.

Aceptaré sin rencor el castigo de la soledad, si las divinidades deciden que ya está bien conmigo.


Por si acaso, ¿alguien que lea esto podría recomendarme alguna bruja que eliminase el maleficio de Jimena?

Muchas gracias.

martes, 29 de junio de 2010

Jimena

Tuve una novia de la que todos los días me acuerdo con pena, pero sin exagerar. Y si pudieran escrutarse esos segundos en los que me acuerdo de ella, las continuas ráfagas en las que ella pasa por mi mente, decir a diario aun sería quedarse corto. Ahora, después de tantos años sigue sin pasar un día en el que, por un motivo u otro (un olor, esa canción, mi fe perdida, unos pimientos rellenos de bacalao o un paseo por Madrid) no la recuerde. No sé cuántos años estuvimos y vivimos juntos, muchos años, en el mejor de los casos demasiados, en el peor demasiado pocos. La dejé definitivamente varias veces a lo largo de esos años, y es de sentido común entender que la dejé varias veces porque me resultaba tan imposible aguantarla como resistirme a sus brazos, a su voz, a su cuerpo; la recaída tenía lugar por lo general un sábado. Aun consciente de lo absurdo quería verla siempre una vez más, que me hablara, que nos hiciéramos un último porro, que nos acostáramos consumidos por el deseo del otro y nos levantáramos a la mañana siguiente para imponernos las nuevas condiciones del nuevo pacto que de una vez por todas por fin estableciera, en fin, ya sabes. Esos domingos de reconciliación bajábamos a Lavapiés por la mañana como dos niños a un mundo por estrenar. Los bares mugrientos ofrecían un interés inagotable, las personas con las que nos cruzábamos eran objeto de conversación y especulaciones durante varios metros, el parque del Retiro nos olía como la misma selva tropical. Naturalmente pasado un tiempo todo se iba al garete, la mugre era sólo mugrienta, la gente gris y el parque del Retiro un lugar lleno de bichos e inmigrantes que incordiaban con la pelota. Rero resultaban tan dulces, tan hermosas, aquellas reconciliaciones nuestras que me parecen ahora desde este otoño, a pesar del dolor padecido, lo más hermoso de la vida, de mi vida.

Antes de nada, para situarme, haré una breve cronología de mis relaciones más importantes, sustituyendo los nombres reales por otros más sugerentes y exactos para mi en algunos casos que los reales.

Veamos, yo nací en el 74
- De 1992 a 1999 estuve con Begoña, otra mujer de mi vida, de la que hablaré quizá otro día y a la que fui estrictamente fiel hasta que apareció Jimena.
- De 1999 a 2005 con Jimena, con bastantes intermitencias de por medio. Intermitencias durante las que mantuve relaciones más o menos serias con Mari Pili (2002), Sara (2003), y, digamos, Mademoiselle C. (2004), y me enamoré locamente por cierto de la bella Marie Joe, a la que pretendí con tan poco tino que ni llegué a disparar siquiera. Marie Joe tenía un novio policía, algo psicópata, y era amiga íntima de Sara... pero otro día reflexionaré y me libraré de ella, de ellas dos, de aquél entonces, de mi gran amor sin consguir.
- De 2005 hasta ahora, otra relación intermitente, pero esta carnal, sin perspectivas ni dramatismo, con Remedios. Empezamos con intención de establecernos y hacernos una pareja estable pero éramos muy distintos. Mantenemos en cambio dos o tres veces al mes un excelente, sano y refrescante trato físico. Remedios es una de esas personas a las que se quiere a lo largo de la vida, basta con conocerla.
- Violeta (2008) y Martina (2009)
- 2010: En abril más o menos mpecé una nueva relación con una mujer lejana y muy prometedora, a la que estoy proponiéndome querer más con determinación que con alegría. La llamaré Ártemis, espero hablar de ella mucho en adelante. La semana que viene voy con ella a Francia.

Compruebo con esto que en más de veinte años de relaciones serias con mujeres no he aprendido nada.
Y nada más que seis años con Jimena. Nada más que seis años pero que parecen la vida entera, o casi, con su prólogo y su epílogo.

Pero hablaba de Jimena, y aquí la llamo así porque es el nombre que hubiera debido tener nuestra hija: Decía o quería decir que de nuestra última y definitiva ruptura, por ese agrio sabor que me dejó su actitud la noche antes, yo ya sabía que no nos repondríamos. Por supuesto que ella no lo asumió con tanta claridad, dotada de una proverbial y tozuda inconsciencia se las apañó para seguir dándome la lata durante un tiempo, un año más o menos. Luego aunque enmudeció orgullosa seguí sintiéndola cerca, como conectada a mi. Yo percibía y me alimentaba aun de ese vínculo nuestro. Había algo trágico en sentir con ella esa conexión lejana e imperceptible que daba tantas fuerzas, saber que a pesar de los pesares Jimena me entendía, me quería, nos queríamos. Pero un día de repente desapareció. Apartada y ausente, Jimena ya no estaba, y para mi sorpresa me vi de pronto oscuro y torpe, en medio de un mundo crecientemente extraño, sintiéndome por fin abandonado no solo de ella. No fue sino cuando perdí este, digamos, pathos, que me di cuenta de cuánto me gustaba tener a Jimena al otro lado del mundo, en mi órbita, gravitando alrededor mio. Yo podía vivir bien, igual, mientras tanto, tratando de conquistar a una mujer, leyendo libros, saliendo de vacaciones, viniendo a trabajar. Aparentemente podía hacer todas estas cosas con una asombrosa naturalidad mientras sentía activa mi conexión con ella, como un vínculo que, a pesar de la distancia y el silencio entre ambos, me nutría de cierta empatía.
Jimena fue durante el tiempo en que estuvimos juntos, y después, con su presencia ausente, un hilo invisible que me unía al mundo. Sin saber cómo el hilo se rompió, y sin saber por qué Jimena ha vuelto ahora a dar la lata; guerrera, imposible, trágica y adorable Jimena.