Hoy estaba tirado en casa después de comer, viendo Chantaje en Broadway. A mitad de película mi gata ha entrado del patio con un bicho en la boca. Cuando la he visto entrar recuerdo que solamente he podido pensar "Dios, espero que no sea un ratón". He corrido detrás de ella y se ha metido al baño con el bicho en la boca. Ahí dentro lo ha soltado y he visto que era un pajarito, que se ha quedado en una esquina mirándonos asustado.
He cogido a mi gata. La he echado al patio, he encerrado al pajarito en el baño y he seguido viendo la película, esperando a que se fuera un poco el calor para llevarlo al campo.
Bueno, al terminar la película he cogido al pajarito del baño. Casi ya podía volar porque casi se sube al lavabo. Estaba muy asustado y temblaba.
Aprovechando que tenía que salir (contraviniendo la normativa municipal) he tirado la basura. Con el cigarro en la boca, una bolsa de basura en una mano y el pajarito en la otra lo he llevado a una finca vallada que hay cerca de mi casa. El pajarito tenía energía, un buen rato después de salir todavía tenía fuerzas para revolverse en mi puño. Le miraba, le hablaba y él me miraba a mi así como miran los animales ¿cómo verá el mundo un pájaro?
Lo he arrojado prácticamente por encima de la valla, bien fuerte para que no quedara cerca y corriera el peligro de salir y que lo pillara un coche u otro bicho. Ha hecho un vuelo en elipse, de modo que al descender ha vuelto casi al pie de la valla. Ha intentado volar nada más caer. Volaba un metro y caía con torpeza, pero seguía intentándolo y prometía maneras de gran volador en pocos días.
Me he dado la vuelta y por la acera venía una vecina con un perro de estos pequeños y blancos, de raza. El perro corría por la acera en dirección contraria a la mia. Me ha pasado de largo y cuando me he dado la vuelta he visto que el pajarito salía de la finca por la valla y el perrito lo capturaba al vuelo, y salía corriendo con él en la boca.
¿Y qué he hecho? Nada. Me he quedado pensativo aunque no sé en qué he pensado esos segundos. He venido a casa y me he puesto a escribir esto.
Oigo en la radio que justo en este mismo instante está volviendo a torear José Tomás.
Saludos.
(mientras escribía he ido a por un flash al congelador y la gata estaba en la ventana pidiéndome entrar, según la he abierto ha ido disparada al baño a por el pajarito)
(ahora acaban de decir que ha muerto Amy Winehouse... ¿qué pasa hoy?)
sábado, 23 de julio de 2011
viernes, 22 de julio de 2011
No sin mis gafas
Con el invento del láser mucha gente se opera de la vista ahora, pero yo prefiero seguir con mis gafas puestas. Me gustan mis gafas más que nada por la cara de imbécil que se me queda al quitármelas.
No hace falta estar recién levantado, ni enfermo, no me hace falta tener mala cara un día: Mirarme al espejo sin las gafas puestas supone siempre una indiscreción, una mirada impúdica sobre la desnudez del rostro, ahí va el rastro apagado de los años, aquí cierto cansancio, en los ojos, acá estas marcas que se acumulan, pequeñas amarguras que van haciendo del rostro una muestra viva de vulgaridad... en cambio ataviado con las gafas soy un ente unitario, redondo y sin vergüenzas aparentes. Es decir que mi ego se desmonta cuando me quito las gafas, dándome cuenta entonces de hasta qué punto me concibo a mi mismo como una caricatura.
Es obvio que la vergüenza del propio rostro está ahí de todos modos, como la calavera de uno, pero no resulta tan evidente tras el escudo de unas buenas gafas, igual que la calavera se disimula bien con unas carnosas narices por delante.
Una vez vi la cómica fotografía de un chimpancé con unas gafas y la verdad, el chimpancé parecía otra cosa, mucho más delicada y menos sucia.
No me veo tan desorbitado cuando llevo mucho rato sin ellas, entonces pasadas unas horas mi cara se asienta y vuelvo a reconocerme, pero recién quitadas aparece el cachorrito humanoide de mirada perdida, imbécil ya digo, y resulta tan evidente y autodestructivo el espectáculo que evito mirarme a los ojos por ejemplo recién duchado. Rápidamente vuelvo a ponerme las gafas, mi escudo entre yo y el mundo.
Así que hoy le he dicho a mi madre por enésima vez que no, que no me opero.
Saludos,
(claro que la cara de imbécil puede ser solo por la perplejidad de un mundo desenfocado)
No hace falta estar recién levantado, ni enfermo, no me hace falta tener mala cara un día: Mirarme al espejo sin las gafas puestas supone siempre una indiscreción, una mirada impúdica sobre la desnudez del rostro, ahí va el rastro apagado de los años, aquí cierto cansancio, en los ojos, acá estas marcas que se acumulan, pequeñas amarguras que van haciendo del rostro una muestra viva de vulgaridad... en cambio ataviado con las gafas soy un ente unitario, redondo y sin vergüenzas aparentes. Es decir que mi ego se desmonta cuando me quito las gafas, dándome cuenta entonces de hasta qué punto me concibo a mi mismo como una caricatura.
Es obvio que la vergüenza del propio rostro está ahí de todos modos, como la calavera de uno, pero no resulta tan evidente tras el escudo de unas buenas gafas, igual que la calavera se disimula bien con unas carnosas narices por delante.
Una vez vi la cómica fotografía de un chimpancé con unas gafas y la verdad, el chimpancé parecía otra cosa, mucho más delicada y menos sucia.
No me veo tan desorbitado cuando llevo mucho rato sin ellas, entonces pasadas unas horas mi cara se asienta y vuelvo a reconocerme, pero recién quitadas aparece el cachorrito humanoide de mirada perdida, imbécil ya digo, y resulta tan evidente y autodestructivo el espectáculo que evito mirarme a los ojos por ejemplo recién duchado. Rápidamente vuelvo a ponerme las gafas, mi escudo entre yo y el mundo.
Así que hoy le he dicho a mi madre por enésima vez que no, que no me opero.
Saludos,
(claro que la cara de imbécil puede ser solo por la perplejidad de un mundo desenfocado)
jueves, 21 de julio de 2011
Todo está en los libros
He vivido exactamente la misma escena unas diez o quince veces.
Pongamos por caso a una bonita mujer a la que he invitado a cenar por primera vez, que llega a casa. Al entrar mira las estanterías llenas de libros, entonces invariablemente pregunta:
- ¿Y los has leido todos?
Yo le respondo que no, claro, que todos no, y entonces ella se alivia un poco pero sigue picada, continúa:
- ¿cuántos?
- Bueno, la mitad -miento.
Todavía insatisfecha, quiere un poco más.
- ¿Y cuántos tienes? ¿Cuántos has leido?
Yo le ofrezco un dato, inventado, aproximado, adecuado a la sensibilidad de cada visitante. Y entonces se establece una especie de debate en el que cada cual trata inútilmente de justificarse.
- Fíjate yo que no leo apenas, a mi es que leer me aburre. Pero no hace mucho terminé de leer un libro que me gustó bastante que me regaló mi hermana, iba de la guerra...
Esta escena, casi idéntica hasta aquí, representada por mujeres, amigos de amigos, albañiles, pintores y familiares de todo grado, yo creo que viene dada por una idea bastante falaz de la lectura, y aun de la cultura en general; un reino este que nos han enseñado a considerar trascendental y fascinante, al que todos tenemos el derecho y casi la obligación de acceder, un paraíso espiritual que proporciona éxito y felicidad a sus devotos.
A mi tanta lectura no me ha acarreado éxito en la vida, ni felicidad, más bien al contrario. Ni siquiera me ha ayudado a ser mejor persona.
Pero dejo que aquellos de mis visitantes que no leen crean en esos poderes ocultos de la lectura, no replico.
Unos pocos valientes se manifiestan abiertamente en contra de tanto libro, considerándolo un vicio y una pérdida de tiempo. A estos también les doy la razón callando. Suelen caerme mejor.
Diseñé mi casa aun joven, con la intención de situar mis libros como un decorado, vacilar un poco, tirarme el pisto. Ahora no lo haría así, y pondría la biblioteca donde le corresponde, en un lugar más íntimo, o en cajas. No es humildad, es que una vez desvelado mi propósito me resulta vergonzoso, y es que además ese primer Acto que parece casi obligatorio para las primeras visitas a mi casa es un engorro.
En cualquier caso, desde el momento en que entran, para todos me convierto algo parecido: un exquisito bicho raro.
Saludos,
(si sospecharan cómo fantaseo en el fondo de la noche con la vida de un Drogo (Juego de Tronos), con una vida dedicada a la fornicación y al salvajismo...)
Pongamos por caso a una bonita mujer a la que he invitado a cenar por primera vez, que llega a casa. Al entrar mira las estanterías llenas de libros, entonces invariablemente pregunta:
- ¿Y los has leido todos?
Yo le respondo que no, claro, que todos no, y entonces ella se alivia un poco pero sigue picada, continúa:
- ¿cuántos?
- Bueno, la mitad -miento.
Todavía insatisfecha, quiere un poco más.
- ¿Y cuántos tienes? ¿Cuántos has leido?
Yo le ofrezco un dato, inventado, aproximado, adecuado a la sensibilidad de cada visitante. Y entonces se establece una especie de debate en el que cada cual trata inútilmente de justificarse.
- Fíjate yo que no leo apenas, a mi es que leer me aburre. Pero no hace mucho terminé de leer un libro que me gustó bastante que me regaló mi hermana, iba de la guerra...
Esta escena, casi idéntica hasta aquí, representada por mujeres, amigos de amigos, albañiles, pintores y familiares de todo grado, yo creo que viene dada por una idea bastante falaz de la lectura, y aun de la cultura en general; un reino este que nos han enseñado a considerar trascendental y fascinante, al que todos tenemos el derecho y casi la obligación de acceder, un paraíso espiritual que proporciona éxito y felicidad a sus devotos.
A mi tanta lectura no me ha acarreado éxito en la vida, ni felicidad, más bien al contrario. Ni siquiera me ha ayudado a ser mejor persona.
Pero dejo que aquellos de mis visitantes que no leen crean en esos poderes ocultos de la lectura, no replico.
Unos pocos valientes se manifiestan abiertamente en contra de tanto libro, considerándolo un vicio y una pérdida de tiempo. A estos también les doy la razón callando. Suelen caerme mejor.
Diseñé mi casa aun joven, con la intención de situar mis libros como un decorado, vacilar un poco, tirarme el pisto. Ahora no lo haría así, y pondría la biblioteca donde le corresponde, en un lugar más íntimo, o en cajas. No es humildad, es que una vez desvelado mi propósito me resulta vergonzoso, y es que además ese primer Acto que parece casi obligatorio para las primeras visitas a mi casa es un engorro.
En cualquier caso, desde el momento en que entran, para todos me convierto algo parecido: un exquisito bicho raro.
Saludos,
(si sospecharan cómo fantaseo en el fondo de la noche con la vida de un Drogo (Juego de Tronos), con una vida dedicada a la fornicación y al salvajismo...)
lunes, 18 de julio de 2011
Lola en el monte
Lola y yo nos fuimos a Rascafría a pasar el finde, en plan serrano. Mucha gente va a la montaña, y no creo que sea tanto por huir del calor del verano como se dice. Ocurre que encontramos en la naturaleza una especie de psicoterapia, que miramos por ejemplo las estrellas o las montañas, o el mar, cualquier fenómeno así grandioso y milenario y entonces nos sentimos tan pequeños y fugaces que nuestras miserias se minimizan, nuestro ego se encoge y no asfixia, el pecho se dilata y en definitiva nos sentimos mejor. Es decir que a la mayor parte de nosotros nos consuela recrearnos en nuestra insignificancia. Pero esta clase de curas de humildad de clase media no van con Lola, para quien no existe espectáculo, ficción ni constelación lo bastante importante como para sentirse ninguneada, ni por un rato. Es la reina, y no se da descanso.
Así puede verse a Lola en la cama, Lola en el coche, Lola en una terraza pasando frío con un café y un cigarro, Lola un poco borracha rodeada de paletos, o Lola paseando entre pinos y monumentos monolíticos o de visita por un monasterio centenario y santo que ella no agachará nunca su cabeza triunfante ni dejará de tener en cuenta, no sin cierta sabiduría, que lo realmente importante son ella y sus asuntos. Vive bajo el imperio de una soberanía autoimpuesta y fatal, irrenunciable.
Un monje del Monasterio del Paular que lleva 48 años allí encerrado nos preparaba el sábado para la visita al lugar, ofreciéndonos una charla previa. Entre otras cosas habló del pecado y la falta de fe que campan por el mundo exterior, un mundo exterior que consideró frívolo, un poco idiota y terriblemente mediocre, es decir que a pesar de que él lo desconoce casi totalmente juzgó nuestra sociedad con un sorprendente acierto. Habló del matrimonio por la iglesia, del arte que había en el monasterio... viendo a los turistas un poco alelados alrededor suyo era fácil comprender que ni aun el mismísimo Jesucristo resucitado hubiera conseguido hacer llegar a nuestras chatas narices el aroma de ese denso mundo que latía ahí dentro, pero bueno, este post no va de las supuestas virtudes de la religiosidad, sino de Lola.
Comento aquí, porque me resulta inseparable de nuestra excursión, una parte importante del discurso de este monje, que consistió en lo que para él era una diferencia esencial entre el amor (con minúscula) y el Amor (con mayúscula). Una cuestión esta a la que yo (oh casualidad) llevaba unos días dando vueltas. El amor con minúscula es el amor corriente, interesado decía el monje, muy nuestro, que no busca sino satisfacer el propio ego. La amistad y aun gran parte de los familiares que nos rodean, en su mayoría, consisten en último término y muy a menudo en una disimulada siembra de los propios intereses. Todos cedemos al necesario engaño al pensar que no, que nuestras amistades y nuestros más sagrados vínculos personales son desinteresados, de raíz divina, metafísica y demás, pero como cualquier otra convicción apenas resiste a un examen atento de la cuestión.
El otro es el Amor con mayúsculas del dios de la Biblia, el Amor que produce la naturaleza, el Amor que mana de la música, el Amor de los poetas antiguos, que mueve el sol y las demás estrellas y, en últimas, el Amor de los primeros filósofos griegos. Este amor es desinteresado, y no espera recibir nada a cambio. Los monjes a las seis de la mañana se levantan a rezar, hasta las ocho y media, todos los días del año, por todos nosotros. Seré un idiota, o un romántico empedernido, pero considero imprescindible que actos así de ridículos y poco prácticos aun existan.
Llevado al terreno de las relaciones de pareja fallidas a Lola y a mi nos dio para reflexionar bastante esta profunda cuestión de los tipos de amor expuesta por el monje. Aun refiriéndonos a ella siempre de pasada y medio en broma dejó flotando en el aire una pregunta pendiente bastante grave, la misma para ella que para mi, imagino ¿es que no sé querer? ¿Soy un egoísta?
Bueno yo no puedo hablar por ella pero hablando por mi, puesto a examen mi amor, quiero decir tal como Lola hace que la quiera, sobre todo la quiero desinteresadamente desde que no estoy con ella, y me gusta más así.
Me era más difícil quererla simplemente cuando después de todo esperaba algo de su parte.
En un plano puramente teórico creo además que no hay tal diferencia, que la doctrina se equivoca respecto a eso, y que los dos tipos son en realidad el mismo amor. Cuando Lola ruge y habla como una leona herida, melancólica pero valiente del dolor, de la pérdida, de la vida, y habla de ello brutal y sin filtros, a mi se me aparece tan santa y pura como el monje, o como un niño. Encuentro en ella ese bendito egoísmo y esa generosidad sin pulir que derrocha la vida, que es el amor por la vida y por la propia voluntad de uno en el mundo. Lola no es ningún ángel, es verdad, ni en el monte, ni en el bar ni en el supermercado, ni le hace falta para que yo la quiera. El caso es que tendrá siempre mi mano de ogro para agarrarse si se siente caer, o mi soplido racional y frío cuando se sienta abrasada por su propio ardor, porque sí.
Saludos,
(consciente de mi Amor desinteresado, por cierto, me siento ahora tan buena persona que me doy por pagado con ello, e inmediatamente me percato de que entonces, sintiéndome así de bueno como ahora, este bienestar en la conciencia ya no hace desinteresado el Amor, sino vulgar, aunque siga siendo mayúsculo)
Así puede verse a Lola en la cama, Lola en el coche, Lola en una terraza pasando frío con un café y un cigarro, Lola un poco borracha rodeada de paletos, o Lola paseando entre pinos y monumentos monolíticos o de visita por un monasterio centenario y santo que ella no agachará nunca su cabeza triunfante ni dejará de tener en cuenta, no sin cierta sabiduría, que lo realmente importante son ella y sus asuntos. Vive bajo el imperio de una soberanía autoimpuesta y fatal, irrenunciable.
Un monje del Monasterio del Paular que lleva 48 años allí encerrado nos preparaba el sábado para la visita al lugar, ofreciéndonos una charla previa. Entre otras cosas habló del pecado y la falta de fe que campan por el mundo exterior, un mundo exterior que consideró frívolo, un poco idiota y terriblemente mediocre, es decir que a pesar de que él lo desconoce casi totalmente juzgó nuestra sociedad con un sorprendente acierto. Habló del matrimonio por la iglesia, del arte que había en el monasterio... viendo a los turistas un poco alelados alrededor suyo era fácil comprender que ni aun el mismísimo Jesucristo resucitado hubiera conseguido hacer llegar a nuestras chatas narices el aroma de ese denso mundo que latía ahí dentro, pero bueno, este post no va de las supuestas virtudes de la religiosidad, sino de Lola.
Comento aquí, porque me resulta inseparable de nuestra excursión, una parte importante del discurso de este monje, que consistió en lo que para él era una diferencia esencial entre el amor (con minúscula) y el Amor (con mayúscula). Una cuestión esta a la que yo (oh casualidad) llevaba unos días dando vueltas. El amor con minúscula es el amor corriente, interesado decía el monje, muy nuestro, que no busca sino satisfacer el propio ego. La amistad y aun gran parte de los familiares que nos rodean, en su mayoría, consisten en último término y muy a menudo en una disimulada siembra de los propios intereses. Todos cedemos al necesario engaño al pensar que no, que nuestras amistades y nuestros más sagrados vínculos personales son desinteresados, de raíz divina, metafísica y demás, pero como cualquier otra convicción apenas resiste a un examen atento de la cuestión.
El otro es el Amor con mayúsculas del dios de la Biblia, el Amor que produce la naturaleza, el Amor que mana de la música, el Amor de los poetas antiguos, que mueve el sol y las demás estrellas y, en últimas, el Amor de los primeros filósofos griegos. Este amor es desinteresado, y no espera recibir nada a cambio. Los monjes a las seis de la mañana se levantan a rezar, hasta las ocho y media, todos los días del año, por todos nosotros. Seré un idiota, o un romántico empedernido, pero considero imprescindible que actos así de ridículos y poco prácticos aun existan.
Llevado al terreno de las relaciones de pareja fallidas a Lola y a mi nos dio para reflexionar bastante esta profunda cuestión de los tipos de amor expuesta por el monje. Aun refiriéndonos a ella siempre de pasada y medio en broma dejó flotando en el aire una pregunta pendiente bastante grave, la misma para ella que para mi, imagino ¿es que no sé querer? ¿Soy un egoísta?
Bueno yo no puedo hablar por ella pero hablando por mi, puesto a examen mi amor, quiero decir tal como Lola hace que la quiera, sobre todo la quiero desinteresadamente desde que no estoy con ella, y me gusta más así.
Me era más difícil quererla simplemente cuando después de todo esperaba algo de su parte.
En un plano puramente teórico creo además que no hay tal diferencia, que la doctrina se equivoca respecto a eso, y que los dos tipos son en realidad el mismo amor. Cuando Lola ruge y habla como una leona herida, melancólica pero valiente del dolor, de la pérdida, de la vida, y habla de ello brutal y sin filtros, a mi se me aparece tan santa y pura como el monje, o como un niño. Encuentro en ella ese bendito egoísmo y esa generosidad sin pulir que derrocha la vida, que es el amor por la vida y por la propia voluntad de uno en el mundo. Lola no es ningún ángel, es verdad, ni en el monte, ni en el bar ni en el supermercado, ni le hace falta para que yo la quiera. El caso es que tendrá siempre mi mano de ogro para agarrarse si se siente caer, o mi soplido racional y frío cuando se sienta abrasada por su propio ardor, porque sí.
Saludos,
(consciente de mi Amor desinteresado, por cierto, me siento ahora tan buena persona que me doy por pagado con ello, e inmediatamente me percato de que entonces, sintiéndome así de bueno como ahora, este bienestar en la conciencia ya no hace desinteresado el Amor, sino vulgar, aunque siga siendo mayúsculo)
jueves, 14 de julio de 2011
Equilibrio...
Cuando me encuentro con conocidos lo primero que hacen es preguntarme "qué tal" a modo de saludo, algunos tocándome el hombro y mirándome con ternura. A mi no me parece que se trate siempre de una pregunta retórica. Muchos me preguntan bien alerta, temiéndose lo peor, cualquier novedad que yo pueda contarles. Yo respondo a su cordialidad diciendo que estoy bien, cosa que no siempre es cierta, y hablamos un rato, pero a las primeras bobadas de cambio a ellos inmediatamente les parece algo demasiado picante lo que cuento.
A menudo ocurre que los demás reciben nuestros asuntos con mayor gravedad que nosotros mismos. Mi mundo en concreto, ese mismo mundo que yo encuentro tan curioso y absurdo, tan grande y terrible, les resulta irrespirable. A veces cuento algo que me ha sucedido, que he presenciado, o sencillamente algo que pienso o que me invento, y recibo a cambio sentencias del tipo, “bueno, no pasa nada”, “ánimo, hombre”, “hay que disfrutar la vida” o “lo importante es ...” tal o cual cosa. Frases así. Yo inmediatamente intento minimizar la gravedad de mis intenciones (y es porque detesto los consuelos, las frases lapidarias y en general los paños calientes), pero ya es tarde. Me dicen "ánimo" y pienso "si estoy animado". O me dicen "no te preocupes, hombre" y pienso yo, pero si no estoy preocupado. Mis juegos les parecen una actividad abominable, suicida.
Es todavía peor cuando, insaciable, les pregunto por los asuntos de su vida corriente. Me doy cuenta entonces de que reculan y uno cree que puede tocar y pellizcar con los dedos la incomodidad producida en el otro, lo cual moralmente me obliga a reasumir el papel de bufón de la charla aunque sea para despedirme.
Dentro de la buena educación, existen dos maneras rápidas de liquidar el desconsuelo que pueden provocar ciertas conversaciones.
La primera consiste en la frase lapidaria, normalmente extraída de la sabiduría popular. (como "hay que tirar para adelante", o "lo importante no es como empieza sino como acaba" o "lo importante es estar bien con uno mismo" o "la suerte se la gana uno" o "las cosas son como las ve cada uno"). La llamo lapidaria porque son como una pesada losa que se pone sobre algo tan revoltoso como son la razón la verdad o la vida, para que se estén bien quietas y sea cómodo manejarse con ellas; estas frases son el tiro de gracia sobre cualquier diálogo imposible. A mi me repelen especialmente quienes emplean una frase con sonsonete o rima. El otro día me encontré con un amigo de hace años en el tren y en el trayecto de Getafe a Atocha (25 minutos), repitió unas cuatro veces la frase: "La mejor lotería / el trabajo de cada día", y con esta grosería tan mal pareada eludió hablar de su trabajo.
La segunda es la frase paliativa, esta no se emplea para dejar establecida la verdad del asunto sino a modo de alivio del otro. ("no hay mal que cien años dure", "no hay mal que por bien no venga", "esto son rachas", "tú tranquilo", "lo importante no es las veces que uno cae, sino las que uno se levanta" son algunas de las más conocidas). Este método es empleado por aquellos a quienes les parece que uno se queja buscando consuelo, cuando a lo mejor no pretendía sino hacer un chiste o contar una historia truculenta de sí mismo nada más. Los asuntos de mujeres dan lugar a mucho malentendido de este tipo, porque a menudo se viven con ellas entretenidos dramas, bodeviles dignos de ser contados, pero que los monógamos por ejemplo perciben como un hecho perturbador para el objetivo de la existencia y la salvación personal: el matrimonio. Eso que tú cuentas al padre de familia de tu edad que te ha ocurrido con una mujer, por no hablar de acontecimientos más graves, él de pronto lo considera un fracaso en el camino a la paz y a la salvación, otro matrimonio frustrado del pobre cronopio. Y entonces lo sienten tanto por uno que uno mismo no se había dado cuenta de la desgracia hasta después de observarlo reflejado en los ojos del esposo, que te dice "qué le vamos a hacer", triste por ti.
Los paliativos son más bondadosos, tienen mejores intenciones, pero son los más dañinos, porque si hay algo que no perdonamos al prójimo es que sienta por nosotros pena, no hay nada más obsceno.
(otras maneras muy corrientes para evitar el contacto son el mirar para otro lado cuando nos cruzamos en los pasillos de un supermercado, hacerse el longuis o saludar con un apresurado "hasta luego" y pasar de largo sonriente)
Será que me inclino hacia abstracciones resbaladizas o actividades nada prácticas, o que tengo un rostro o un tono de voz lastimero que mueven a compasión... en todo caso no es esto lo que yo creo. Creo que mi mundo, tal como yo lo veo, sí que debe ser terrible pero que yo soy tan idiota o inmaduro que no me doy cuenta. En cualquier caso lo que quería decir al ponerme a escribir este post es que lo que más frecuentemente logran las buenas intenciones de mi entorno es sobre todo preocuparme. Me siento mucho más importante y turbado, más pesado, después de establecer relación con el buen juicio de mis colegas. Y a mi me gusta volar y la gente que vuela.
Puesto a pensar en ello me doy cuenta no obstante de que me conviene este aporte de aplomo, no ir por la vida siempre como un turista atontado, y espabilar un poco. Ese estado inducido de no-idiotez al que accedo en contacto con los otros lo encuentro propicio para mi sustento, no vaya a derretirme el sol las alas. Así que reconozco que después de todo debo agradecer a los demás sus ánimos, consejos y ejemplos. Y saberlo apreciar.
Equilibrio, Juan C.
Saludos.
(me ocurre aquí también, que escribo con ligereza algunas cosas y recibo después mensajes de apoyo, de ánimo, que se agradecen por la intención, pero que lo dejan a uno con la certeza de haberse explicado mal, fatal. De que solamente el buen poeta puede darse a entender y que el resto de los mortales vivimos condenados a la incomprensión de los demás, es decir a la soledad más absoluta)
A menudo ocurre que los demás reciben nuestros asuntos con mayor gravedad que nosotros mismos. Mi mundo en concreto, ese mismo mundo que yo encuentro tan curioso y absurdo, tan grande y terrible, les resulta irrespirable. A veces cuento algo que me ha sucedido, que he presenciado, o sencillamente algo que pienso o que me invento, y recibo a cambio sentencias del tipo, “bueno, no pasa nada”, “ánimo, hombre”, “hay que disfrutar la vida” o “lo importante es ...” tal o cual cosa. Frases así. Yo inmediatamente intento minimizar la gravedad de mis intenciones (y es porque detesto los consuelos, las frases lapidarias y en general los paños calientes), pero ya es tarde. Me dicen "ánimo" y pienso "si estoy animado". O me dicen "no te preocupes, hombre" y pienso yo, pero si no estoy preocupado. Mis juegos les parecen una actividad abominable, suicida.
Es todavía peor cuando, insaciable, les pregunto por los asuntos de su vida corriente. Me doy cuenta entonces de que reculan y uno cree que puede tocar y pellizcar con los dedos la incomodidad producida en el otro, lo cual moralmente me obliga a reasumir el papel de bufón de la charla aunque sea para despedirme.
Dentro de la buena educación, existen dos maneras rápidas de liquidar el desconsuelo que pueden provocar ciertas conversaciones.
La primera consiste en la frase lapidaria, normalmente extraída de la sabiduría popular. (como "hay que tirar para adelante", o "lo importante no es como empieza sino como acaba" o "lo importante es estar bien con uno mismo" o "la suerte se la gana uno" o "las cosas son como las ve cada uno"). La llamo lapidaria porque son como una pesada losa que se pone sobre algo tan revoltoso como son la razón la verdad o la vida, para que se estén bien quietas y sea cómodo manejarse con ellas; estas frases son el tiro de gracia sobre cualquier diálogo imposible. A mi me repelen especialmente quienes emplean una frase con sonsonete o rima. El otro día me encontré con un amigo de hace años en el tren y en el trayecto de Getafe a Atocha (25 minutos), repitió unas cuatro veces la frase: "La mejor lotería / el trabajo de cada día", y con esta grosería tan mal pareada eludió hablar de su trabajo.
La segunda es la frase paliativa, esta no se emplea para dejar establecida la verdad del asunto sino a modo de alivio del otro. ("no hay mal que cien años dure", "no hay mal que por bien no venga", "esto son rachas", "tú tranquilo", "lo importante no es las veces que uno cae, sino las que uno se levanta" son algunas de las más conocidas). Este método es empleado por aquellos a quienes les parece que uno se queja buscando consuelo, cuando a lo mejor no pretendía sino hacer un chiste o contar una historia truculenta de sí mismo nada más. Los asuntos de mujeres dan lugar a mucho malentendido de este tipo, porque a menudo se viven con ellas entretenidos dramas, bodeviles dignos de ser contados, pero que los monógamos por ejemplo perciben como un hecho perturbador para el objetivo de la existencia y la salvación personal: el matrimonio. Eso que tú cuentas al padre de familia de tu edad que te ha ocurrido con una mujer, por no hablar de acontecimientos más graves, él de pronto lo considera un fracaso en el camino a la paz y a la salvación, otro matrimonio frustrado del pobre cronopio. Y entonces lo sienten tanto por uno que uno mismo no se había dado cuenta de la desgracia hasta después de observarlo reflejado en los ojos del esposo, que te dice "qué le vamos a hacer", triste por ti.
Los paliativos son más bondadosos, tienen mejores intenciones, pero son los más dañinos, porque si hay algo que no perdonamos al prójimo es que sienta por nosotros pena, no hay nada más obsceno.
(otras maneras muy corrientes para evitar el contacto son el mirar para otro lado cuando nos cruzamos en los pasillos de un supermercado, hacerse el longuis o saludar con un apresurado "hasta luego" y pasar de largo sonriente)
Será que me inclino hacia abstracciones resbaladizas o actividades nada prácticas, o que tengo un rostro o un tono de voz lastimero que mueven a compasión... en todo caso no es esto lo que yo creo. Creo que mi mundo, tal como yo lo veo, sí que debe ser terrible pero que yo soy tan idiota o inmaduro que no me doy cuenta. En cualquier caso lo que quería decir al ponerme a escribir este post es que lo que más frecuentemente logran las buenas intenciones de mi entorno es sobre todo preocuparme. Me siento mucho más importante y turbado, más pesado, después de establecer relación con el buen juicio de mis colegas. Y a mi me gusta volar y la gente que vuela.
Puesto a pensar en ello me doy cuenta no obstante de que me conviene este aporte de aplomo, no ir por la vida siempre como un turista atontado, y espabilar un poco. Ese estado inducido de no-idiotez al que accedo en contacto con los otros lo encuentro propicio para mi sustento, no vaya a derretirme el sol las alas. Así que reconozco que después de todo debo agradecer a los demás sus ánimos, consejos y ejemplos. Y saberlo apreciar.
Equilibrio, Juan C.
Saludos.
(me ocurre aquí también, que escribo con ligereza algunas cosas y recibo después mensajes de apoyo, de ánimo, que se agradecen por la intención, pero que lo dejan a uno con la certeza de haberse explicado mal, fatal. De que solamente el buen poeta puede darse a entender y que el resto de los mortales vivimos condenados a la incomprensión de los demás, es decir a la soledad más absoluta)
martes, 12 de julio de 2011
Carolina se pee
Hoy ha sucedido algo muy desagradable, francamente, en la oficina.
Hace un tiempo escribí en este blog sobre una bruja que tenemos aquí metida. En realidad son unas cuantas, pero solo de una no puedo desentederme. A propósito de la bruja, de sus maldades sin castigo me permití aquí una defensa de la Santa Inquisición.
Pero bueno. Voy al grano.
A esta bruja, que llamaré Carolina, recientemente la han ascendido mis jefes. La han puesto más o menos para que nos controle y se chive de cualquier conducta poco profesional que perciba en el despacho. Tiene autoridad incluso para mandarnos callar. Sin perjuicio de la indignación y el estupor que su nombramiento ha provocado aquí dentro, yo veo que es una astuta maniobra de mis jefes para asegurarse de que el personal no se desmadre cuando ellos se ausentan, cosa que hacen cada vez más a menudo. Y hay que ser justos y reconocer que este régimen de Terror que han instaurado funciona de maravilla, porque Carolina no nos deja hablar ni para preguntarnos por películas o hijos aquí dentro. Todo el mundo la odia, algunos con verdadera pasión, y recuerda uno a menudo cuando advierte cómo los demás la miran de reojo aquella frase de Hector del Mar, que hay mucha gente que sigue viva solo porque el asesinato es ilegal. Como era de esperar a Carolina se le ha subido además a la cabeza el ascenso, y si es de un natural rancio y estirado ahora llega a resultar incluso cómica en su papel. A mi me hace gracia, vamos, a los demás en mi trabajo no les hace ninguna.
Tiene 39 años y es virgen. Nunca ha tenido novio.
Bueno solamente quería poner en precedentes para situarnos un poco en la desagradable anécdota sucedida hoy y es que, estando ella y yo solos en el despacho, rodeados de un silencio sepulcral, de lo más profesional, Carolina se ha ido a levantar a dejar una carpeta y se le ha escapado un pedo, un pedo un poco mortecino, lento y líquido. Ella ha hecho como si nada por si pudiera haber pasado desapercibido, pero yo me he quedado mirándola por encima de las gafas y paladeando la ocasión que se me ofrecía la he dicho en voz baja, muy en serio, "bravo, Carolina".
Despierta en uno hasta cierta simpatía escuchar el pedo de alguien que por lo demás se comporta como si no tuviese ano. Lo humillante para los dos ha venido unos segundos después, cuando se ha extendido por el despacho un olor nauseabundo. A menudo empleamos palabras cuyo significado solamente sospechamos, puede explicársenos qué significa un adjetivo o un sustantivo, pero nunca lo llenaremos de sentido hasta experimentarlo. A mi me ocurrió hace unos meses esto mismo con la palabra "desgarro" que utilizó una compañera para describir el parto de su hija. Dijo que en el momento de salir la niña sintió un "desgarro interior" y yo entonces al escucharla y ver su gesto me estremecí, comprendí que no podía entender qué es realmente esa palabra si no ha tenido nunca un desgarro. Para mi compañera parturienta la palabra desgarro está llena de vida y sentido, para mi que no me he desgarrado nunca es solamente una abstracción, un concepto vacío de contenido, o lleno solamente de más conceptos.
Pues bien, la palabra nauseabundo se ha llenado de significado para mi esta mañana. La situación ha perdido toda su gracia cuando he tenido que abrir malhumorado las ventanas delante de ella (que seguía haciendo como si nada).
Saludos.
(me he informado antes de terminar el post acerca de la composición de los pedos. El olor de los pedos proviene de pequeñas cantidades de sulfuro de hidrógeno, metilmercaptano, escatol y azufre. Gas metano, etano y butano nada menos. Me inclino a pensar que el pedo de Carolina, dada su naturaleza diabólica, contenía altos porcentajes de azufre sobre todo. Así que he inhalado los gases producidos por sus bacterias intestinales, los vapores de su digestión. De verdad, qué asco)
Hace un tiempo escribí en este blog sobre una bruja que tenemos aquí metida. En realidad son unas cuantas, pero solo de una no puedo desentederme. A propósito de la bruja, de sus maldades sin castigo me permití aquí una defensa de la Santa Inquisición.
Pero bueno. Voy al grano.
A esta bruja, que llamaré Carolina, recientemente la han ascendido mis jefes. La han puesto más o menos para que nos controle y se chive de cualquier conducta poco profesional que perciba en el despacho. Tiene autoridad incluso para mandarnos callar. Sin perjuicio de la indignación y el estupor que su nombramiento ha provocado aquí dentro, yo veo que es una astuta maniobra de mis jefes para asegurarse de que el personal no se desmadre cuando ellos se ausentan, cosa que hacen cada vez más a menudo. Y hay que ser justos y reconocer que este régimen de Terror que han instaurado funciona de maravilla, porque Carolina no nos deja hablar ni para preguntarnos por películas o hijos aquí dentro. Todo el mundo la odia, algunos con verdadera pasión, y recuerda uno a menudo cuando advierte cómo los demás la miran de reojo aquella frase de Hector del Mar, que hay mucha gente que sigue viva solo porque el asesinato es ilegal. Como era de esperar a Carolina se le ha subido además a la cabeza el ascenso, y si es de un natural rancio y estirado ahora llega a resultar incluso cómica en su papel. A mi me hace gracia, vamos, a los demás en mi trabajo no les hace ninguna.
Tiene 39 años y es virgen. Nunca ha tenido novio.
Bueno solamente quería poner en precedentes para situarnos un poco en la desagradable anécdota sucedida hoy y es que, estando ella y yo solos en el despacho, rodeados de un silencio sepulcral, de lo más profesional, Carolina se ha ido a levantar a dejar una carpeta y se le ha escapado un pedo, un pedo un poco mortecino, lento y líquido. Ella ha hecho como si nada por si pudiera haber pasado desapercibido, pero yo me he quedado mirándola por encima de las gafas y paladeando la ocasión que se me ofrecía la he dicho en voz baja, muy en serio, "bravo, Carolina".
Despierta en uno hasta cierta simpatía escuchar el pedo de alguien que por lo demás se comporta como si no tuviese ano. Lo humillante para los dos ha venido unos segundos después, cuando se ha extendido por el despacho un olor nauseabundo. A menudo empleamos palabras cuyo significado solamente sospechamos, puede explicársenos qué significa un adjetivo o un sustantivo, pero nunca lo llenaremos de sentido hasta experimentarlo. A mi me ocurrió hace unos meses esto mismo con la palabra "desgarro" que utilizó una compañera para describir el parto de su hija. Dijo que en el momento de salir la niña sintió un "desgarro interior" y yo entonces al escucharla y ver su gesto me estremecí, comprendí que no podía entender qué es realmente esa palabra si no ha tenido nunca un desgarro. Para mi compañera parturienta la palabra desgarro está llena de vida y sentido, para mi que no me he desgarrado nunca es solamente una abstracción, un concepto vacío de contenido, o lleno solamente de más conceptos.
Pues bien, la palabra nauseabundo se ha llenado de significado para mi esta mañana. La situación ha perdido toda su gracia cuando he tenido que abrir malhumorado las ventanas delante de ella (que seguía haciendo como si nada).
Saludos.
(me he informado antes de terminar el post acerca de la composición de los pedos. El olor de los pedos proviene de pequeñas cantidades de sulfuro de hidrógeno, metilmercaptano, escatol y azufre. Gas metano, etano y butano nada menos. Me inclino a pensar que el pedo de Carolina, dada su naturaleza diabólica, contenía altos porcentajes de azufre sobre todo. Así que he inhalado los gases producidos por sus bacterias intestinales, los vapores de su digestión. De verdad, qué asco)
domingo, 10 de julio de 2011
Joven cronopio abofeteado
Ser algo similar a eso que Cortázar llamaba un cronopio trae ciertas desventajas. Es un biotipo que generalmente atrae a cierto tipo de mujeres (las que no buscan un marido). Y facilita además, bajo mi punto de vista, que la música o la poesía puedan invadirlo a uno (entiendo dentro de estas buenas cualidades estéticas apreciar un bonito paisaje o llevarse bien con niños o mascotas). Pero desde un punto de vista funcional ser un poco cronopio resulta desastroso.
Ayer estuve en el cumpleaños de un viejo amigo de la infancia con quien compartí desasoiegos y momentos memorables en la juventud. Fue en su época un cronopio ejemplar, dedicadísimo, hasta que se casó, se cansó (ya advertía Lope la sabiduría de la lengua castellana que entre casado y cansado no ponía más que una letra; digamos que para don Lope de Vega el camino semántico iba de casado a cansado pero que para mi es, además, a la inversa, es decir que uno se cansa de su libertad y entonces se casa, y luego acaba también cansado de estar casado, a menos que se sea muy católico). El caso es que con mi amigo o ex-amigo ya no tengo mucho en común, pero ahí seguimos, no entiendo por qué. El cumpleaños era de su hijo, que es mi ahijado, con quien tengo una excelente relación.
Bueno, intentaré abreviar porque tengo comprobado que que las entradas muy largas no las lee ni el Tato, y la verdad es que hoy sí pretendo hacerme un público que me anime un poco. Es bastante triste.
Veamos.
Las fiestas de mi amigo están siempre atiborradas de familiares suyos, con quienes no tengo mucho trato. Otro amigo y yo, en previsión de esto, habíamos acordado ir juntos para pasar mejor el trago. El caso es que mi otro amigo no apareció ni contestó a mis llamadas ni a mis mensajes, y yo me encontré de pronto allí rodeado de cuasidesconocidos, con el móvil en la mano, desamparado, confundido, más cronopio que nunca. Y sin amigos.
Me puse a contar gente. Había cincuenta y tres adultos y quince niños, yo incluido. Todos tenían entre sí una relación estrecha, familiar, y yo como de costumbre era el cabo suelto, y sin novia encima. Mi ahijado cumplía dos añitos y yo llegué allí con un xilófono para él que ni siquiera abrió, deslumbrado como estaba por algunas decenas de regalos magníficos recibidos antes.
Al poco rato la mujer de mi amigo me presentó a un tipo calvo al que no conocía, y me informó de que él y yo habíamos sido compañeros de clase en el colegio. El me recordaba bien. Se acordaba de mi nombre y primer apellido, de un chándal que yo tenía, de mi mochila de cuero con cremallera, de mis mofletes y mis rizos y mis gafas. Yo en cambio no me acordaba de él, ni siquiera me sonaba su nombre. Entonces me habló (tenía unos ojos frustrados, tristes, con un párpado superior que denotaba cierto rencor hacia el mundo) qué era lo que más recordaba de mi en clase, algo que al parecer y por las veces que me lo contó le tenía obsesionado, y aun diría que indignado. Y es que nuestro profesor en 3º, 4º y 5º, padre de un compañero nuestro, tenía por costumbre llamarme a su mesa, pedirme con calma que me quitara las gafas, quitarse el anillo de casado y propinarme un bofetón. Esto, me contaba crispado mi excompañero, “lo hacía todos, todos los días”. A mi me sorprendió que recordara con tanta viveza algo que yo no recordaba, si bien vagamente yo sé que es cierto, o casi (es seguro que mi profesor no me zurraba todos, todos los días). Es decir que esto es un capítulo de mi infancia, a todas luces traumático, que yo había eliminado de mi memoria consciente, y es seguro que cualquier psicoanalista, psicólogo o psiquiatra extraería si yo me pusiera en sus manos de esta anécdota no pocas rarezas que ahora me aquejan y me impiden ser una persona normal. A partir de ahora, gracias a ese tipo, excompañero mio, puedo repartir desde una perspectiva psicologista las culpas de mi muchos fracasos entre mis padres y este hombre al que apenas recuerdo, que debe ser viejísimo ya, si no se ha muerto el cabrón.
Un rato después, entre morcillas de arroz y butifarras, encontré entre la muchedumbre a una pareja de cuarentones que se querían realmente. Quiero decir que se querían del modo en que yo entiendo que un matrimonio debe quererse pasada ya la edad de la pasión amorosa. Esto me llenó de ternura. Me acerqué y hablé con ellos. Eran vecinos de la madre de la mujer de mi amigo, y eran encantadores.
Luego cuando se marchó una animadora infantil que habían contratado me senté a fumar. Hablé con unos cuantos que se me acercaron, y vi a los niños jugar por el jardín mientras anochecía.
La gente de mi edad, gente de clase media alta, hablaban de todo en nutridos grupos. A mi más que ninguna otra cosa, su tono de conversación me mantenía alejado de ellos. No me gustaban.
Había dos muchachas más jóvenes y bien vestidas que guapas, a cuya conversación me arrimé para coger un sándwich de nocilla. El tono enfático que empleaban me resultó aun más espantoso que el de los mayores.
Ayudé a una niña a lavarse la pintura de la cara. La animadora les había pintado. Luego se acercó al baño un niño con la máscara de spiderman, que también le lavé, luego otro pintado de león.
Hablé un minuto con mi amigo, el padre, de un asunto de su trabajo. Aunque yo no le había pedido explicaciones, adoptó un tono fatuo para no decirme cuánto le había costado la fiesta. Se limitó a decir que yo “no me lo podía ni imaginar lo que le había costado”. Aparte de esto estaba muy orgulloso de cuánta gente había ido, yo le dije que cincuenta y tres adultos, él y yo incluidos, y quince niños. El me miró triunfal, se hinchó de satisfacción y yo le miraba a los ojos fumando sin entender nada, pensando que no hay en este mundo nada más ridículo que un cronopio que se pasa a fama, como si eso se eligiese.
Lo pasé bien, pero hoy me siento terriblemente solo, como nunca.
¿Tendrá la culpa de esta soledad también aquel profesor? ¿O papá que no me hizo caso? ¿o mamá que me sobreprotegió o no me protegió lo suficiente? Pamplinas, creo. Cada cual se agita como puede en esta chapuza de mundo.
Bueno, si alguien ha llegado hasta aquí agradeceré ayudas, consejos, abrazos de cualquier desconocido que pase... hoy no me siento tan fuerte.
Un saludo.
PD: Estaba también la hermana de mi amigo, que fue una chica muy guapa cuando éramos chavales. Estaba emabarazadísima y me alegré de verla, me contó que mañana, es decir hoy, salía de cuentas. Pero no puedo olvidar que hablando con ella no veía otra cosa que una mata de pelos negros y tiesos que salían de sus narices. Esa imagen no me la quito de la cabeza.
Ayer estuve en el cumpleaños de un viejo amigo de la infancia con quien compartí desasoiegos y momentos memorables en la juventud. Fue en su época un cronopio ejemplar, dedicadísimo, hasta que se casó, se cansó (ya advertía Lope la sabiduría de la lengua castellana que entre casado y cansado no ponía más que una letra; digamos que para don Lope de Vega el camino semántico iba de casado a cansado pero que para mi es, además, a la inversa, es decir que uno se cansa de su libertad y entonces se casa, y luego acaba también cansado de estar casado, a menos que se sea muy católico). El caso es que con mi amigo o ex-amigo ya no tengo mucho en común, pero ahí seguimos, no entiendo por qué. El cumpleaños era de su hijo, que es mi ahijado, con quien tengo una excelente relación.
Bueno, intentaré abreviar porque tengo comprobado que que las entradas muy largas no las lee ni el Tato, y la verdad es que hoy sí pretendo hacerme un público que me anime un poco. Es bastante triste.
Veamos.
Las fiestas de mi amigo están siempre atiborradas de familiares suyos, con quienes no tengo mucho trato. Otro amigo y yo, en previsión de esto, habíamos acordado ir juntos para pasar mejor el trago. El caso es que mi otro amigo no apareció ni contestó a mis llamadas ni a mis mensajes, y yo me encontré de pronto allí rodeado de cuasidesconocidos, con el móvil en la mano, desamparado, confundido, más cronopio que nunca. Y sin amigos.
Me puse a contar gente. Había cincuenta y tres adultos y quince niños, yo incluido. Todos tenían entre sí una relación estrecha, familiar, y yo como de costumbre era el cabo suelto, y sin novia encima. Mi ahijado cumplía dos añitos y yo llegué allí con un xilófono para él que ni siquiera abrió, deslumbrado como estaba por algunas decenas de regalos magníficos recibidos antes.
Al poco rato la mujer de mi amigo me presentó a un tipo calvo al que no conocía, y me informó de que él y yo habíamos sido compañeros de clase en el colegio. El me recordaba bien. Se acordaba de mi nombre y primer apellido, de un chándal que yo tenía, de mi mochila de cuero con cremallera, de mis mofletes y mis rizos y mis gafas. Yo en cambio no me acordaba de él, ni siquiera me sonaba su nombre. Entonces me habló (tenía unos ojos frustrados, tristes, con un párpado superior que denotaba cierto rencor hacia el mundo) qué era lo que más recordaba de mi en clase, algo que al parecer y por las veces que me lo contó le tenía obsesionado, y aun diría que indignado. Y es que nuestro profesor en 3º, 4º y 5º, padre de un compañero nuestro, tenía por costumbre llamarme a su mesa, pedirme con calma que me quitara las gafas, quitarse el anillo de casado y propinarme un bofetón. Esto, me contaba crispado mi excompañero, “lo hacía todos, todos los días”. A mi me sorprendió que recordara con tanta viveza algo que yo no recordaba, si bien vagamente yo sé que es cierto, o casi (es seguro que mi profesor no me zurraba todos, todos los días). Es decir que esto es un capítulo de mi infancia, a todas luces traumático, que yo había eliminado de mi memoria consciente, y es seguro que cualquier psicoanalista, psicólogo o psiquiatra extraería si yo me pusiera en sus manos de esta anécdota no pocas rarezas que ahora me aquejan y me impiden ser una persona normal. A partir de ahora, gracias a ese tipo, excompañero mio, puedo repartir desde una perspectiva psicologista las culpas de mi muchos fracasos entre mis padres y este hombre al que apenas recuerdo, que debe ser viejísimo ya, si no se ha muerto el cabrón.
Un rato después, entre morcillas de arroz y butifarras, encontré entre la muchedumbre a una pareja de cuarentones que se querían realmente. Quiero decir que se querían del modo en que yo entiendo que un matrimonio debe quererse pasada ya la edad de la pasión amorosa. Esto me llenó de ternura. Me acerqué y hablé con ellos. Eran vecinos de la madre de la mujer de mi amigo, y eran encantadores.
Luego cuando se marchó una animadora infantil que habían contratado me senté a fumar. Hablé con unos cuantos que se me acercaron, y vi a los niños jugar por el jardín mientras anochecía.
La gente de mi edad, gente de clase media alta, hablaban de todo en nutridos grupos. A mi más que ninguna otra cosa, su tono de conversación me mantenía alejado de ellos. No me gustaban.
Había dos muchachas más jóvenes y bien vestidas que guapas, a cuya conversación me arrimé para coger un sándwich de nocilla. El tono enfático que empleaban me resultó aun más espantoso que el de los mayores.
Ayudé a una niña a lavarse la pintura de la cara. La animadora les había pintado. Luego se acercó al baño un niño con la máscara de spiderman, que también le lavé, luego otro pintado de león.
Hablé un minuto con mi amigo, el padre, de un asunto de su trabajo. Aunque yo no le había pedido explicaciones, adoptó un tono fatuo para no decirme cuánto le había costado la fiesta. Se limitó a decir que yo “no me lo podía ni imaginar lo que le había costado”. Aparte de esto estaba muy orgulloso de cuánta gente había ido, yo le dije que cincuenta y tres adultos, él y yo incluidos, y quince niños. El me miró triunfal, se hinchó de satisfacción y yo le miraba a los ojos fumando sin entender nada, pensando que no hay en este mundo nada más ridículo que un cronopio que se pasa a fama, como si eso se eligiese.
Lo pasé bien, pero hoy me siento terriblemente solo, como nunca.
¿Tendrá la culpa de esta soledad también aquel profesor? ¿O papá que no me hizo caso? ¿o mamá que me sobreprotegió o no me protegió lo suficiente? Pamplinas, creo. Cada cual se agita como puede en esta chapuza de mundo.
Bueno, si alguien ha llegado hasta aquí agradeceré ayudas, consejos, abrazos de cualquier desconocido que pase... hoy no me siento tan fuerte.
Un saludo.
PD: Estaba también la hermana de mi amigo, que fue una chica muy guapa cuando éramos chavales. Estaba emabarazadísima y me alegré de verla, me contó que mañana, es decir hoy, salía de cuentas. Pero no puedo olvidar que hablando con ella no veía otra cosa que una mata de pelos negros y tiesos que salían de sus narices. Esa imagen no me la quito de la cabeza.
miércoles, 6 de julio de 2011
Los jardines invisibles
Abandonar un jardín en el que se ha sido tan tan tan dichoso unas horas o unos años siempre es penoso. Uno nunca sale de él con la cabeza bien alta a menos que haya cometido la improbable proeza de dejar dentro a la alimaña muerta o malherida, impotente para volver a dañar a un próximo visitante.
Pero esto no es lo normal. Lo normal es cierto malestar por haber asistido impávido al lento marchitarse de las flores; normal es el eructo amargo después de haberse dado uno un atracón de frutos, haber dejado esqueléticos los antes frondosos árboles; lo normal, en últimas, es marcharse cabizbajo de allí y que la vista atrás nos muestre la existencia de rincones inexplorados, o un inagotable laberinto ante cuya perspectiva, sencillamente, nos faltaron los pies o el valor. Lo normal es salir del jardín y volver al asfalto como se sale de la primavera y se nos viene el otoño encima.
Lo normal, no nos engañemos, es que abandonemos el jardín porque nos molesten ya un poco hasta el cantar de sus pajaritos, pajarracos, las flores sin aroma, algunas repentinamente de plástico, doloridos los tobillos por el piso irregular, a ratos intransitable, surcado de profundas huellas que no son nuestras y por tantas y tantas horribles grietas llenas de hojas secas, muertas.
La tristeza más triste consiste en una especie de remordimiento de exiliado, consistente en ser eternamente un visitante; no encontrar nunca en uno vocación de jardinero.
A veces te dejan entreabierta la puerta de atrás invitándote a volver cuando quieras, para solazarte y hacer inocentes cabriolas en su interior, son los jardines-isla. Otros en cambio cierran empedernidamente, como si las suyas fueran las puertas del Tribunal del Juicio Final, y no te permiten ni asomarte siquiera ni te dejan reclamar alguna cosita que de noche hayas podido dejarte olvidada dentro.
Otros cuantos permiten el acceso, sí, pero engañan: y es que solamente te dejan transitar por un estrecho tramo habilitado, un vereda recta y perfectamente pavimentada, bien preparada, reluciente y sin nada que ver, ruidosa pero muda, una tramo marcado por unas incorruptibles flores de papel couché, que huelen a ambientador; el resto del jardín fuera de la vereda permanece oculto, oscuro y vedado, a veces se escuchan ahogadas voces provenientes de las penumbras que atraen a los idiotas como yo. Salgo de allí normalmente con espinas en las pantorrillas y en las narices, por indiscreto, y nunca encuentro nada en la maleza oscura. Siempre descubre uno como de nuevas que no todo lo oscuro es de la materia del misterio.
Algunos están llenos de hadas y de duendes, esos son encantadores. Otros están llenos de chispeantes demonios, unos demonios que hacen invivible el lugar, y esos jardines también son encantadores.
Ultimamente, con preocupante normalidad, sucede que una funcionaria con gorra nos da antes de entrar una completa guía con un mapa para facilitarnos la visita y recorrer sus zonas más interesantes. A esos entro obediente, a la carrera, como quien hace gimnasia. Y los abandono igual, marcial.
Algunos jardines parecen llamar con tristes y lejanas voces. Aúllan porque les escuece una sequedad o una herida antigua, y precisan cuidado, atención. A esos jardines acudo presuroso, como si no existiera otro motivo por el cual vivir.
Si me encuentro por azar las ruinas de un edificio abandonado por un habitante anterior lloro, lloro de rabia e intento no volver a pasar por allí como si de un lugar sagrado y maldito se tratase. Pero si me encuentro dentro esparcida basura que haya dejado otro visitante, entonces esa basura no la recojo sino que la emprendo a patadas con ella y la esparzo más, y luego no sé dónde meterme. No valgo para jardinero.
Si me encuentro el tronco de un árbol seco, como en la película, me acerco al hueco y siembro susurrando dentro una palabra secreta. Algo mio queda en ese jardín ya para siempre, algo que no es un edificio, ni un columpio, pero que es algo. Esa palabra secreta vertida en el hueco nunca decepciona.
Me gustan los lejanos, y me desalientan los imposibles. Me gustó especialmente un jardín hace años que tenía en su centro un palacio de cristal, tal como era.
El caso es que no pierdo la oportunidad de un jardín, que entro a todos si me gustan, de mil amores, si soy admitido, aun con la firme certeza del abandono. Ninguno es demasiado ni demasiado poco para mi sed insaciable de belleza.
La visita a un jardín es como una vida, quiero decir como lo más puro y bello de una vida.
un saludo.
Pero esto no es lo normal. Lo normal es cierto malestar por haber asistido impávido al lento marchitarse de las flores; normal es el eructo amargo después de haberse dado uno un atracón de frutos, haber dejado esqueléticos los antes frondosos árboles; lo normal, en últimas, es marcharse cabizbajo de allí y que la vista atrás nos muestre la existencia de rincones inexplorados, o un inagotable laberinto ante cuya perspectiva, sencillamente, nos faltaron los pies o el valor. Lo normal es salir del jardín y volver al asfalto como se sale de la primavera y se nos viene el otoño encima.
Lo normal, no nos engañemos, es que abandonemos el jardín porque nos molesten ya un poco hasta el cantar de sus pajaritos, pajarracos, las flores sin aroma, algunas repentinamente de plástico, doloridos los tobillos por el piso irregular, a ratos intransitable, surcado de profundas huellas que no son nuestras y por tantas y tantas horribles grietas llenas de hojas secas, muertas.
La tristeza más triste consiste en una especie de remordimiento de exiliado, consistente en ser eternamente un visitante; no encontrar nunca en uno vocación de jardinero.
A veces te dejan entreabierta la puerta de atrás invitándote a volver cuando quieras, para solazarte y hacer inocentes cabriolas en su interior, son los jardines-isla. Otros en cambio cierran empedernidamente, como si las suyas fueran las puertas del Tribunal del Juicio Final, y no te permiten ni asomarte siquiera ni te dejan reclamar alguna cosita que de noche hayas podido dejarte olvidada dentro.
Otros cuantos permiten el acceso, sí, pero engañan: y es que solamente te dejan transitar por un estrecho tramo habilitado, un vereda recta y perfectamente pavimentada, bien preparada, reluciente y sin nada que ver, ruidosa pero muda, una tramo marcado por unas incorruptibles flores de papel couché, que huelen a ambientador; el resto del jardín fuera de la vereda permanece oculto, oscuro y vedado, a veces se escuchan ahogadas voces provenientes de las penumbras que atraen a los idiotas como yo. Salgo de allí normalmente con espinas en las pantorrillas y en las narices, por indiscreto, y nunca encuentro nada en la maleza oscura. Siempre descubre uno como de nuevas que no todo lo oscuro es de la materia del misterio.
Algunos están llenos de hadas y de duendes, esos son encantadores. Otros están llenos de chispeantes demonios, unos demonios que hacen invivible el lugar, y esos jardines también son encantadores.
Ultimamente, con preocupante normalidad, sucede que una funcionaria con gorra nos da antes de entrar una completa guía con un mapa para facilitarnos la visita y recorrer sus zonas más interesantes. A esos entro obediente, a la carrera, como quien hace gimnasia. Y los abandono igual, marcial.
Algunos jardines parecen llamar con tristes y lejanas voces. Aúllan porque les escuece una sequedad o una herida antigua, y precisan cuidado, atención. A esos jardines acudo presuroso, como si no existiera otro motivo por el cual vivir.
Si me encuentro por azar las ruinas de un edificio abandonado por un habitante anterior lloro, lloro de rabia e intento no volver a pasar por allí como si de un lugar sagrado y maldito se tratase. Pero si me encuentro dentro esparcida basura que haya dejado otro visitante, entonces esa basura no la recojo sino que la emprendo a patadas con ella y la esparzo más, y luego no sé dónde meterme. No valgo para jardinero.
Si me encuentro el tronco de un árbol seco, como en la película, me acerco al hueco y siembro susurrando dentro una palabra secreta. Algo mio queda en ese jardín ya para siempre, algo que no es un edificio, ni un columpio, pero que es algo. Esa palabra secreta vertida en el hueco nunca decepciona.
Me gustan los lejanos, y me desalientan los imposibles. Me gustó especialmente un jardín hace años que tenía en su centro un palacio de cristal, tal como era.
El caso es que no pierdo la oportunidad de un jardín, que entro a todos si me gustan, de mil amores, si soy admitido, aun con la firme certeza del abandono. Ninguno es demasiado ni demasiado poco para mi sed insaciable de belleza.
La visita a un jardín es como una vida, quiero decir como lo más puro y bello de una vida.
un saludo.
lunes, 4 de julio de 2011
Krahe- Marcuse y otros
Es muy conocido el antagonismo eros-civilización. Se dice que Freud lo sacó a la luz, lo continuó brillantemente Marcuse, dándole un muy muy tenue barniz marxista. Esta famosa oposición viene a explicar una verdad que todos excperimentamos pero que rara vez queremos ver, esto es: que para la civilización, para la sociedad incluso, se hace necesaria una represión interna de nuestros instintos más básicos, algo que nos genera cierta tensión. Freud contraponía un principio de placer (que es primario e instintivo, puramente animal) y un principio de realidad (que viene a ser el sentido práctico, superviviente, del individuo, y que en las civilizaciones acaba creando leyes, instituciones, etc...). La civilización se ocupa de diferir este principio de placer en el hombre, que renuncia, que debe renunciar a la satisfacción inmediata de sus instintos, a pasar por el aro si quiere formar sociedad. Es en la sexualidad donde estas pujas internas entre uno y otro instinto se hacen más evidentes, más espectaculares, tanto en las ficciones como en la realidad, a veces.
Así eros es una fuerza realmente peligrosa para el orden, puede hacer romper las normas, traer el caos, la guerra (Helena de Troya es un bonito símbolo); el libro de Marcuse es extraordinario.
No obstante creo que este tema del corazón del hombre en pugna con las normas de la polis ya está en la tragedia griega, que no es tan siglo XX como se dice, pero bueno. Los héroes griegos en cambio no acataban más que lo que su corazón les dictaba, claro que así acababan todos... lo que yo quería es colgar la canción de Krahe del mismo nombre, que explica todo esto muy bien.
Saludos.
Así eros es una fuerza realmente peligrosa para el orden, puede hacer romper las normas, traer el caos, la guerra (Helena de Troya es un bonito símbolo); el libro de Marcuse es extraordinario.
No obstante creo que este tema del corazón del hombre en pugna con las normas de la polis ya está en la tragedia griega, que no es tan siglo XX como se dice, pero bueno. Los héroes griegos en cambio no acataban más que lo que su corazón les dictaba, claro que así acababan todos... lo que yo quería es colgar la canción de Krahe del mismo nombre, que explica todo esto muy bien.
Saludos.
sábado, 2 de julio de 2011
Spinoza
He encontrado en internet el soneto que Borges le dedicó a Spinoza, aquel joven que, negándose a comprometer su libertad intelectual, rechazó las cátedras que se le ofrecieron, y se ganó humildemente la vida como óptico puliendo lentes en su cabaña.
Mientras tanto, pule que pule, nos enseñó cómo esta aparente complejidad del mundo que nos envuelve no es tal si prescindimos del engaño del tiempo, nos enseñó qué bien se percibe que todo proviene de una sola y misma sustancia si lo vemos desde el punto de vista de la eternidad, que no hay azar, que todo en el mundo material ha de estar determinado, cómo la ética, cómo el hombre, Dios, el Mundo... en fin.
Creo que los académicos deberían ponerse a revisar esa horrible palabra moderna: monismo, que expresa Spinoza con tanta belleza y tanta verdad en el laberinto de sus escritos, explicándonos que todo es igual a todo, continuamente, no hay bien ni hay mal, que el suntuoso mundo que nos rodea y su complejidad es un reflejo del infinito, de la nada, una manifestación caprichosa de eso que él llamaba Dios, todo apenas una ilusión incluida cómo no nuestra propia vida... y en definitiva muchísimas otras ideas (desmitificadoras, terribles o liberadoras, según el temperamento) que Borges resume maravillosamente en su soneto.
SONETO A SPINOZA
Las traslúcidas manos del judío
labran en la penumbra los cristales
y la tarde que muere es miedo y frío.
(Las tardes a las tardes son iguales.)
Las manos y el espacio de jacinto
que palidece en el confín del Ghetto
casi no existen para el hombre quieto
que está soñando un claro laberinto.
No lo turba la fama, ese reflejo
de sueños en el sueño de otro espejo,
ni el temeroso amor de las doncellas.
Libre de la metáfora y del mito,
labra un arduo cristal: el infinito
mapa de Aquél que es todas sus estrellas
Saludos.
(mio tio está hecho un toro, más déspota que nunca. El cáncer podrá matarlo, pero solamente la muerte va a poder con él. Qué carácter tiene. Me dijo nada más verme: "Vaya joder cúanto pelo has perdido, coño")
Mientras tanto, pule que pule, nos enseñó cómo esta aparente complejidad del mundo que nos envuelve no es tal si prescindimos del engaño del tiempo, nos enseñó qué bien se percibe que todo proviene de una sola y misma sustancia si lo vemos desde el punto de vista de la eternidad, que no hay azar, que todo en el mundo material ha de estar determinado, cómo la ética, cómo el hombre, Dios, el Mundo... en fin.
Creo que los académicos deberían ponerse a revisar esa horrible palabra moderna: monismo, que expresa Spinoza con tanta belleza y tanta verdad en el laberinto de sus escritos, explicándonos que todo es igual a todo, continuamente, no hay bien ni hay mal, que el suntuoso mundo que nos rodea y su complejidad es un reflejo del infinito, de la nada, una manifestación caprichosa de eso que él llamaba Dios, todo apenas una ilusión incluida cómo no nuestra propia vida... y en definitiva muchísimas otras ideas (desmitificadoras, terribles o liberadoras, según el temperamento) que Borges resume maravillosamente en su soneto.
SONETO A SPINOZA
Las traslúcidas manos del judío
labran en la penumbra los cristales
y la tarde que muere es miedo y frío.
(Las tardes a las tardes son iguales.)
Las manos y el espacio de jacinto
que palidece en el confín del Ghetto
casi no existen para el hombre quieto
que está soñando un claro laberinto.
No lo turba la fama, ese reflejo
de sueños en el sueño de otro espejo,
ni el temeroso amor de las doncellas.
Libre de la metáfora y del mito,
labra un arduo cristal: el infinito
mapa de Aquél que es todas sus estrellas
Saludos.
(mio tio está hecho un toro, más déspota que nunca. El cáncer podrá matarlo, pero solamente la muerte va a poder con él. Qué carácter tiene. Me dijo nada más verme: "Vaya joder cúanto pelo has perdido, coño")
jueves, 30 de junio de 2011
Adios
Esta tarde tengo que ir al hospital a despedirme de mi tio abuelo. El viernes le dan el alta para que pueda volverse al pueblo, a morir allí. Como ya nunca voy al pueblo sé que no le veré más. Será ley de vida y todo lo que se quiera, pero aun me parece raro despedirme de alguien a quien llevo casi cuarenta años acostumbrándome.
Es el hermano de mi abuela materna. Es bajito, fuerte, con el pelo corto completamente blanco muy poblado, muy crespo. Tiene o tenía la mirada fiera, los ojos muy grandes, y en la boca una mueca que siempre me pareció cruel. Aunque no fue un buen tipo a mi siempre me atrajo mucho mi tio N., tan poderoso y tan cínico, con su mujer siempre al lado, deprimida, flaca y amargada. EStoy seguro de que la engañó como mínimo un millón de veces. Ganó bastante dinero trapicheando en el pueblo, haciendo según se cuenta putaditas a diestro y siniestro a los vecinos, sin ningún escrúpulo para sacar algo. A pesar de poseer tan buenas cualidades para el éxito se enriqueció solo moderadamente: acabó construyéndose una casa en el pueblo con algún metro cuadrado más que la media y comprándose un Land Rover último modelo que en los 70 fue la envidia de la región. Tuvo tres hijos y los tres se dieron a diferentes vicios, uno de ellos, demasiado bueno para este mundo, murió de sobredosis, y los otros dos arrastran cada uno a su modo las secuelas de una mala vida.
La gente encontraba incómodo su negrísimo humor y ese cinismo que a mi tanto me gustó siempre. Pero es justo reconocer que su vida ha sido un perfecto desastre.
¿Qué pensará ahora, sabiendo que se muere?
Me recuerdo de adolescente cuando nos acercábamos de visita familiar a su órbita, a su casa, a su mesa. Cómo iba yo en el coche de mi padre temiéndomelo y entraba ya temblando a su casa, esperando la pregunta fatal que acabaría soltándome con mi madre delante. Yo estaba descubriendo por entonces a las chicas, a las que me acercaba con el típico miedo adolescente al sexo contrario, era algo que yo llevaba todavía con cierta oscuridad, inseguridad, con vergüenza incluso; en mi casa esos asuntos eran tabú. Entonces la pregunta inevitable y fatal de mi tio N. era de este tipo, soltada siempre a quemarropa:
- Y tú qué, ¿le has bajado ya las bragas a alguna?
Mi madre miraba a otro lado, y yo quería morirme.
Ahora le agradezco aquello, y de alguna manera admiro que se permitiera no ser un remilgado como todos los demás adultos.
Podría contar algunas anécdotas así con otras víctimas.
En fin quizá no haya sido el mejor tipo del mundo, pero ha sido importante en mi vida, ha estado siempre en mi mapa. Ahora que lo pienso ha sido quizá el único personaje shakesperiano, de carne y hueso, que me ha nombrado. Tiene varios tumores en un pulmón, metástasis en el hígado. Qué normal es morirse. Qué asco de vida.
Espero conservar esa imagen de mi tio N. sentado a la mesa con una mano en la rodilla y ladeado, como esas fotografías de solitarios caballeros del s.XIX, callado la mayor parte del tiempo, siempre a punto de soltar un comentario hiriente, poderoso y escrutador. Esos grandes y líquidos ojos negros. Esa inolvidable mueca cínica y cruel de la boca.
A ver con quién me encuentro ahora. Seguramente con un hombre extenuado, por fin bueno, dócil, cómodo. Ahora que parecen haberse agotado sus reservas de desprecio buscará la paz, el perdón, y demás.
Saludos.
Es el hermano de mi abuela materna. Es bajito, fuerte, con el pelo corto completamente blanco muy poblado, muy crespo. Tiene o tenía la mirada fiera, los ojos muy grandes, y en la boca una mueca que siempre me pareció cruel. Aunque no fue un buen tipo a mi siempre me atrajo mucho mi tio N., tan poderoso y tan cínico, con su mujer siempre al lado, deprimida, flaca y amargada. EStoy seguro de que la engañó como mínimo un millón de veces. Ganó bastante dinero trapicheando en el pueblo, haciendo según se cuenta putaditas a diestro y siniestro a los vecinos, sin ningún escrúpulo para sacar algo. A pesar de poseer tan buenas cualidades para el éxito se enriqueció solo moderadamente: acabó construyéndose una casa en el pueblo con algún metro cuadrado más que la media y comprándose un Land Rover último modelo que en los 70 fue la envidia de la región. Tuvo tres hijos y los tres se dieron a diferentes vicios, uno de ellos, demasiado bueno para este mundo, murió de sobredosis, y los otros dos arrastran cada uno a su modo las secuelas de una mala vida.
La gente encontraba incómodo su negrísimo humor y ese cinismo que a mi tanto me gustó siempre. Pero es justo reconocer que su vida ha sido un perfecto desastre.
¿Qué pensará ahora, sabiendo que se muere?
Me recuerdo de adolescente cuando nos acercábamos de visita familiar a su órbita, a su casa, a su mesa. Cómo iba yo en el coche de mi padre temiéndomelo y entraba ya temblando a su casa, esperando la pregunta fatal que acabaría soltándome con mi madre delante. Yo estaba descubriendo por entonces a las chicas, a las que me acercaba con el típico miedo adolescente al sexo contrario, era algo que yo llevaba todavía con cierta oscuridad, inseguridad, con vergüenza incluso; en mi casa esos asuntos eran tabú. Entonces la pregunta inevitable y fatal de mi tio N. era de este tipo, soltada siempre a quemarropa:
- Y tú qué, ¿le has bajado ya las bragas a alguna?
Mi madre miraba a otro lado, y yo quería morirme.
Ahora le agradezco aquello, y de alguna manera admiro que se permitiera no ser un remilgado como todos los demás adultos.
Podría contar algunas anécdotas así con otras víctimas.
En fin quizá no haya sido el mejor tipo del mundo, pero ha sido importante en mi vida, ha estado siempre en mi mapa. Ahora que lo pienso ha sido quizá el único personaje shakesperiano, de carne y hueso, que me ha nombrado. Tiene varios tumores en un pulmón, metástasis en el hígado. Qué normal es morirse. Qué asco de vida.
Espero conservar esa imagen de mi tio N. sentado a la mesa con una mano en la rodilla y ladeado, como esas fotografías de solitarios caballeros del s.XIX, callado la mayor parte del tiempo, siempre a punto de soltar un comentario hiriente, poderoso y escrutador. Esos grandes y líquidos ojos negros. Esa inolvidable mueca cínica y cruel de la boca.
A ver con quién me encuentro ahora. Seguramente con un hombre extenuado, por fin bueno, dócil, cómodo. Ahora que parecen haberse agotado sus reservas de desprecio buscará la paz, el perdón, y demás.
Saludos.
lunes, 27 de junio de 2011
Lejano
A pesar de ciertos inicios prometedores, pronto asumí que no soy un poeta, que no soy un artista de ningún tipo. Ni siquiera poseo el método y la tenacidad necesarias para hacerme un intelectual. Aun a pesar de haberme dado cuenta hubo un tiempo en el que, bien por vanidad bien por ligar, aun interpreté ese favorecedor papel de bohemio intelectual poeta vagamente nietzscheano dispuesto a morir o matar por un verso, en otras palabras fui durante unos cuantos años un farsante, y un pelma. Ahora ya no soy un farsante. No pretendo ser nada así ni hacérselo creer a nadie.
El acto mismo de escribir públicamente (este blog, por ejemplo) no entiendo bien a qué impulso obedece.
Y por otra parte y al mismo tiempo, pese a haber renegado de aquellos arrebatos líricos he quedado incapacitado también para la vida corriente. Es así que me aburren y huyo de las conversaciones convencionales que me rodean, me espanta la televisión, las tonterías y batallitas del trabajo que nada me importan, la fórmula uno, las derechas, el Papa, las izquierdas, de si es más barato el kilo de gambones en el Mercadona o en el Carrefour, de si esta camiseta me sienta mejor o peor que otra, ni siquiera el dinero me seduce gran cosa...a pesar de vivir rodeado de ello. Quiero decir que asisto al espectáculo de mi existencia como siendo otro.
Cuando observo a los demás despachar con tanta naturalidad estos asuntos, pasar la vida metidos en ellos sin más, considero esta frivolidad un lujo, casi un estado de gracia que a mi me ha sido negado.
Así que asumo que soy un hombre que se ha quedado en la orilla, viendo pasar el rio, sentado fumando tranquilo y sin entender gran cosa. Y tampoco se está mal, como diría Cortázar es una vida como cualquier otra.
Saludos.
El acto mismo de escribir públicamente (este blog, por ejemplo) no entiendo bien a qué impulso obedece.
Y por otra parte y al mismo tiempo, pese a haber renegado de aquellos arrebatos líricos he quedado incapacitado también para la vida corriente. Es así que me aburren y huyo de las conversaciones convencionales que me rodean, me espanta la televisión, las tonterías y batallitas del trabajo que nada me importan, la fórmula uno, las derechas, el Papa, las izquierdas, de si es más barato el kilo de gambones en el Mercadona o en el Carrefour, de si esta camiseta me sienta mejor o peor que otra, ni siquiera el dinero me seduce gran cosa...a pesar de vivir rodeado de ello. Quiero decir que asisto al espectáculo de mi existencia como siendo otro.
Cuando observo a los demás despachar con tanta naturalidad estos asuntos, pasar la vida metidos en ellos sin más, considero esta frivolidad un lujo, casi un estado de gracia que a mi me ha sido negado.
Así que asumo que soy un hombre que se ha quedado en la orilla, viendo pasar el rio, sentado fumando tranquilo y sin entender gran cosa. Y tampoco se está mal, como diría Cortázar es una vida como cualquier otra.
Saludos.
domingo, 26 de junio de 2011
Bach
Bueno ahora que me han enseñado a insertar videos quiero poner este, una de mis piezas musicales favoritas. El estallido de la música tras los primeros segundos de silencion aun me estremece, los monólogos del violín después, sus ensimismamientos y sus estallidos con la orquesta.
Si tengo el día (porque la música suena solamente cuando quiere) aun me hace soltar alguna lágrimita.
Hubo tiempo en el que no me importaba otra cosa que fumar porros y escuchar música. Hoy en día quizá ya esté envilecido, sea demasiado cobarde para entregarme así. El caso es que este primer movimiento que cuelgo aquí es algo realemente importante en mi vida.
(el segundo y tercer movimientos también son maravillosos)
Saludos.
Si tengo el día (porque la música suena solamente cuando quiere) aun me hace soltar alguna lágrimita.
Hubo tiempo en el que no me importaba otra cosa que fumar porros y escuchar música. Hoy en día quizá ya esté envilecido, sea demasiado cobarde para entregarme así. El caso es que este primer movimiento que cuelgo aquí es algo realemente importante en mi vida.
(el segundo y tercer movimientos también son maravillosos)
Saludos.
viernes, 24 de junio de 2011
El mono desnudo
Desde un punto de vista zoológico no somos nada de otro mundo. Desmond Morris escribió a mediados de los años 60 un libro demoledor, definitivo para limpiar los restos de lo que pudiera quedar del viejo mito del hombre como especie elegida. Acabo de terminarlo.
Se empieza hablando del mono que baja del árbol y se enfrenta a la estepa, de cómo ese mono va erguiéndose y perdiendo (por motivos aun no explicados del todo), pelo corporal; de cómo, a falta de armas naturales (garras, colmillos) comienza a utilizar armas artificiales para defenderse y atacar, lo que conlleva un mayor cerebro, consumo de carne, más caza más proteínas, más cerebro... Esto está en cualquier manual de antropología.
Lo más interesante llega en seguida con los comportamientos que adopta el mono desnudo para sostener una forma de vida basada en la caza cooperativa, ya que un humano por ahí suelto en la estepa con un palo en la mano no suponía una amenaza, y era además una presa fácil. Es decir, que los machos debían llevarse bien entre sí para ayudarse en sus cacerías. Debía no haber entre ellos rencillas si la especie quería sobrevivir.
La cosa es larga pero igual que sucede con otras especies de primates con una organización social similar, la naturaleza creó el enamoramiento entre otras cosas para evitar la competencia sexual entre los machos de la manada. Los monos también se enamoran y se establecen vínculos entre machos y hembras.
Otro mecanismo biológico para este fin es el sexo. Las hembras humanas son las únicas en la naturaleza con el ángulo del conducto vaginal hacia delante. Esto hace que la postura básica de cópula entre humanos sea de frente, la que nosotros llamamos "del misionero". En más de 200 sociedades humanas repartidas por todo el mundo, desde tribus africanas a esquimales, se ha estudiado que un 80% del sexo que se practica se hace así, de frente. En el resto de especies sin excepción el macho monta a la hembra desde atrás. Nosotros nos miramos en cambio a la carita mientras, lo cual qué duda cabe crea un vínculo entre macho y hembra, relacionando así inmediatamente el sexo con la identidad del compañero. Viene a ser sexo personalizado frente al sexo más impersonal que se practica por atrás. Hay quien cree que también la pérdida del vello corporal se produjo precisamente en virtud del placer de las caricias, de un más estrecho vínculo entre macho y hembra, pero esto no está claro.
ESte poderoso vínculo natural, el amor, fue creado sobre todo para la protección de las crías, que durante un tiempo excepcionalmente largo en nuestra especie comparado con el resto del reino animal, necesitan protección, cariño, y mucho aprendizaje para enfrentarse al complejo mundo exterior que les espera. Nuestra capacidad de aprendizaje es sin duda la clave de nuestro éxito evolutivo. Nuestra inmadurez de adultos se prolonga durante toda la vida (esto se llama neotenia, no confundir con complejo de Peter Pan); así que esa inmadurez de la que tantas veces nos vemos acusados por amargosas marujas resulta ser un mecanismo adaptativo único, nos permite seguir aprendiendo durante toda nuestra vida hasta la vejez.
Habla después de nuestro comportamiento social como una herencia recibida del arte que nuestra madre despliegue con nosotros durante nuestra niñez. Este raro arte consiste en el equilibrio entre la protección y el cariño que recibimos de ella durante la primera infancia y de su buena mano después para ir soltándonos a la sociedad con otros niños con los que jugar. El carácter del adulto estará condicionado para toda la vida por esta sutil conjugación que la madre realiza. Pone realmente incómodo al leer el libro constatar que somos idénticos a los monos estudiados, que los chimpancés mimados y queridos por sus madres y luego juguetones con sus amigos eran así, que a los que les faltaba una de las dos cosas se comportaban de esta o de aquella manera, y que los pobres monos a quienes les faltaron los dos elementos son socialmente de adultos unos pobres diablos. Al fin y al cabo incomoda que buena parte de eso que llamamos con cierto vano orgullo "nuestra forma de ser" no sea más que el resultado evidente de una combinación en la que ni siquiera intervenimos, ni es mérito ni culpa nuestra ser así o asá.
En fin no quiero ponerme pesado. Habla también de nuestros patrones de lucha, de nuestros gestos y forma de defendernos o mostrar intenciones de ataque al sentimos amenazados (Dios sabe a cuántos orangutanes con corbata he reconocido en el libro). Habla de la risa y del llanto. Habla de la religión, la defecación, la guerra, el trabajo, el clítoris y los orgasmos femeninos, del pandillismo masculino, del pintalabios, del lenguaje (desde la charlatanería a Garcilaso de la Vega) como sucedáneo del aseo social, de por qué a las niñas les gustan los caballos y a ninguno nos gustan las serpientes o las arañas.
El libro no deja ni un pájaro suelto en la cabeza. Y he entendido lo que dice Koestler en la contraportada: “cuando uno se mira en el espejo después de haber leido este libro ya no se ve de la misma manera”
PD: Como parte simpática recuerdo la parte en que se explaya con evidente gusto en los los rituales preparación y posterior coito humanos. Lo describe con tanto detalle que deja de ser por unas páginas el frío científico y alcanza por momentos la intensidad de un relato erótico. A lo mejor se trata de un nuevo género literario, inexplorado: el erotismo científico. El caso es que funciona.
Saludos.
Se empieza hablando del mono que baja del árbol y se enfrenta a la estepa, de cómo ese mono va erguiéndose y perdiendo (por motivos aun no explicados del todo), pelo corporal; de cómo, a falta de armas naturales (garras, colmillos) comienza a utilizar armas artificiales para defenderse y atacar, lo que conlleva un mayor cerebro, consumo de carne, más caza más proteínas, más cerebro... Esto está en cualquier manual de antropología.
Lo más interesante llega en seguida con los comportamientos que adopta el mono desnudo para sostener una forma de vida basada en la caza cooperativa, ya que un humano por ahí suelto en la estepa con un palo en la mano no suponía una amenaza, y era además una presa fácil. Es decir, que los machos debían llevarse bien entre sí para ayudarse en sus cacerías. Debía no haber entre ellos rencillas si la especie quería sobrevivir.
La cosa es larga pero igual que sucede con otras especies de primates con una organización social similar, la naturaleza creó el enamoramiento entre otras cosas para evitar la competencia sexual entre los machos de la manada. Los monos también se enamoran y se establecen vínculos entre machos y hembras.
Otro mecanismo biológico para este fin es el sexo. Las hembras humanas son las únicas en la naturaleza con el ángulo del conducto vaginal hacia delante. Esto hace que la postura básica de cópula entre humanos sea de frente, la que nosotros llamamos "del misionero". En más de 200 sociedades humanas repartidas por todo el mundo, desde tribus africanas a esquimales, se ha estudiado que un 80% del sexo que se practica se hace así, de frente. En el resto de especies sin excepción el macho monta a la hembra desde atrás. Nosotros nos miramos en cambio a la carita mientras, lo cual qué duda cabe crea un vínculo entre macho y hembra, relacionando así inmediatamente el sexo con la identidad del compañero. Viene a ser sexo personalizado frente al sexo más impersonal que se practica por atrás. Hay quien cree que también la pérdida del vello corporal se produjo precisamente en virtud del placer de las caricias, de un más estrecho vínculo entre macho y hembra, pero esto no está claro.
ESte poderoso vínculo natural, el amor, fue creado sobre todo para la protección de las crías, que durante un tiempo excepcionalmente largo en nuestra especie comparado con el resto del reino animal, necesitan protección, cariño, y mucho aprendizaje para enfrentarse al complejo mundo exterior que les espera. Nuestra capacidad de aprendizaje es sin duda la clave de nuestro éxito evolutivo. Nuestra inmadurez de adultos se prolonga durante toda la vida (esto se llama neotenia, no confundir con complejo de Peter Pan); así que esa inmadurez de la que tantas veces nos vemos acusados por amargosas marujas resulta ser un mecanismo adaptativo único, nos permite seguir aprendiendo durante toda nuestra vida hasta la vejez.
Habla después de nuestro comportamiento social como una herencia recibida del arte que nuestra madre despliegue con nosotros durante nuestra niñez. Este raro arte consiste en el equilibrio entre la protección y el cariño que recibimos de ella durante la primera infancia y de su buena mano después para ir soltándonos a la sociedad con otros niños con los que jugar. El carácter del adulto estará condicionado para toda la vida por esta sutil conjugación que la madre realiza. Pone realmente incómodo al leer el libro constatar que somos idénticos a los monos estudiados, que los chimpancés mimados y queridos por sus madres y luego juguetones con sus amigos eran así, que a los que les faltaba una de las dos cosas se comportaban de esta o de aquella manera, y que los pobres monos a quienes les faltaron los dos elementos son socialmente de adultos unos pobres diablos. Al fin y al cabo incomoda que buena parte de eso que llamamos con cierto vano orgullo "nuestra forma de ser" no sea más que el resultado evidente de una combinación en la que ni siquiera intervenimos, ni es mérito ni culpa nuestra ser así o asá.
En fin no quiero ponerme pesado. Habla también de nuestros patrones de lucha, de nuestros gestos y forma de defendernos o mostrar intenciones de ataque al sentimos amenazados (Dios sabe a cuántos orangutanes con corbata he reconocido en el libro). Habla de la risa y del llanto. Habla de la religión, la defecación, la guerra, el trabajo, el clítoris y los orgasmos femeninos, del pandillismo masculino, del pintalabios, del lenguaje (desde la charlatanería a Garcilaso de la Vega) como sucedáneo del aseo social, de por qué a las niñas les gustan los caballos y a ninguno nos gustan las serpientes o las arañas.
El libro no deja ni un pájaro suelto en la cabeza. Y he entendido lo que dice Koestler en la contraportada: “cuando uno se mira en el espejo después de haber leido este libro ya no se ve de la misma manera”
PD: Como parte simpática recuerdo la parte en que se explaya con evidente gusto en los los rituales preparación y posterior coito humanos. Lo describe con tanto detalle que deja de ser por unas páginas el frío científico y alcanza por momentos la intensidad de un relato erótico. A lo mejor se trata de un nuevo género literario, inexplorado: el erotismo científico. El caso es que funciona.
Saludos.
miércoles, 22 de junio de 2011
Sueño con serpientes
Hace años que escuché esta canción. No era de mis favoritas. Hoy de repente he entendido claramente qué quería decir Silvio.
Me avergüenzo un poco la verdad, de mi torpeza, no haberla entendido antes así como ahora la entiendo.
Creo que he aprendido además a colgar videos.
http://www.youtube.com/watch?v=I6OUMPZqijM&feature=related
(no, no he aprendido pero copio el enlace)
Saludos
Me avergüenzo un poco la verdad, de mi torpeza, no haberla entendido antes así como ahora la entiendo.
Creo que he aprendido además a colgar videos.
http://www.youtube.com/watch?v=I6OUMPZqijM&feature=related
(no, no he aprendido pero copio el enlace)
Saludos
lunes, 20 de junio de 2011
Inconstancia
Comprendo que soy poco sentimental.
Años después me doy cuenta de que tenía razón Jimena en eso, aunque yo por entonces me esforzara, empachado de sonetos, en representar el papel de ardoroso enamorado. Yo, tomándome por un alma de poeta, me indignaba con ella (y conste que hablo de la mujer de mi vida) cuando se quejaba de esta frialdad natural mía. Una acusación que fue objeto de graves desencuentros conmigo mismo en aquellos tiempos.
Hoy es algo que admito sin más.
¿Explica esta pobre afectividad mi inconstancia en el amor?. ¿No se contradice con que inmediatamente a continuación de alcanzar el objeto de deseo, una vez convertido en objeto amoroso, vaya perdiendo paulatinamente interés en él?
No es que precisamente me guste esta brecha (realidad-deseo) en la que vivo, pero así es.
El caso es que aun en esa etapa inicial, más apasionada de mis relaciones, soy un incapaz para los arrumacos, caricias y demás ternezas más allá del erotismo. Si por ejemplo estoy leyendo, o fumando mirando al techo o haciendo unos huevos fritos, no me salen y hasta pueden llegar a molestarme las ternuras.
En fin, que sí, que seré poco sentimental.
(Atendiendo a mi inconstante biografía entiendo además que esta deriva en la que ando es moralmente degenerativa. Es decir: con mis dos primeras novias pasé largos años, con las siguientes solamente algunos, pocos. Las últimas no me duran más que unos meses.
¿Acabaré siendo carne de prostíbulo?)
Saludos.
Años después me doy cuenta de que tenía razón Jimena en eso, aunque yo por entonces me esforzara, empachado de sonetos, en representar el papel de ardoroso enamorado. Yo, tomándome por un alma de poeta, me indignaba con ella (y conste que hablo de la mujer de mi vida) cuando se quejaba de esta frialdad natural mía. Una acusación que fue objeto de graves desencuentros conmigo mismo en aquellos tiempos.
Hoy es algo que admito sin más.
¿Explica esta pobre afectividad mi inconstancia en el amor?. ¿No se contradice con que inmediatamente a continuación de alcanzar el objeto de deseo, una vez convertido en objeto amoroso, vaya perdiendo paulatinamente interés en él?
No es que precisamente me guste esta brecha (realidad-deseo) en la que vivo, pero así es.
El caso es que aun en esa etapa inicial, más apasionada de mis relaciones, soy un incapaz para los arrumacos, caricias y demás ternezas más allá del erotismo. Si por ejemplo estoy leyendo, o fumando mirando al techo o haciendo unos huevos fritos, no me salen y hasta pueden llegar a molestarme las ternuras.
En fin, que sí, que seré poco sentimental.
(Atendiendo a mi inconstante biografía entiendo además que esta deriva en la que ando es moralmente degenerativa. Es decir: con mis dos primeras novias pasé largos años, con las siguientes solamente algunos, pocos. Las últimas no me duran más que unos meses.
¿Acabaré siendo carne de prostíbulo?)
Saludos.
sábado, 18 de junio de 2011
15M
No comparto esta simpatía por el 15M, ni en general la simpatía que desatan en la sociedad estos movimientos rompedores. Es como cuando te quieren vender algo diciéndote “esto te va a cambiar la vida”, un argumento de por sí atractivo para el consumidor, oyente, ciudadano... quiero decir, en mi caso es cierto pero, ¿cómo es que das por hecho que yo quiero cambiar mi vida? ¿tan infelices somos todos? ¿cómo es que se pregunta “qué tal” y se responde “bien”, pero en cambio luego se desea así que todo cambie?
Las promesas del 15M son algo parecido: cambiar algo que no sabemos muy bien qué es, pero que no nos gusta. Y cambiarlo además hacia no sabemos muy bien qué.
En fin.
Si el mayo del 68 se ha quedado en agua de borrajas esto del 15M no creo que vaya a ir mucho más lejos. Aunque (lo digo sin ironía) como una chapita romántica y revolucionaria, inconformista, en la solapa de nuestra sociedad no queda mal.
Saludos.
Las promesas del 15M son algo parecido: cambiar algo que no sabemos muy bien qué es, pero que no nos gusta. Y cambiarlo además hacia no sabemos muy bien qué.
En fin.
Si el mayo del 68 se ha quedado en agua de borrajas esto del 15M no creo que vaya a ir mucho más lejos. Aunque (lo digo sin ironía) como una chapita romántica y revolucionaria, inconformista, en la solapa de nuestra sociedad no queda mal.
Saludos.
viernes, 17 de junio de 2011
Cultura y sociedad
Las consecuencias más penosas de no haberme ocupado en mi juventud de labrarme un porvenir no las noto ahora en mi situación económica, ni tampoco en extenuantes condiciones de supervivencia. Digo esto porque estos dos argumentos, el fantasma de la pobreza y la amenaza del pico y la pala si no estudiaba, eran los preferidos por nuestros padres para amenazarnos, por nuestro bien, para inculcarnos el estudio siendo niños. Me reconozco culpable de no haberles hecho caso: no estuve dispuesto a dilapidar mi sagrado ocio juvenil en un entonces para mi imposible porvenir, total por hacerme un brillante profesional de no se qué profesión.
A pesar de ello gozo de la fortuna de tener dinero suficiente, y de no exprimir demasiado mis fuerzas para ganarlo.
Pero sí que estoy padeciendo por mi apatía juvenil otras secuelas de las que no me previnieron mis padres. Me refiero sobre todo a este desarraigo en el que vivo, a la incontenible extrañeza que siento en el mundo en medio del cual me muevo y me mantengo en pie, ciertas tristes y absurdas batallitas que me veo obligado a librar para ir tirando, por gilipollas.
Aunque ya muy tarde, he comprendido que es imprescindible ir labrándose uno el futuro, si bien por razones en mi caso distintas a los consejos paternos. Y es que lo que parece imperecedero durante la juventud (la Belleza, las nobles aspiraciones por ejemplo, cierto tono de vida) acaba diluyéndose si uno no lucha por materializarlo, rodearse de ello y fortificarlo frente a la envidiosa necesidad, creo.
De joven me parecía elegante y hasta un poco dandy esta apatía y distancia frente al sucio mundo. Pero era una postura puramente estética. Ahora en cambio es la única manera en la que puedo permitirme seguir en el mundo, y ni siquiera siempre. Comprendo con espanto la arrongancia de ciertos adultos insignificantes que conozco.
Aunque me espanta más, más que la muerte (y no exagero) acabar convertido en algo similar a algunos sujetos que me rodean y en medio de los cuales, como un extraño, me veo viviendo. Es espantoso.
Tras tanto espantar, espantarme y tanto espanto aun daré una vuelta de tuerca más. Necesito aun escribir acerca de esa mala conciencia social burguesa que llamó mi atención leyendo a Marcuse el otro día. Y es que hay una separación abismal entre el mundo de la belleza, la verdad, etcétera y el mundo del trabajo y la supervivencia. La sociedad burguesa ha creado un concepto de cultura como algo trascendente a la sociedad, separado de la vida cotidiana, un mundo metafísico y trascendente al que todos los ciudadanos tienen derecho y acceso. Aunque en la realidad esto no sea así, y lo normal sea que la gente más bien se incomode (más cuanto más vulgar sea) si oye hablar de Horacio de la Revolución Francesa, por ejemplo. En la antigüedad la separación entre uno y otro mundo era una separación de clase, prácticamente profesional. Unos se dedicaban a las artes y la filosofía y las ciencias, que proporcionaban placer y belleza, mientras que el resto se ocupaban de cubrir sus necesidades, no teniendo tiempo para tales lujos. Era algo que se llevaba con normalidad, no existía una mala conciencia en la sociedad respecto de esto. La sociedad moderna en cambio, "obligada" de algún modo a acceder a ese mundo trascendente para obtener felicidad, si no accede, sí siente esa mala conciencia, más cuanto más extraño les resulta ese mundo. Por eso resulta tan incómodo si se intenta hablar con Pepita de la Revolución Francesa en presencia en presencia de gente que nada sabe de la Revolución Francesa.
Bueno el resumen es de lo más burdo, quiero decir con todo esto, ¿cómo no arrepentirme de no frecuentar ciertos círculos en los que sentirme a gusto, en los que pueda estar mejor o peor, pero no ser un friki?
Quiero decir con este post que no poder hablar tranquilamente de lo que me dé la gana es la secuela que más padezco por no haberme granjeado un "buen futuro".
A pesar de ello gozo de la fortuna de tener dinero suficiente, y de no exprimir demasiado mis fuerzas para ganarlo.
Pero sí que estoy padeciendo por mi apatía juvenil otras secuelas de las que no me previnieron mis padres. Me refiero sobre todo a este desarraigo en el que vivo, a la incontenible extrañeza que siento en el mundo en medio del cual me muevo y me mantengo en pie, ciertas tristes y absurdas batallitas que me veo obligado a librar para ir tirando, por gilipollas.
Aunque ya muy tarde, he comprendido que es imprescindible ir labrándose uno el futuro, si bien por razones en mi caso distintas a los consejos paternos. Y es que lo que parece imperecedero durante la juventud (la Belleza, las nobles aspiraciones por ejemplo, cierto tono de vida) acaba diluyéndose si uno no lucha por materializarlo, rodearse de ello y fortificarlo frente a la envidiosa necesidad, creo.
De joven me parecía elegante y hasta un poco dandy esta apatía y distancia frente al sucio mundo. Pero era una postura puramente estética. Ahora en cambio es la única manera en la que puedo permitirme seguir en el mundo, y ni siquiera siempre. Comprendo con espanto la arrongancia de ciertos adultos insignificantes que conozco.
Aunque me espanta más, más que la muerte (y no exagero) acabar convertido en algo similar a algunos sujetos que me rodean y en medio de los cuales, como un extraño, me veo viviendo. Es espantoso.
Tras tanto espantar, espantarme y tanto espanto aun daré una vuelta de tuerca más. Necesito aun escribir acerca de esa mala conciencia social burguesa que llamó mi atención leyendo a Marcuse el otro día. Y es que hay una separación abismal entre el mundo de la belleza, la verdad, etcétera y el mundo del trabajo y la supervivencia. La sociedad burguesa ha creado un concepto de cultura como algo trascendente a la sociedad, separado de la vida cotidiana, un mundo metafísico y trascendente al que todos los ciudadanos tienen derecho y acceso. Aunque en la realidad esto no sea así, y lo normal sea que la gente más bien se incomode (más cuanto más vulgar sea) si oye hablar de Horacio de la Revolución Francesa, por ejemplo. En la antigüedad la separación entre uno y otro mundo era una separación de clase, prácticamente profesional. Unos se dedicaban a las artes y la filosofía y las ciencias, que proporcionaban placer y belleza, mientras que el resto se ocupaban de cubrir sus necesidades, no teniendo tiempo para tales lujos. Era algo que se llevaba con normalidad, no existía una mala conciencia en la sociedad respecto de esto. La sociedad moderna en cambio, "obligada" de algún modo a acceder a ese mundo trascendente para obtener felicidad, si no accede, sí siente esa mala conciencia, más cuanto más extraño les resulta ese mundo. Por eso resulta tan incómodo si se intenta hablar con Pepita de la Revolución Francesa en presencia en presencia de gente que nada sabe de la Revolución Francesa.
Bueno el resumen es de lo más burdo, quiero decir con todo esto, ¿cómo no arrepentirme de no frecuentar ciertos círculos en los que sentirme a gusto, en los que pueda estar mejor o peor, pero no ser un friki?
Quiero decir con este post que no poder hablar tranquilamente de lo que me dé la gana es la secuela que más padezco por no haberme granjeado un "buen futuro".
martes, 14 de junio de 2011
Ya Merche, que descansa tu ventana...
He olvidado mencionar aquí un suceso trascendental en mi vida, importantísimo, sucedido el pasado mes de mayo.
Murió la abuela de mis primos, una señora ya muy anciana, centenaria casi. Esta señora es (¿debo decir "era"?) cubana, vivió la revolución, estudió filosofía y letras en la Habana, según contaba conoció bien al Che Guevara (de quien yo creo que se enamoró un poco), se casó con un popular actor de Miami, donde vivió hasta hace pocos años, vino a España con ochenta y muchos, vivió aquí unos años y murió.
Fui a su velatorio como suele hacerse en estos casos a acompañar a la familia y a hacer un poco el paripé todos juntos. Mi prima hablaba con una señora bastante gorda, rubia, que me resultaba vagamente familiar, y a la que llamaré Mercedes, por ejemplo. Cuando me acerqué lentamente al grupo (uno se mueve con cierta precaución entre los grupos de gente conocida) mi prima me preguntó si no me acordaba de Merche. Mercedes me miró con cierta incomodidad. Instantáneamente exclamé que cómo no iba a acordarme de ella. Me acerqué y le di dos besos. Intenté establecer una conversación por otro lado perfectamente vulgar, pero ella rehusó no sin cierta elegancia, y siguió hablando delicadamente con mi prima de la fallecida, a la que apenas conocía, sin volver a mirarme.
Mercedes fue mi primer amor, o uno de los primeros. Era amiga de mi prima, fueron muy amigas durante la adolescencia, bastante amigas en la primera juventud y simplemente conocidas después. Durante un tiempo yo frecuenté el grupo de mis primos (un grupo que no me resultaba simpático) solamente por poder estar cerca de ella. Estaba absolutamente loco por su cuerpo y por su pelo rubio y su cara con esos enormes e inteligentes ojos azules. Me quedaba embobado mirándola en bañador cuando íbamos al Aquopolis. Me fascinaban a los 16 o 17 años más que nada en el mundo esos colosales pechos que tenía, tan exagerados que tuvieron que reducírselos años después por problemas de espalda, y que eran como el punto más sensible al que aferrar mi deseo por ella. Pero ese deseo sé desde hace tiempo que la abarcaba entera, su manera de moverse, de hablar, de recogerse el pelo y hasta sus pies.
Viendo fotos después corroboro que lo mio de entonces no consistía en esa ceguera juvenil tan típica de no poder mirar más allá de dos descomunales tetas, con perdón. Mercedes tenía una cara preciosa, y un cuerpo de Venus un poco a lo Samantha Fox que exaltaba a cualquiera, más a un adolescente, para quien algo asi constituía algo más que un hermoso cuerpo: Mercedes era un milagro, prácticamente una divinidad para mi.
Por supuesto no saqué nada de ella. Ni siquiera creo que llegara a sospechar de mis titubeantes intenciones más que de las de otros muchos que tampoco consiguieron nada. Era tan elevada la sola pretensión de tenerla que no me atreví ni a insinuarme.
Pardillo.
Luego se casó muy joven, con el chulito, guaperas y gracioso del barrio, de quien según supe acabó divorciándose. Pasé más de diez años sin verla. Y francamente no la recordé mucho.
Bien, el caso es que el tiempo ha hecho estragos en ella y que ahora, mediados los 30 años, sin pecho apenas, lo primero que llamaba la atención de ella era un impactante bozo y unas patillas de pelos, rubios pero bien poblado, tenía la piel apergaminada y un poco hirsuta, como si fumara mucho. Siendo crueles pero honestos digamos a las claras que Mercedes es una señora gorda cualquier otra, particularmente fea. Cierto que mantiene esa mirada altiva y esos exquisitos modales pero que, esta vez, más que darle elegancia y vuelo la hacen parecer más antipática.
Así que ya tengo otro mito de juventud derrumbado más.
Ah descubrí además que no es rubia. Era teñida.
Es un pobre consuelo pensar que la Belleza en sí es imperecedera, y esas cosas, teniendo en cuenta que ese maravilloso cuerpo de Mercedes se ha perdido para siempre, como lágrimas en la lluvia, que en fin todo se va sin dejar rastro.
Y sin embargo sí, cierto consuelo en el velatorio al verla, un bienestar como postcoital, un cosquilleo de satisfacción contemplando su bigote, quizá justicia, no sé...
Murió la abuela de mis primos, una señora ya muy anciana, centenaria casi. Esta señora es (¿debo decir "era"?) cubana, vivió la revolución, estudió filosofía y letras en la Habana, según contaba conoció bien al Che Guevara (de quien yo creo que se enamoró un poco), se casó con un popular actor de Miami, donde vivió hasta hace pocos años, vino a España con ochenta y muchos, vivió aquí unos años y murió.
Fui a su velatorio como suele hacerse en estos casos a acompañar a la familia y a hacer un poco el paripé todos juntos. Mi prima hablaba con una señora bastante gorda, rubia, que me resultaba vagamente familiar, y a la que llamaré Mercedes, por ejemplo. Cuando me acerqué lentamente al grupo (uno se mueve con cierta precaución entre los grupos de gente conocida) mi prima me preguntó si no me acordaba de Merche. Mercedes me miró con cierta incomodidad. Instantáneamente exclamé que cómo no iba a acordarme de ella. Me acerqué y le di dos besos. Intenté establecer una conversación por otro lado perfectamente vulgar, pero ella rehusó no sin cierta elegancia, y siguió hablando delicadamente con mi prima de la fallecida, a la que apenas conocía, sin volver a mirarme.
Mercedes fue mi primer amor, o uno de los primeros. Era amiga de mi prima, fueron muy amigas durante la adolescencia, bastante amigas en la primera juventud y simplemente conocidas después. Durante un tiempo yo frecuenté el grupo de mis primos (un grupo que no me resultaba simpático) solamente por poder estar cerca de ella. Estaba absolutamente loco por su cuerpo y por su pelo rubio y su cara con esos enormes e inteligentes ojos azules. Me quedaba embobado mirándola en bañador cuando íbamos al Aquopolis. Me fascinaban a los 16 o 17 años más que nada en el mundo esos colosales pechos que tenía, tan exagerados que tuvieron que reducírselos años después por problemas de espalda, y que eran como el punto más sensible al que aferrar mi deseo por ella. Pero ese deseo sé desde hace tiempo que la abarcaba entera, su manera de moverse, de hablar, de recogerse el pelo y hasta sus pies.
Viendo fotos después corroboro que lo mio de entonces no consistía en esa ceguera juvenil tan típica de no poder mirar más allá de dos descomunales tetas, con perdón. Mercedes tenía una cara preciosa, y un cuerpo de Venus un poco a lo Samantha Fox que exaltaba a cualquiera, más a un adolescente, para quien algo asi constituía algo más que un hermoso cuerpo: Mercedes era un milagro, prácticamente una divinidad para mi.
Por supuesto no saqué nada de ella. Ni siquiera creo que llegara a sospechar de mis titubeantes intenciones más que de las de otros muchos que tampoco consiguieron nada. Era tan elevada la sola pretensión de tenerla que no me atreví ni a insinuarme.
Pardillo.
Luego se casó muy joven, con el chulito, guaperas y gracioso del barrio, de quien según supe acabó divorciándose. Pasé más de diez años sin verla. Y francamente no la recordé mucho.
Bien, el caso es que el tiempo ha hecho estragos en ella y que ahora, mediados los 30 años, sin pecho apenas, lo primero que llamaba la atención de ella era un impactante bozo y unas patillas de pelos, rubios pero bien poblado, tenía la piel apergaminada y un poco hirsuta, como si fumara mucho. Siendo crueles pero honestos digamos a las claras que Mercedes es una señora gorda cualquier otra, particularmente fea. Cierto que mantiene esa mirada altiva y esos exquisitos modales pero que, esta vez, más que darle elegancia y vuelo la hacen parecer más antipática.
Así que ya tengo otro mito de juventud derrumbado más.
Ah descubrí además que no es rubia. Era teñida.
Es un pobre consuelo pensar que la Belleza en sí es imperecedera, y esas cosas, teniendo en cuenta que ese maravilloso cuerpo de Mercedes se ha perdido para siempre, como lágrimas en la lluvia, que en fin todo se va sin dejar rastro.
Y sin embargo sí, cierto consuelo en el velatorio al verla, un bienestar como postcoital, un cosquilleo de satisfacción contemplando su bigote, quizá justicia, no sé...
lunes, 13 de junio de 2011
Vacíos...
Solamente escribo en este blog cuando me siento triste, incomprendido y solo.
Si me encuentro bien, si las semanas pasan inadvertidamente, si hago planes y quedo o estudio o en general siento que mi vida flota a la deriva pero con la corriente, entonces vivo y no escribo. A veces me basta para coger una de esas corrientes con descubrir a Schopenhauer, a Boccherini, o encontrar una más bien breve promesa de amor o salir al campo, casi cualquier cosa. Mi despreocupación me vacuna, de algún modo, para la vida, o eso me parece. Alcanzo naturalmente un estado de perfecta indiferencia hacia el mundo y hacia mi mismo, evito individualizarlo todo, todo me da igual, y entonces estoy bien. Y lo dicho, no escribo sobre mi y mis circunstancias, que a nadie interesan.
Pero acaba llegando sin remedio el día en que las cornetas se ponen a tocar. Porque a menos que se sea pensionista, supongo, o heredero de una fortuna, la vida no permite estos laureles y toca despertar para sobrevivir. Siempre que la vida me obliga a tomar cuerpo en el mundo, a tomar partido, a luchar, acabo sintiéndome pesado, solitario, y algo tétrico también. No me concentro en la lectura ni tengo las fuerzas interiores necesarias para la música, no escribo o escribo cosas como esta, no encuentro gusto en la gente ni en mi mismo y en general la vida me parece una cosa bastante preocupante. Me es exactamente igual el resultado de la lucha porque yo acabo exactamente igual de sucio y de vulgar gane o pierda las batallitas cotidianas.
¿Significa esto que sería feliz si fuera un frívolo multimillonario despreocupado de su supervivencia? Desde luego que sí.
Pero lo más hiriente es la soledad. Paso a explicarme. Cuando se está bien no se da abasto (ya he escrito algo sobre este fenómeno que me llama tanto la atención): a menudo atiende uno las demandas de su entorno con hastío, y hasta con cierto fastidio a veces. Cuando se está mal en cambio los mismos que dos semanas antes no te dejaban en paz un punto, ahora de forma insignificante no te contestan a un mensaje, otros se retrasan hasta la indecencia en hacerlo; y uno tiene cierta experiencia ya para comprender que estarán calibrando convincentes excusas para la próxima cita.
Esto es lo más doloroso, digo, comprender así de claramente lo solos que estamos a pesar del suntuoso aparato del que rodeamos nuestra vida, es un lugar tan común este que parece un tópico, lo sé.
Y también es humillante descubrir, en la debilidad, que se necesita de otros a quienes no se soporta fácilmente.
En fin, a trabajar
Saludos...
(bueno en realidad me saludo a mi mismo, porque tengo la impresión de que aquí no me lee ni el Tato, claro que no me extraña... así que bueno me celebro y me canto a mi mismo)
Si me encuentro bien, si las semanas pasan inadvertidamente, si hago planes y quedo o estudio o en general siento que mi vida flota a la deriva pero con la corriente, entonces vivo y no escribo. A veces me basta para coger una de esas corrientes con descubrir a Schopenhauer, a Boccherini, o encontrar una más bien breve promesa de amor o salir al campo, casi cualquier cosa. Mi despreocupación me vacuna, de algún modo, para la vida, o eso me parece. Alcanzo naturalmente un estado de perfecta indiferencia hacia el mundo y hacia mi mismo, evito individualizarlo todo, todo me da igual, y entonces estoy bien. Y lo dicho, no escribo sobre mi y mis circunstancias, que a nadie interesan.
Pero acaba llegando sin remedio el día en que las cornetas se ponen a tocar. Porque a menos que se sea pensionista, supongo, o heredero de una fortuna, la vida no permite estos laureles y toca despertar para sobrevivir. Siempre que la vida me obliga a tomar cuerpo en el mundo, a tomar partido, a luchar, acabo sintiéndome pesado, solitario, y algo tétrico también. No me concentro en la lectura ni tengo las fuerzas interiores necesarias para la música, no escribo o escribo cosas como esta, no encuentro gusto en la gente ni en mi mismo y en general la vida me parece una cosa bastante preocupante. Me es exactamente igual el resultado de la lucha porque yo acabo exactamente igual de sucio y de vulgar gane o pierda las batallitas cotidianas.
¿Significa esto que sería feliz si fuera un frívolo multimillonario despreocupado de su supervivencia? Desde luego que sí.
Pero lo más hiriente es la soledad. Paso a explicarme. Cuando se está bien no se da abasto (ya he escrito algo sobre este fenómeno que me llama tanto la atención): a menudo atiende uno las demandas de su entorno con hastío, y hasta con cierto fastidio a veces. Cuando se está mal en cambio los mismos que dos semanas antes no te dejaban en paz un punto, ahora de forma insignificante no te contestan a un mensaje, otros se retrasan hasta la indecencia en hacerlo; y uno tiene cierta experiencia ya para comprender que estarán calibrando convincentes excusas para la próxima cita.
Esto es lo más doloroso, digo, comprender así de claramente lo solos que estamos a pesar del suntuoso aparato del que rodeamos nuestra vida, es un lugar tan común este que parece un tópico, lo sé.
Y también es humillante descubrir, en la debilidad, que se necesita de otros a quienes no se soporta fácilmente.
En fin, a trabajar
Saludos...
(bueno en realidad me saludo a mi mismo, porque tengo la impresión de que aquí no me lee ni el Tato, claro que no me extraña... así que bueno me celebro y me canto a mi mismo)
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