viernes, 13 de mayo de 2011

Cumpleaños

El paso del tiempo tiene algo similar a la caída del cabello: un proceso lento y cruel, un goteo incesante hasta que ya no quedan pelos o días por gastar en la feria. Ocurre sin que casi nos demos cuenta. La naturaleza (humana en este caso), en su infinita sabiduría, va socavándonos así tan imperceptiblemente que no nos deja apenas un resquicio para asomarnos a la atrocidad de la existencia. Solamente cuando nos plantamos delante de una foto tomada años atrás, o en los cumpleaños, nos damos cuenta de esa tontería, de esa avería que es que el tiempo pase.

Hoy cumplo 37. No tengo ni familia ni hijos. Mi trabajo me importa un pijo. Tampoco me quedan amigos sino más bien un grupo de colegas más bien apáticos. Ya no me enamoro como un divino idiota. Perdí todos mis tesoros aunque, curiosamente, llevaba meses, o semanas por lo menos, feliz en el naufragio. Desapercibido hasta hoy, claro.

En fin, que no son buena idea los aniversarios, esta iniciativa social; solidifican la espuma de los días hasta poder si se quiere ponerle un lacito al pasado, y enterrarloo; tiene algo de indecente (¿y necesario?).

Por otro lado cierto alivio de que cada vez se espere menos de uno (qué vamos a hacerle, mamá), de que la mayor parte del trabajo vaya quedando hecho, de que, pese a tanta fúnebre felicitación, sienta la vida igual, como un viento aquí en el pecho que aun corre fuerte, fiero, que silba al pasar.

En fin.

miércoles, 2 de febrero de 2011

Pálpitos

La vida posee raras e incomprensibles cualidades. A ratos todo parece confluir en su favor y otros en cambio, en su contra; constatar este misterio resulta tan evidente para nuestra percepción como oculto queda para nuestra inteligencia. No existe una psicología ni una definición, ni una fórmula ni una ecuación que describa este lógos extraño que hace girar la realidad a nuestro alrededor, pero es así. Resulta imposible, y a mi modo de ver bastante superfluo, atribuir con certeza estos vaivenes a un azar juguetón o bien a una teleología de raíz divina, a un plan determinado y trascendente. Yo quizá por mi carácter y temperamento tengo la impresión de que la potencia originaria de tantas idas y venidas obedece en el fondo a nada, que no responde a ningún relato previo, y que en últimas todo resulta absurdo y caprichoso.

Este ir y venir, estas vacas flacas o gordas no reposa solamente en difusos estados de ánimo. Está en la realidad y en los fenómenos que nutren nuestra vida. Por ejemplo, en las personas de nuestro entorno: sin conocerse entre sí y de repente cuentan a la vez todas contigo para consultarte, intimar, visitarte, de modo que durante una temporada no se da abasto y se siente uno urgido e incluso agobiado por el medio social. Basta entonces una mala señal, un día aciago, para que pronto parezcan haberse puesto todos de acuerdo para relegarte y tu vida parezca entrar en un torbellino de soledad: desparecen sin más, por un tiempo, ni se preoucpan ni llaman ni preguntan ni piden consejo a uno, que queda estupefacto, incomprendido y solo, claro.
Ocurre igual con el juego, con los negocios, los amores, la salud, con la estimación social, con las más íntimas expansiones y contracciones de esa cosa antes llamada "espíritu". Y ocurre porque sí, sin invocaciones ni sacrificios aparentes, imprevisiblemente.
No creo que sea aplicable esa máxima moderna de las gallinas que entran por las que salen. A veces se tiene el gallinero repleto y otras veces no quedan ni las pajas.
Y no hay quien lo entienda, ni falta que hace.

Es como para poner la fe y el conocimiento en horóscopos, cábalas, espiritismos y toda clase de supercherías montadas para no ser nunca comprensibles.

martes, 1 de febrero de 2011

Corre, conejo

He salido a correr esta mañana, una saludable patochada que hasta ayer mismo había juzgado deplorable. Antes de ducharme me he puesto las deportivas, el chándal, y he salido a correr. Al final he corrido más de una hora (y eso que fumo), no sé cuántos kilómetros, arrebatado como un loco y sin ningún propósito definido. Ahora me siento orgulloso, potente, aquí en la oficina (he llegado tarde). No es que pretenda adelgazar, ni presentarme a una san Silvestre ni despejar mi circuito coronario. Mi cuerpo en los últimos meses es una masa orgánica redundante, innecesaria y yacente. ¿Por qué echar a correr, entonces, de pronto? Seguramente hacer creer al cuerpo que aun es útil, que aún ocupa una función sobre la tierra, engañarlo, escapar por piernas del cáncer.
Hacía un frío horrible esta mañana; yo creo que me he resfriado.

lunes, 31 de enero de 2011

Los ricos también lloran

La noticia más leida en el periódico digital el Mundo de ayer fue que la hija de Toni Cantó y Eva Cobo falleció la noche del sábado en un trágico accidente. Su coche chocó con en el de otro que conducía, borracho, en dirección contraria. La chica tenía 18 años.
Me gusta fijarme en cuáles son las noticias más leídas de los periódicos digitales. Me parecen un estupendo indicador social, es una votación honesta, sin prejuicios, y realizada en la más estricta intimidad de lo que en realidad le interesa a la gente que me rodea. Habitualmente las noticias más votadas tienen que ver con esperpentos o revoluciones televisivas, escándalos sexuales de personajes famosos, noticias deportivas o hechos bien inusuales, raros y fáciles de digerir, ocurridos a algún famoso de la tele, ya sea este político, futbolista, presentador o modelo o modela.

Me sorprendió que la desgracia ocurrida a un personaje más bien secundario como Toni Cantó, la noticia de la muerte de su joven y desconocida hija Carlota Cantó, copara la primera plana de la información nacional. No es tan extraño. A todos nos encantan las desgracias acaecidas a aquellos a quienes admiramos; a quienes envidiamos por ser más ricos, más exitosos o más guapos que nosotros. Nuestra pequeñez se siente por un instante complacida. Nuestro tormento cotidiano y a medio gas se regocija en comprobar que quienes vivien en el calor del éxito se ven chamuscados, de vez en cuando, por el mismo fuego que a nosotros nos consume.

Hoy la noticia sigue siendo la más leída del El Mundo.es
(he visto por cierto también la fotografía de la muchacha: era bellísima)

miércoles, 19 de enero de 2011

Los profes se deprimen

Me dijeron ayer que es duro ser maestro, que pasas horas con los niños y que se mete luego uno al servicio y se siente frente al espejo intolerablemente viejo.

Debe ser duro, y pensé que buena parte de la responsabilidad sobre los altos índices de depresión entre el profesorado pueda ser debida precisamente a este sentirse uno más viejo, más cansado y con menos vida que aquellos de quienes se ve rodeado a diario.

Hoy no estoy muy escribidor...

martes, 18 de enero de 2011

No sólo vacío de estómago

Me pasó una cosa el sábado.

Estábamos cenando en Madrid cuando entró en el restaurante un hombre ya de cierta edad, intentando vender unos poemitas que había escrito. Un hombre mugriento y solitario. Saltaba a la vista que se trataba de uno de tantos viejos perdedores que merodean por las ciudades. Caminaba cansado entre las mesas repartiendo sus libritos de poemas con ese tono apagado de quienes venden kleenex por los semáforos. Unas chicas que estaban en la mesa de al lado le dieron unas monedas sin quedarse con el librito.

Yo hice igual, aunque le compré sus poesías más por caridad que otra cosa. Una limosna es siempre más humillante que una compra-venta. Entonces me miró y se quejó, con una profunda tristeza en los ojos azules:

- Es que nadie me lee.

Me pareció conmovedor, enorme, que un caballero así se lamentase de que nadie lo leyese más que de las condiciones en que se encontraba.

Después de su respuesta tenía cierto gusanillo por encontrarme en los poemas con un espíritu genial y maldito, uno de esos pocos hombres póstumos, pero nada.

Parece que el dolor, la incomprensión es universal, igual para los genios que para los mediocres.



Hasta otro día, y gracias a Lola, Audrey, por haberme vuelto a meter en esto con su indiscreción.

lunes, 17 de enero de 2011

Intimidades las justas

En general creo que a todos nos pasa que nos interesan más bien poco los asuntos de los demás. Pero cuando estos asuntos que los demás nos cuentan con el ardor propio del protagonista, y que a nosotros nos resultan tan perfectamente vulgares, se vuelven demasiado íntimos o demiasado personales este desinterés hacia las revelaciones del otro se convierten a menudo en repugnantes. Repugnancia tanto mayor cuanto más cercana nos sea la persona en cuestión, y tanto mayor aun cuanto más ajeno nos sea el asunto íntimo que nos relata.

Las sombras de la persona amada que saltan a la vista nos resultan encantadoras, divertidas, motivos para conversaciones y bromas. Pero nada hay más repulsivo que entresacar lo inconfesable de las inocentes e intrascendentes confesiones del otro, adivinar a través de sus motivaciones al parecer más banales el mundo oculto que todos llevamos dentro: amores irrealizables, eternos, miedos que hacen enmudecer, frustraciones de todo tipo. Toparnos en la presunta claridad celestial del amor puro que queremos imaginar en el otro esas penumbras vergonzosas es lo primero que hace que el amor se desmorone, sobre todo cuando entendemos que esos territorios oscuros son inaccesibles para uno (y son inaccesibles en cuanto no puede hablarse de ellos).

Hay pocas cosas más desagradables, por ejemplo, para mi al menos, que el relato que un amor actual hace de sus amores anteriores. Yo lo evito adrede siempre que me lo permiten. Pocas veces o ninguna se siente uno, o una, tan intrascendente como entonces, cuando tu amada, involuntariamente, te sitúa indirectamente en una sucesión. Las palabras, las caricias dedicadas ya no nos parecen tan exclusivas. Uno pasa de ser el único amor posible e imposible a miembro de una lista que va renovándose, y se palpa así el tiempo, que pasa, claro. El amor pierde entonces su carácter eterno, cae en el tiempo y claro, queda condenado a pudrirse, ya sin remedio.
Esta verdad tan clara, tan evidente, pero que debido a su irracionalidad y a su escasa inteligencia normalmente resulta inaccesible a las mujeres (sí, hoy me siento misógino, qué pasa), destroza parejas a mansalva.

A lo que iba: que las intimidades son letales para las relaciones íntimas. Qué cosas.

viernes, 27 de agosto de 2010

Ficciones

He leido esta mañana la entrevista a Woody Allen que publica el Mundo en su edición digital (se hace cualquier cosa por esquivar el trabajo aquí dentro), y he leído algo que me ha parecido tan evidente que casi me avergüenzo de no haber reparado nunca en ello. A propósito del futuro que le espera al cine ha dicho Woody, entre otras cosas, que a la gente le gusta llegar a casa y que, por la noche, les cuenten una historia, y que eso es algo que no va a cambiar nunca. Qué simpleza, ¿verdad?.

Hoy día, acostumbrados a los medios de difusión, radios, canales de televisión, deuvedés, discos duros, etc., nos resulta sencillísimo satisfacer nuestra sed de ficciones sin necesidad de un prójimo, sin un emisor físico, personal al que acudir. Antes era la parienta o una prima, la vecina o su hijo, o el concejal quienes, bien con la sustancia de sus propias vidas, bien con sus relatos acerca de la vida de los otros, nos surtían de las historias que necesitamos. El tejido social se configuraba así de entremezclar, transformada en ficción, el pulso de la vida real que latía alrededor. Más allá de estos asuntos mundanos, un relato superior configuraba el lenguaje y la visión del mundo, el cura nos envolvía en un relato mayor, poético. La pluralidad en las lecturas daría más variedad a la vida social, seguramente, que la multiplicación de individuos. Sería complicado imaginar la estrechez de la vida social previa a la imprenta, tanto en la Edad Media, aquí, como en Babilonia... pero yo no estoy preparado para tanto. Quiero decir con todo esto que he asimilado, gracias a esa frase simple de Woody Allen, buena parte de esa literatura francesa que había digerido tan mal en mis años mozos.

No entendía por entonces como ahora esa necesidad esencial de ficción del ser humano. Y sobre todo no entendía como ahora de qué manera esas continuas ficciones configuran y conforman nuestra existencia. Todo aquello que tomamos por importante, verdadero, y demás trascendencias resulta que no son más que ficciones, es decir, mentiras que dicen la verdad, esa siempre necesaria literatura.

viernes, 20 de agosto de 2010

Artemis II

Hablando con Artemis esta mañana me ha dicho que aceptó ayer un puesto de trabajo como limpiadora en el centro de investigación en el que estuvo durante un tiempo trabajando, como científica becada.

Cuando la conocí hace un año estaba a punto de acabar su tesis sobre crustáceos, una tesis en la que sigue estancada. Escribía además unas poesías que me parecieron muy prometedoras, de aliento largo y lánguido, que me parecieron y me siguen pareciendo hermosísimas. Iba a un centro de investigación marina por las mañanas y hacía allí sus cosas microscópicas y tomaba sus notas hasta por la tarde.

Pero lo que destaco aquí de ella, lo que me ha sublevado y por lo que me he sentado a escribir, es ese carácter suyo natural, desinteresado, que no sabe uno si es pureza o ingenuidad. Esa mirada limpia y bondadosa que Artemis vierte sobre el mundo confunde de primeras, se siente que se puede decir lo que se piensa, sin filtros, y al rato se es otro, otro mejor. Después de tantos años de vida el surgimiento de una mujer así es un acontecimiento casi sobrenatural. Nunca noté en ella un mal pensamiento, nada retorcido, ni una palabra que no fuera de enorme empatía hacia el mundo.

Ahora, con casi cuarenta años y no habiendo hecho nunca daño a nadie, habiendo ayudado a obtener papeles a inmigrantes (llegó a casarse con uno), habiendo trabajado gratis por principios, estudiado toda la vida, derrumbados los sueños, Artemis se ocupará de limpiar los váteres y los suelos de quienes fueron sus compañeros de investigación. Ella estará bien, de todas formas. Creo conocerla, y le dará igual y hablará con sus antiguos compañeros con toda naturalidad, con la fregona en mano y los guantes azules puestos no intentará ni por un instante disimular ante ellos que está dolida.

Pero ¿no le da a Dios vergüenza a veces de haber creado un universo tan chapucero?

lunes, 16 de agosto de 2010

Cómo está el servicio público

Hoy no he ido a trabajar, me he despertado con cierto malestar esta mañana y he decidido enviar un mensaje a una compañera avisando de mi ausencia, y acostarme otra vez.
Convertir una leve indisposición como la de esta mañana en una enfermedad (baja de tres días) me mantiene en la ilusión, una vez al año, de que no soy un esclavo del trabajo. Es la pequeña dosis de rebeldía, de malestar hacia el mundo que aun me permito.
Como necesito el papelito del médico para justificar mi baja (una enfermedad intestinal suele ser lo más recurrente en estos casos) he tenido que llamar al ambulatorio para pedir cita.
En mi última baja había que intentar llamar nueve o diez veces hasta que te atendieran, el servicio público no estaba tan mal todavía. Ahora de entrada salta uno de esos contestadores automáticos, médico o pediatra, fecha de nacimiento, nombre, sí, no, etc... unas veces, al final, la llamada se ha resuelto en un corte de línea (piden disculpas antes de cortarte), luego vuelta a llamar, otra vez médico o pediatra, fecha de nacimiento, nombre, sí, no, esta vez el teléfono da tono pero nadie lo coge, y vuelta a llamar... llevo 15 llamadas y no tengo muchas esperanzas, aunque seguiré insistiendo.
Cómo está el servicio público.

domingo, 15 de agosto de 2010

Función sin hijos

Puesto a sincerarme, asumo que mis continuos fracasos en el terreno amoroso no me preocupan en absoluto. Quiero decir con esto que por mi que el juego continúe, que yo estoy más que listo a seguir jugando, probando, derrochando amores. Ya ni siquiera tengo muy claro que busque encontrar a esa mujer de mi vida (¿habrá pasado ya? ¿habrá sido Jimena?) que conozco una vez al mes. Pienso algunos días como hoy que esa búsqueda, romántica sin duda, de la princesa de mis sueños, puede no ser sino un efectivo método utilizado por este picaflor impenitente como arma de conquista. Yo, o sea mi desvalido personaje, atribuido de tiernos caracteres, dolido del amor pero no vencido, buscando incesantemente en los brazos de la mujer la salvación, el perdón, la redención en definitiva, Madonna mía, insistiendo en un papel que se siente bendecido así, por las mujeres.
No obstante, algunas veces me enamoro de veras, o eso creo. Luego todo pasa y queda en nada. En todo caso sigue siéndome imposible determinar si yo soy yo o mi personaje, si cuando creo que empiezo a enamorarme lo hago de veras o me autoengaño para seguir jugando a amar. Las minúsculas decepciones con que finalmente todo se resuelve me las tomo cada vez más, decía, estoicamente, como una perfecta y realizada necesidad. No me preocupa, ya digo, y quizá sea de tanto realizar la acrobacia mental que va del amor posible al imposible que, como quería decir, mi papel pueda tratarse de un truco para poder seguir amando un poco, mientras tanto, mientras la vida pasa.

Sí me duele, y me preocupa, quería decir con todo esto, no haber tenido hijos. Quise desde chaval. Yo ya era una aberración a los 18 años: quería tener hijos, muchos hijos; y mis amigos, que por entonces eran más fiesteros y menos enamoradizos que yo, se burlaban de mí. En los últimos años ellos se han entregado sin embargo a tristes matrimonios, llenos de hijos.

Me tomo mi azarosa vida con las mujeres con la ligereza de un fullero impenitente. En mi no descendencia, sin embargo, sí percibo cierto castigo a mi frivolidad, siento sobre mi el peso de una justicia que no me perdona no haber incurrido en ciertas mentiras necesarias para, llamémosle, el matrimonio.

¿Es posible que, en contra de lo que comúnmente se piensa, la actitud del frívolo, como la del bufón, consista en no estar dispuesto a persistir en ninguna mentira? ¿Que la tan honrada y cacareada dignidad no se asiente sino en un corpus admitido de frivolidades?

Y hablando de las mujeres, ¿No es la visión (cínica) que este domingo tengo del amor por sí misma una derrota en el terreno amoroso? ¿No me convierte el tufillo de esta conciencia en un simulador, no siendo ya un sujeto que ama plena, tontamente?
¿Es mi vida amorosa en definitiva, bajo estas condiciones, una parodia?

Ay!

(algún día escribiré algo más de los hijos, de la descendencia y su último significado para mi, y menos de las mujeres)

jueves, 12 de agosto de 2010

Lola me aprecia

El descubrimiento de los asuntos relativos a la vida íntima tiene una dinámica propia.
De entrada, es necesario estar dispuesto a afrontar estos asuntos con valentía, con cierta transparencia. Es de locos este estar dispuesto a enfrentarse al dolor y a las zozobras que a menudo produce la lucidez, el sujeto corrientemente prefiere reservar sus fuerzas para su propia supervivencia, o su codicia, ocultarse detrás de un telón tejido de mentiras y símbolos, convertido en muñeco. Actúan sabiamente los frívolos, en mi opinión. Sería muy largo entrar en este asunto, y no creo sinceramente que fuera aportar nada mejor, ni nuevo... es un tema bastante trillado este.
A partir de esta disposición interior hacia la claridad, todo lo que sucede después escapa a nuestro dominio. El estar dispuesto a la verdad es la única condición necesaria para sumergirse en los abismos de la intimidad humana.
Lola es una mujer preciosa, adorable, inteligente, perfecta en una palabra. Pero no puedo orbitar a su alrededor. Después de que todo hubiera acabado, el domingo pasado, seguimos manteniendo el contacto por sms durante la semana. Ella se mostró esos días, lunes, martes, miércoles, jueves, graciosamente dolida por mi abandono, coqueta, dispuesta y aun encantada de seguir jugando a que nos gustamos mucho, aunque no nos lleváramos bien. Yo he ido cada vez más entrando en mi papel, el que ella me tendía, de amante eventual, un poco lejano pero presente para ella, levemente cínico aunque dispuesto, cada vez más, para su socorro en cualquier momento.
Y anoche hablé con ella por teléfono. Seguramente aburrida por su triunfo sobre mi voluntad doblegada, cansada del muñeco creado, me dio calabazas, me recordó mi carácter imposible, me dijo que sí, que me apreciaba y tal, pero que no quería quedar conmigo. Rompió mi alegría, la ligereza con que estaba tomandome el asunto, y le bastó un toque sutilísimo (un "yo te aprecio") para hacerme trizas.

Jugó conmigo, quiero decir, y ganó.

Se echa de menos aquel viejo mundo de joven, de cuando no se jugaba a ganar o a perder sino por el placer mismo del juego, de la vida como juego. Se echa de menos cuando se siente que se ha perdido, quiero decir.

sábado, 31 de julio de 2010

Fealdad - Belleza

Leí hace años, no recuerdo dónde, que nunca puede decirse de una mujer que es fea hasta que no se la ha visto en el gozo del amor, que la menos bella puede parecernos en esas circunstancias hermosísima. Suscribo totalmente la frase, a mi me ha ocurrido irme a la cama con mujeres que no me atraían mucho, acostarme con ellas con reticencias pero encontrar después en su mirada, en sus rostros y en sus cuerpos, mientras, una belleza inmensa.
Claro que también me ha ocurrido al contrario: Una hermosa mujer transformada en el momento de la verdad en un monstruo inquietante.

viernes, 30 de julio de 2010

Lola II

Resulta que ahora Lola no me contesta, como si no existiéramos uno ni otro. Anoche por fin me puso un mensaje diciéndome que estaba tomando algo con un compañero de trabajo y hoy no me contesta, la muy... Hay que joderse.
He vuelto atrás después de escribir una frase para prevenir al posible lector, porque suena a farol, lo que me ha hecho volver atrás y escribir este breve prólogo, la frase en cuestión, es la siguiente: "pocas mujeres, cuando realmente me gustan, se me resisten". Eso es lo que tenía escrito. Es algo raro, pero es cierto. No es menos raro que yo sea incapaz de resistirme a los encantos de una mujer fatal como Lola.
Ayer enamoriscado de una criatura encantadora, hoy harto de eso llamado el "universo femenino". Mi amigo Camacho dice que el amor es como una montaña rusa, y tiene razón. Las relaciones con las mujeres, las mias al menos, son así, intensas, neuróticas, invivibles.
Ayer durante el día me comporté igual con ella, con frialdad, no respondiéndola a propósito a sus mensajes. Experimento capítulos de absoluta arrogancia cuando alguien me gusta mucho. Creo que me está haciendo pagar mi estúpida indifrencia de ayer con la suya de ahora. Otra de mis elucubraciones más optimistas consiste en pensar que me dice lo de su compañero de trabajo por darme celos, celillos, darse interés. Sea una u otra cosa la situación no me preocupa mucho, si fuese una réplica a mi comportamiento lo vería hasta bien. Y por otro lado nunca he sido celoso. Ya digo que estas son básicamente las dos explicaciones amables que encuentro a la situación.

Todas las demás explicaciones pasan más o menos porque Lola, por algún motivo, haya decidido pasar de mi. Y eso sí me preocupa.

Miércoles luminoso, jueves gris, viernes negro.

jueves, 29 de julio de 2010

Lola

Se pone uno contento cuando le surge una cita inesperada. Ocurrió anoche que, asistiendo a un concierto de jazz en Lavapiés, conocí a una chica, una mujer morena, de ojos negrísimos que, aunque nada tenga que ver con su verdadero nombre, llamaré Lola.
Como de costumbre los mejores deseos para mi: ojalá hable mucho de ella en adelante.
Lola es morena, morenaza, españolaza de ojos negros. Cuando la vi anoche yo, que ni de chaval entraba a las muchachas en los bares, que nunca en mi vida lo he hecho (alguna vez, quizá, muy borracho, con lamentables resultados), me fui para su mesa y le confesé un poco nervioso que me tenía fascinado, literalmente. Era verdad. Me dijo al rato que le caí en gracia por mi audacia, presentarme ahí ante ella y soltarle eso así de sopetón, estando sentada con un tío. Pero yo contaba ya con que ese tio no era nada suyo, incluso deduje por algún signo invisible que se trataba de un homosexual amigo de ella. Acerté a medias: era homosexual, pero era su hermano.
Hablé con Lola casi a solas porque su hermano, muy discretamente se retiró un poco de la mesa y de la conversación. Lola no tiene una gran cultura ni elevados ideales, pero tiene esa inteligencia práctica, vivaz, que distingue a las mujeres. Me fastidia un poco no poder hablar con ella de Lipovetsky
Me gustó Lola nada más empezar a hablar con ella. Teniendo que trabajar hoy no tuvimos tiempo para mucho. Cogí el último tren para Getafe y ella cogió el coche para Alcalá de Henares. Hoy estoy destrozado de cansancio, pero más feliz que unas castañuelas. Me comprometí con ella a hacerla un recorrido turístico por Getafe este fin de semana.
Esta mañana me ha puesto un sms diciéndome que tiene ganas de quedar conmigo (¡toma ya!), y que caí bien a su hermano, que le parecí un buen tipo. Esa aprobación de su hermano, no sé por qué, me la he tomado como una aceptación de Lola en su vida.
Este fin de semana, pues, me afeitaré para la cita, me pondré la camisa oscura, dormiré todo lo que pueda e intentaré ligármela, literalmente, porque me encanta.

lunes, 26 de julio de 2010

Reavivado

Dispongo de un paradójico mecanismo interno que, cuando la cosa se pone mal, salta. Creo que es se trata de un sistema de autodefensa, de supervivencia emocional, aunque no puedo estar seguro.

Situémonos: la cosa se pone mal (las cosas se ponen mal no a veces, sino muy a menudo), y entonces paso unos días desolado, triste, abatido y sin esperanza ninguna, bastante mal. En estos días suelo sentirme muy solo, en efecto lo estoy. La crisis es total, la oscuridad (una oscuridad ciertamente gris) lo invade todo, no leo, no escribo, fumo mucho, juego a la Playstation solo en casa, apago el teléfono. Estos periodos oscuros suelen durar un par de días, tres a lo sumo. Los padezco una, como mucho dos veces al año, y siempre llegan después de una decepción enorme que fue precedida de una resplandeciente esperanza, ya marchita.

Otros periodos oscuros no son tan graves, en estos otros me dejo arrastrar por un suave y llevadero pesimismo que resulta casi seductor, como una mujer fatal. Es completamente negro. En estos periodos no tan graves leo compulsivamente y fumo mucho, aunque no escribo, y generalmente mantengo el móvil apagado para evitar sobresaltos y regodearme de paso en mi a todas luces inmerecida soledad. Mi ánimo es descaradamente misántropo en estos días y hasta me molesta recibir un mensaje cuando enciendo el mócil. Paso así una semana al mes, más o menos. Soy consciente de que estas etapas son algo estructural en mi, una avería irreparable en mi carácter.

Bueno, a lo que iba. Tanto del primer tipo de hundimiento (el del gris desolador del que solo espero que pase el tiempo jugando a la Play) como del segundo (la negra, activa y misántropa reclusión interior y exterior) emerjo de la misma manera al exterior. Es como un método, diseñado por un demonio interno, pero método después de todo. El mecanismo que se dispara en mi interior ante estas emergencias que padezco consiste en ese sabio y sano grano de locura necesario. Llego al trabajo, como he llegado hoy, transformado en un irreverente gilipollas al que todo le importa un bledo, digo lo que me parece consciente de que no hay mucho que perder y no sé por qué, de pronto, después de algunos días, vuelvo a miro a la gente a los ojos, bien dentro de los ojos.

Los efectos, la mejora, la vuelta al mundo no se hace esperar. Tarda apenas unos minutos.
A diferencia de las caidas, que suelen ser paulatinas como la razón pensante, mis restablecimientos se consuman en solo una mañana y son momentáneos, como un fogonazo.

sábado, 24 de julio de 2010

La palabra es todo

He leido esta mañana un artículo atinadísimo de Victor Gómez Pin. Como no creo que vaya a escribir hoy os pego el enlace:
http://www.elboomeran.com/upload/ficheros/autores/ar
ticulogomezpin.pdf

Un saludo, y feliz fin de semana a todos.

viernes, 23 de julio de 2010

Ajedrez

Llevo semanas sin jugar al ajedrez. Desde que lo dejé con Artemis.
Artemis y yo jugábamos algunas veces al ajedrez. Yo llevaba años sin jugar, pero ya desde el principio yo siempre la ganaba. Me decía que jugaba muy bien, y a mi me gustaba oirlo. Así que durante el periodo en que estuve con ella dediqué algún tiempo diario a practicar por internet, de ese modo me mantenía en forma. Me gustaba pensar que podría ser un excelente jugador de ajedrez, por ella.
En realidad lo importante no es tanto que sea por Artemis o por cualquier otra. Lo que me preocupa es que con cada mujer con la que estoy represento un papel, un papel muy ligeramente distinto, pero distinto cada vez. Al final creo que acaba no gustándome ninguno de los personaje que interpreto. Incómodo, necesito finalmente cambiar de papel muy a menudo, mucho más a menudo de lo que veo alrededor.
En cierto modo envidio esa forma de hacerse una personalidad, entregarse a un papel. Estoy convencido de que una actuación perpetua, la misma comedia sin fin, facilitaría mucho las cosas.
El caso es que ya no juego al ajedrez.

jueves, 22 de julio de 2010

Serpiente

Esta mañana se nos ha colado una serpiente entre el material que habitualmente tratamos aquí. Trabajando donde trabajo (una prometedora empresa rebosante de profesionales jóvenes, ambiciosas y de escasos escrúpulos) podría sonar a figura retórica, pero no es el caso: esta era una serpiente real, bífida, ofidia, etcétera.
La serpiente no era muy grande, no mucho más gruesa que mi dedo gordo y como mi antebrazo de larga, más o menos. Nos ha llegado con unos palets procedentes del levante español. Uno de los chicos del almacén cuyo nombre desconocíamos todos hasta hoy se la ha encontrado al retirar una caja y, según nos contaba después, la serpiente le ha recibido tiesa, a la defensiva, emitiendo un amenazante bufido y lanzándose hacia él, sin llegar a alcanzarlo. Rápidamente ha corrido a avisar al encargado de turno antes de actuar. El responsable de turno discretamente le ha proporcionado un guante grueso, de esos que se utilizan para soldar, y le ha acompañado a cogerla. No sin riesgo consiguieron atraparla y encerrarla en un bote de cristal transparente que, una vez bien cerrado, fue paseado triunfalmente por los despachos para su exhibición pública. Por cómo lo ha ido contado, el muchacho sin duda ha experimentado una especie de aventura laboral sin precedentes en su vida.
La atracción del bote con la serpiente dentro ha sido el trofeo que ha permitido a nuestro héroe por un día recorrer las oficinas, un mundo habitualmente vedado para él, y alternar con nuestras chicas guapas y nuestros jefazos, en un ambiente aséptico y acondicionado. Las chicas y algunos de los chicos (yo incluido) hemos reaccionado al verla con una especie de escalofrío, la serpiente ha producido en la mayoría de nosotros una especie de malsana atracción. Las chicas más remilgadas se han estremecido, horrorizadas, alguna incluso ha ahogado en la garganta una especie de grito o gemido de pánico al encontrársela por sorpresa. A través de los agujeros de la tapa podían escucharse los bufidos del bicho.
Rodeado de estos politiqueos, de estas complicadas y frágiles arquitecturas con que nos movemos en sociedad, en familia, en el trabajo, la irrupción de la serpiente, una manifestación tan malvada y simple, ha supuesto aquí dentro una verdad intolerable. Al acercar el dedo la serpiente atacaba el cristal, movida por una agresividad sin pulir, auténtica, una actitud aberrante para los humanos. Qué mal comportamiento, menudo instinto tenía la serpiente, qué poca educación, qué gran ejemplo.
El chico me ha parecido encantador, por cierto, llevando la serpiente bajo el brazo no ha acusado la extrañeza de pasearse por un ambiente tan impropio de sus hábitos. Con el poder de la serpiente dominado y envasado apenas ha titubeado incluso al contacto de las muchachas más bonitas y de los jefes más arrogantes. Se ha granjeado el respeto de todos. De ahora en adelante lo saludaré siempre que lo vea por la nave, y sospecho que no seré el único.
Mirando luego en internet, por las fotos, he aprendido que la serpiente no es venenosa, que es agresiva, que se trata de una especie autóctona y protegida de la Comunidad Valenciana, y alguna otra minucia que no recuerdo. Alguien aquí ha propuesto quedarnos con ella metida en una urna.
Mi intención al empezar a escribir esto consistía en hacer una analogía entre la serpiente y nuestro aborrecible carácter (sí, sigo misántropo), pero después de escribir esto veo que sería una mascota poco representativa. La maldad de la serpiente es demasiado límpida para ser comparada con la humana.

Al chico de la nave le han quitado la custodia y al parecer han decidido entregársela a una organización que se encargue de ella.

Qué pena no saber colgar fotos aquí; era preciosa.

martes, 20 de julio de 2010

Camacho, macho

Intentaré ser lo más conciso posible.
Tengo un amigo de la infancia, Camacho, el que se casó con Ofelia, ya hablé de él en otra entrada.
Tengo también un trabajo al cual tengo que entrar a las 7,00 ahora en verano. Ayer me llamó Camacho para pedirme que le llevara esta mañana a Atocha que tenía que coger el AVE. Si habitualmente tengo que levantarme a las seis y media para llegar solamente un cuarto de hora tarde al trabajo, mi amigo me estaba pidiendo que me levantara a las cinco y pico para ir a por él y llevarle a Atocha. No es la primera vez que me pide cosas así, aunque yo nunca le he pedido nada parecido a él ni a nadie nunca. Supongo que soy demasiado orgulloso para hacerlo.
Pero debo intentar ser conciso para no ahuyentar a posibles seguidores. Al grano macho.
El caso es que, como creo que más o menos ya conté, mi amigo y yo desde hace tiempo no vivimos sino en las postrimerías de lo que fue nuestra gran amistad, ya perdida por mucho que hagamos los dos como si no fuera así. Ahora él es un joven empresario empeñado en su trabajo y en zp que a mi, francamente, me aburre bastante; algo que jamás hubiera pensado de él hasta no hace tanto. Vive en la órbita de su mujer, Ofelia, ya dije, una mujer cuyas opiniones y cuyas cosas, cuando no me aburren, me irritan. Aun así y todo a menudo me siento incapaz de no hacer favores así si me los piden, es una debilidad que tengo.
Esta mañana le he ido a buscar, como decía, con un sueño tremendo como es natural. Camacho presume por cierto mucho, muy a menudo, con esa arrogancia solapada propia de quien se las da de modesto, del mucho dinero que tiene. Mi madrugón le permitía ahorrarse unos 40€ de taxi, supongo. Pensaba en eso mientras desayunaba. El caso es que he llegado ocho minutos tarde a su casa a recogerle, y durante el viaje a Atocha ha hecho visibles esfuerzos por no parecer, además de aprovechado, antipático y desagradecido. Me ha preguntado por mis mujeres, por el resto de amigos, mientras miraba nervioso el reloj. He visto con una claridad dolorosa que no le importa otra cosa que su negocio, su familia y el Real Madrid. Cuando hemos llegado se ha bajado y ha salido corriendo casi sin despedirse (cosa perfectametne normal por otro lado, porque perdía el tren).
Por lo general, aun en crisis declarada como estoy ahora, si no tiene nada que pedir, como un plan de escape de Ofelia ni nada así, pasa días sin llamarme, y en general soy consciente de que no le importan mucho mis asuntos, mis opiniones, mi estado. Se nota cuando las cosas que cuentas no interesan al otro.
En fin, no me gusta este zumbido que, con pocas y confusas palabras, me dice que Camacho se aprovecha de mi, amparándose en mis persistentes y juveniles prejuicios acerca de la amistad para utilizarla como una empresa de servicios. Hoy es la primera vez en mi vida que he tenido esta sensación de que la situación ha llegado demasiado lejos, y que por el mismo orgullo que no me permite pedir favores no los haré tan alegremente a mis amigos en el futuro tampoco. Es horrible ir derribando poco a poco así los muros de las ilusiones juveniles, vivir, ver, comprender.

Porque, ¿qué me importaría realmente ser un imbécil y seguir así sin darme cuenta, feliz por sentir que tengo amigos?